El mundo está mudando sus certezas: ni el multilateralismo es el mismo, ni el comercio se rige bajo las mismas reglas, ni las regiones y zonas de influencia responden a los mismos impulsos.
Frente al inocultable dinamismo, México ha optado por una estrategia de dudosa efectividad: ha desdeñado los foros internacionales, ha ido pauperizando su servicio exterior, ha politizado su política exterior en favor de sus “aliados”, e internamente ha seguido cultivando la polarización.
El aldeanismo se impone.
El refugio ha sido la retórica, no la reflexión estratégica. Tengo la impresión de que, frente a los cambios que estamos viviendo, no es la mejor opción insistir en el pasado. La disyuntiva, creo, es cuál es el país que se quiere insertar en el nuevo orden internacional en construcción: el de las mañaneras, aquel que en salud ya es Dinamarca, el de la economía potente, la corrupción desterrada, la inseguridad en declive, los derechos humanos en su mejor versión y la democracia ejemplar; o el país realmente existente. Optar por lo primero sin duda tiene los mayores costos.
No es menor el dilema, pues la lealtad al discurso ideológico sin duda sirve para cohesionar a los correligionarios, pero sirve poco para gobernar con legitimidad y para negociar con autoridad.
Al final del día, la mentira, el autoengaño o la imprecisión son señales de debilidad ante la comunidad internacional.
La bipolaridad es cada día más difícil de administrar: la presencia del avión militar en Toluca, el apresamiento/entrega del narcotraficante canadiense, las alertas en el espacio aéreo mexicano, en fin, con demasiada frecuencia frente a un mismo evento hay dos versiones discordantes. La no concordancia de narrativas no habla de un incremento en la cooperación sino todo lo contrario. Pero se insiste en la armonía.
Los retos del nuevo acomodo internacional son enormes, los embates de nuestro vecino del norte son crecientes y, sin embargo, desde el Gobierno se insiste en refugiarse en la vieja retórica, en asumirse como los únicos intérpretes de la voluntad popular y en señalar, en consecuencia, a cualquier voz discordante como traidora a la patria.
Por lo visto hasta ahora, una negociación sin el soporte de una verdadera unidad nacional y con cuentas pendientes no es negociación es, ha sido, subordinación. Ojalá atinen a verse en el espejo venezolano: la retórica, sin más, no es capaz de contener los embates, es un cascarón frágil y fácil de suplir. Merecemos otra altura de miras.
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El autor es consultor internacional en materia electoral.