Golpe a la paz que Sinaloa lograba
Masacre feminicida, ataque a todos

OBSERVATORIO
29/04/2026 04:02
    La sangre fría con la cual el asesino ataca a dos mujeres dentro de un inmueble y enseguida con igual enajenamiento dispara contra otras dos que se encontraban en la calle a bordo de una camioneta, denota la patología en la que matar se convierte en algo normal. Avisa del problema de salud mental que anida en la prolongada crisis de la seguridad pública con estereotipos que atrapan a jóvenes para que la acción de privar de la vida se estandarice como comportamiento asiduo.

    A reserva de que la Fiscalía General del Estado determine si el asesino solitario actuó por sí mismo o ejecutó órdenes de sicarios del narcotráfico al quitarles la vida a cuatro mujeres, la tarde del lunes en el sector Mercadito Buelna de Culiacán, de cualquier forma ya las balas homicidas impactaron fuerte en la narrativa gubernamental que empezaba a posicionar la paulatina reducción de homicidios dolosos en Sinaloa. Si la sensación de seguridad había avanzado un paso, este hecho violento la hizo retroceder dos.

    Siempre le sobreviene a todo hecho de sangre la cavilación unánime respecto a las motivaciones en cada barbarie. La contradicción de treguas que acaban siendo atrocidades continuadas, pactos que en realidad son alianzas para proseguir con las masacres, y “limpias” de enemigos que nunca concluyen en uno y otro bando. Y las tres preguntas que cierran cada ciclo: ¿quién va ganando en la narcoguerra? ¿Cuándo acabará el choque en el CDS? Y ¿todas las muertes corresponden a esta colisión criminal?

    Nadie da respuestas. La única que responde es la realidad que posiciona a Sinaloa como la entidad del País con más alto número de feminicidios con 14 casos sólo en el mes en curso, 35 en lo que va del primer cuatrimestre de 2026 y un total de 105 en 2025. Las armas del crimen no titubean ni admiten objeciones; hablan con la ráfaga asesina y enmudecen a comunidades que lo único que expelen es el ¡ay! de dolor e impotencia.

    La llamada narcoguerra, ese crisol en que se funden todos los sucesos de criminalidad, es ahora la secuencia de bucles de aparente apacibilidad, posiblemente pax narca, seguidos por episodios de enorme dispersión de zozobra que lo meten todo en el rasero de la confrontación interna en el Cártel de Sinaloa. A ciencia cierta nadie sabe por qué matan los gatilleros: o es ajuste de cuentas, se trata de víctimas colaterales o algunos aprovechan la masacre diaria para saldar rencillas personales, camuflados en el salvajismo reinante.

    La sangre fría con la cual el asesino ataca a dos mujeres dentro de un inmueble y enseguida con igual enajenamiento dispara contra otras dos que se encontraban en la calle a bordo de una camioneta, denota la patología en la que matar se convierte en algo normal. Avisa del problema de salud mental que anida en la prolongada crisis de la seguridad pública con estereotipos que atrapan a jóvenes para que la acción de privar de la vida se estandarice como comportamiento asiduo.

    Y más allá de ese mal dilatable, todo queda en una cuantas horas de opinión pública conmocionada que para efectos de autoprotección reinstala la percepción de miedo e indefensión, a sabiendas de que serán repetitivos los lapsos del horror quitándole terreno a la incipiente noción de tranquilidad. Así, masacre tras masacre, vuelve a quedar en evidencia la dificultad del Estado para avanzar en la protección ciudadana y la facilidad con la que el hampa impone la atrocidad en el lugar u hora que decida.

    ¿Qué sucede con la seguridad pública en Sinaloa? Si bien es cierto que la paz tensa daba lugar a retomar espacios, lugares de convivencia en masa y algunas actividades económicas recobraban con pesadez el dinamismo, también es verdad el recurrente descuido de las instituciones militares y policiales que permite huecos que los criminales rellenan con plomo y fuego, en puntos concurridos y ante la mirada azorada de transeúntes.

    Los grupos o individuos armados se toman el tiempo suficiente para conocer las rutinas de las potenciales víctimas, las aguardan pese al registro en cámaras de videovigilancia y las cazan con sorprendente precisión sin que intimiden a los maleantes los constantes recorridos de convoyes del Ejército, Marina, Guardia Nacional y policías federales, estatales y municipales. Los cuadrantes que se determinaron para organizar la vigilancia acaban siendo puntos ciegos para la seguridad pública,

    Así ninguna proyección de consecución de paz sustentada en el descenso de la comisión de homicidios dolosos encuentra sentido en medio de sucesos de alto impacto como el de las cuatro mujeres asesinadas, saña y reto con la cual el crimen organizado hunde en el fondo de la desesperanza toda expectativa de seguridad pública. Sentirnos seguros en Sinaloa es más quimera que certidumbre garantizada por el Estado.

    Reverso

    Que el Humaya y el Presidio,

    Sinaloa sean tus caudales,

    Siempre que lágrimas a raudales,

    Te arranque el feminicidio.

    Sólo queda rezar

    Cuando las instituciones y quienes las dirigen se tornan omisos ante casos de desapariciones forzadas de personas, las familias acuden a los templos a solicitar la intervención providencial, como lo hicieron ayer aquellos que desde hace un año exigen la localización de los jóvenes Ramsés Bastidas Arreola y Ricardo Lechuga Verdugo de los que nada se sabe desde que el 28 de abril de 2025 agentes de la Policía Municipal de Culiacán los subieron a una patrulla en la Sindicatura de Aguaruto. Hay cinco elementos de la corporación bajo investigación, uno de éstos detenido y otro fallecido, pero la justicia tiende mantos de silencio cómplice prolongando el sufrimiento en los hogares. La misa celebrada ayer para rogar por las víctimas denuncia la ausencia de gobierno que remite a los familiares al último reducto que significa poner el caso en manos de Dios.