La música es una disciplina infaltable en la historia de la educación. Entre las siete artes liberales que se enseñaban durante el Medioevo, la música ocupaba un lugar muy importante. Recordemos que el Trivium comprendía: Gramática, Lógica y Retórica; mientras que el Quadrivium: Aritmética, Geometría, Música y Astronomía.
La palabra música proviene del griego antiguo: Mousiké, derivado del concepto de musa. En un principio, no incluía solamente la música, sino también poesía, danza, oratoria e historia.
Quien tiene el don de la composición musical es considerado un genio, pues es capaz de sentir, percibir y crear con ilustre ingenio. Sin embargo, componer música no es solamente producir una armonía exultante, alegre, solemne y poderosa; también implica momentos de agonía, depresión, sufrimiento y melancolía.
Esta verdad la asimiló rápidamente el joven aprendiz de filósofo, Friedrich Nietzsche, quien, a los 13 años, escribió: “La música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón”.
Por eso, no nos debe de extrañar que el título del concierto que ofrecerá la OSSLA este jueves, a las 18:00 horas, en el Teatro Pablo de Villavicencio, bajo la conducción del director huésped brasileño, Claudio Cohen, lleve por título: “Locuras y filosofías sinfónicas”.
El programa del concierto está integrado por la Sinfonía No. 1 de Mario Olinto (compositor y director brasileño) y se complementa con la Sinfonía No. 3 de Robert Schumann, conocida como “Renana”, porque la compuso en Dusseldorf, teniendo como paisaje el río Rin y, también, recordando la impresión que le causó la Catedral de Colonia.
Por desgracia, Schumann tuvo problemas psicológicos y quiso suicidarse arrojándose al río. Sus últimos dos años los pasó recluido en un internado.
¿Disfruto la música compuesta por los grandes genios?