Frustrada obsesión

    Al final, el volátil personaje (Trump) no invadió México, pero no porque AMLO rechazara su oferta, sino porque el Pentágono y sus asesores, que midieron las desastrosas consecuencias que tendría una agresión no justificada en tiempos de paz contra un vecino y amigo, lo hicieron entrar en razón.

    WASHINGTON, D.C._ Desde el primer día de su caótica Presidencia, Donald Trump tuvo una obsesión: enviar tropas a México para, según él, “borrar de la faz de la tierra” a los cárteles de la droga. Se lo propuso a su entonces contraparte Enrique Peña Nieto a unos días de asumir la Presidencia en febrero de 2017 y dos años después a Andrés Manuel López Obrador. Ambos declinaron el ofrecimiento; Peña, titubeando, AMLO, “con respeto”.

    La obsesión se volvió enfermiza cuando los narcos masacraron a tres mujeres y seis niños de una familia de mormones con doble nacionalidad en Sonora en 2019. Trump presionó. Propuso buscar en territorio mexicano a los asesinos mediante operativos similares a los que usó el Pentágono para eliminar terroristas en Afganistán y Pakistán.

    Usó la masacre para escalar su cruzada contra los narcos y migrantes indocumentados que, para él, eran lo mismo: enemigos de Estados Unidos.

    “Este es el momento para que México, con ayuda de Estados Unidos, declare LA GUERRA a los cárteles de la droga y los elimine de la faz de la Tierra. ¡Sólo esperamos una llamada de su gran Presidente nuevo!”, escribió en Twitter tras el ataque contra la familia LeBaron, en alusión al recién investido López Obrador.

    AMLO agradeció obsequioso, pero no aceptó “respetuosamente”; prometió a Trump que su Gobierno iba a capturar a los perpetradores de los asesinatos de mormones.

    En conversaciones confidenciales entre los dos gobiernos, la gente de Trump sondeó la recepción que tendría la propuesta de comandos armados en territorio nacional. Los personeros de Trump plantearon el uso de sofisticados drones en espacio aéreo mexicano para ubicar y ejecutar narcos.

    La semana pasada, en un artículo de primera plana, The New York Times detalló cómo, la idea de invadir México, no sólo fue un disparate más de Trump, sino una propuesta que fue considerada en las altas esferas de la Casa Blanca y el Pentágono.

    El diario reveló detalles inéditos de las discusiones internas. De acuerdo con la versión publicada, asesores presidenciales temían que Trump recurriera al uso de la fuerza unilateral contra México tras la negativa de AMLO. Argumentaron que la incursión en México sería interpretada como un acto de guerra contra un cercano aliado y principal socio comercial de Estados Unidos.

    El plan de Trump también contempló enviar a la frontera sur 250 mil soldados, una fuerza 150 por ciento mayor al nivel máximo de 100 mil tropas estadounidenses alcanzado en Afganistán.

    Pero el Pentágono argumentó que destacar un número tan elevado de tropas debilitaría la capacidad del Ejército para estar listo en otras partes del mundo y que las justificaciones legales para usar a los militares internamente para frenar el ingreso a la migración indocumentada eran endebles (“Trump consideró enviar 250 mil tropas a la frontera, algo que el jefe del Pentágono descartó”, The New York Times, 19/10/2021).

    Lo que el diario no dijo es que la Embajada de México en Washington no ignoró la obsesión del impredecible personaje. Tras un análisis interno sobre la viabilidad legal de semejante despliegue y consultas con los agregados militares en Washington, la Embajada concluyó que la Ley Posse Comitatus impedía a Trump hacer uso de los militares en tareas policíacas y de cumplimiento de la ley como el control migratorio en la frontera.

    Para el derrotado Presidente, las fuerzas armadas eran un juguete nuevo al alcance de sus dedos que podía usar a su antojo para satisfacer su obcecación y agenda política. Como al niño mimado y caprichoso a quien los mayores le marcan límites, hizo berrinche cuando no lo dejaron jugar a la guerrita con el ejército más poderoso del mundo.

    Al final, el volátil personaje no invadió México, pero no porque AMLO rechazara su oferta, sino porque el Pentágono y sus asesores, que midieron las desastrosas consecuencias que tendría una agresión no justificada en tiempos de paz contra un vecino y amigo, lo hicieron entrar en razón.

    La obsesión de Trump es un recordatorio de la conflictiva historia que une a México con Estados Unidos. En total, incluida la guerra en la que perdimos la mitad del territorio, Estados Unidos ha invadido a México una docena de veces. La de Trump hubiera sido la primera desde la incursión estadounidense tras la expedición de Pershing hace más de un siglo (Casos de Uso en el Extranjero de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, 1798-2021, Congressional Research Service, actualización 8/9/ 2021).

    Trump rompió el paradigma respetado por todos sus predecesores contemporáneos de no mencionar, ni a manera de sugerencia, la opción militar con México, precisamente por el traumático pasado de invasiones. La cautela y la discreción no fueron sus virtudes.

    Paradójicamente, la idea de Trump no recibió un rechazo generalizado en México. Hubo quienes en redes sociales lamentaron que los militares gringos no invadieran, “pues hubieran terminado con los cárteles”.

    Ante la incapacidad probada de todos los gobiernos para enfrentar y derrotar a los cárteles, parece haber mexicanos dispuestos a pagar el precio que haya que pagar para presuntamente vivir sin violencia, aun cuando el costo sea volvernos un país bananero, sin soberanía o, como diría Aguilar Zínser, el “patio trasero” del imperio.

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