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Columna

Guerra, paz y caballeros

EL OCTAVO DÍA
07/03/2022 04:00

    Hay una escena en “La guerra y La Paz” de León Tolstoi donde el aristócratico personaje ruso llega a Moscú, la ciudad completamente devastada y tomada por el ejército francés, y al entrar a su mansión abandonada, descubre un solitario oficial francés sentado en la mesa de su gran comedor... este soldado le dirige las siguientes palabras.

    “Monsieur, veo que los dos somos caballeros. Estoy harto de la guerra, ¿podríamos conversar y tomar una botella de vino”.

    Y en efecto eso hacen, frente a la chimenea, y un ventanal marcado de escarcha por el invierno ruso mientras la ciudad arde, incendiada por los propios rusos, para no dejarle nada al ambicioso Napoleón.

    ¿Era una guerra de caballeros?

    La política -y recientemente el fútbol- nos confirman que la humanidad no desciende de pacíficos simios arbóreos, sino de una especie más primitiva, la cual atacaba en manada y rompía los cráneos de sus enemigos con garrotes, armando escándalo, caos y de paso, estableciendo un nuevo orden temporal entre el resto de las bestias.

    Tenemos más de 30 años que vivimos entre el fuego cruzado de una generación que está dejando de saber todo sobre un mundo que ya no comprende y otra, que empieza a saberlo todo sobre un mundo que aún no comprende y expuesta a manipulaciones informativas.

    Tenemos que recibir un martillazo al rojo vivo para darnos cuenta de que material estamos hechos

    Sócrates decía que la vida no examinada no valía la pena vivirse. Pero Sócrates estaba contento consigo mismo. En cambio el personaje dostoievskiano de Memorias del subsuelo dice: “Les juro, señores, que una conciencia demasiado lúcida es una enfermedad”. Y más adelante: “¿Qué hombre, en plena posesión de su conciencia, podría respetarse?

    Ahora hay movimientos en serio para cancelar actividades culturales ligadas a Rusia o llamamientos en broma a no comer ensalada rusa. A la bellísima soprano Ana Netrebko ya se le canceló una gira por la Europa occidental.

    Volvemos a las guerras culturales de la Guerra Fría. Creímos que ese debate estaba ya obsoleto. Dostoievksy, Shostakovich o Ana Ajmatova estan más alla de Vladimir Putin.

    No somos heroes, solo somos hombres infectados de ideas

    Hace días me puse a ver con mi hijo Ian la versión miniserie de Guerra y paz, del conde León Tolstoi. Luego de ver los preparativos a la batalla de Borodino con el joven Zar a caballo acompañado del Mariscal Kutuzov, y el combate donde Napoleón decidió retirarse, a pesar del ímpetu de su cuñado Murad de acabar la batalla de una vez, Ian me preguntó si esa guerra era como el ajedrez, juego que acaba de descubrir: los dos reyes enfrentados y ambos ejércitos desplegándose.

    Esto ultimo lo captó también al ver los contingentes marchando en pelotones perfectamente cuadrados sobre el campo del honor.

    Sí, la guerra antes era un juego de inteligencia, estrategia y caballerosidad fingida, me di el lujo de explicarle, mientras Napoleon se retiraba, posponiendo la batalla para reorganizarse, diciendo a sus hombres que había “otras mejores maneras de despellejar a un gato.

    Ucrania es la ucronía donde convergen todas las guerras de la historia europea, ¿se habría atrevido Vladimir Putin a invadir Ucrania siendo presidenta de Europa Alemania a través de Angela Merkel?

    La Segunda Guerra Mundial comenzó para defender a Polonia de la invasión de Alemania. Años después y luego de miles de muertes, a pesar de todo Polonia se volvió un país satélite de la Unión Soviética, luego de una negociación de los verdaderos ganadores de esa guerra.

    (Ganadores no siempre es sinónimo de vencedores)

    El viejo oso ruso no está muerto. Ha reencarnado igual de tenebroso que un monje llamado Gregorio Eufemio Rasputín y ataca a un país gobernado por un ex comediante como Paco Stanley.

    Esperemos que sepan portarse como caballeros por el bien de su gente.

    Sócrates decía que la vida no examinada no valía la pena vivirse. Pero Sócrates estaba contento consigo mismo. En cambio el personaje dostoievskiano de Memorias del subsuelo dice: “Les juro, señores, que una conciencia demasiado lúcida es una enfermedad”. Y más adelante: “¿Qué hombre, en plena posesión de su conciencia, podría respetarse?