Hoy es la entrega de los premios Oscar. “Hamnet”, la película basada en uno de los periodos más oscuros y personales del gran poeta y dramaturgo William Shakespeare, es una de las más comentadas.
Aunque hay poca información sobre el triste episodio en la vida de Shakespeare durante el cual perdió un hijo y se separó por años de su familia, la cinta fabula sobre este conflicto y - lo digo sin spoilers, porque eso es una idea común en sus estudiosos-, explora la posibilidad de cómo que este proceso detonó su percepción humana y comprensión de la tragedia dramática, aunque con énfasis en el punto de vista de su esposa.
En esos tiempos oscuros, y más en esa pandemia, la muerte era un espectáculo habitual; tenía lugar en casa, a la vista de todos.
Cuando Shakespeare mismo tenía 14 años, murió su hermana Anne, de 7 años, y seguramente hubo muchas otras ocasiones en las que fue testigo de la muerte de niños.
Algunos historiadores afirman que los padres de la época de Shakespeare no podían permitirse invertir demasiado amor y esperanza en un solo hijo. Uno de cada tres niños moría antes de cumplir los 10 años, y las tasas de mortalidad generales eran, según nuestros estándares, extremadamente altas.
Pero el hecho de que Shakespeare hubiese nombrado a su obra maestra, Hamlet, de manera tan parecida a su hijo varón, nos dice mucho.
Y algo que no viene en la película es que, de las pocas veces que él menciona a su esposa en un escrito, es solo en el testamento, donde le hereda “la mejor mitad de mi segunda cama”, frase que ha intrigado a los historiadores.
Hay que aclarar que si dejó a su familia bien fondeada, incluso, en vida, porque Shakespeare tuvo éxito en sus negocios, algo no muy común en millares de escritores.
Mi primer encuentro con Shakespeare ocurrió en la televisión frente a dos versiones muy libres de Romeo y Julieta. Una de ellas fue una propuesta del cine nacional con actores en traje isabelino y escenarios conventuales, donde el cómico Cantinflas deambulaba provisto de una espada de utilería.
A pesar de que los personajes tomaban muy en serio sus papeles, Cantinflas se expresaba con el inconfundible caló de la Ciudad de México mientras daba al traste a cualquier intento de seriedad en la historia.
El colmo fue pedirle a Fray Lorenzo que le cambiara el veneno en polvo por unos huevos estrellados. La película concluía con los descendientes de Shakespeare propinándole una puntual paliza al protagonista.
Mi otra cita con el drama de los amantes de Verona ocurrió con una serie de televisión de los años 70, hecha en los Estados Unidos y bastante pasada por agua. Se llamaba El hombre de la Atlántida y el episodio dedicado a Shakespeare llevó el peculiar título de “El Montesco desnudo”.
Ahí el personaje de la serie – un humanoide equipado con branquias y membranas entre los dedos – quedaba atrapado en un hoyo del tiempo que, para mayor desgracia y coincidencia, se encontraba en las profundidades marinas.
El vórtice lo trasladaba al pasado, haciéndole emerger en una fuente pública de Verona. Luego del escándalo y burlas de rigor, el personaje fue literalmente cobijado por un simpático joven llamado Romeo, por lo que se le impone el apodo de El Montesco Desnudo,
Al igual que el mexicano “Cantinflas”, “El Hombre de la Atlántida” no solo se integraba a la trama sino que, además, consumaba el prodigio de darle un final feliz.
Esto es doble mérito porque el atlántida era un tipo incapacitado para la vida social... aunque quizás también lo fuera en su anterior residencia submarina. Hacía preguntas fuera de lugar sobre la naturaleza de la maldad o los artefactos del Siglo XX.
Esta experiencia fue buena para el actor, Patrick Duffy, porque más adelante protagonizó otra serie de televisión más shakesperiana donde enfrentaba al mal, la intriga y la hipocresía con un atuendo menos grotesco: Dallas.
Tal vez a Shakespeare no le molestarían los desfiguros y crímenes cometidos en nombre de su obra. No vivía exento de humor. Un montesco desnudo hubiera hecho sonreír a quien sabía desnudar a las almas y las pasiones.
Me encanta la teoría de que siempre escribió una versión para sí mismo y daba a las tablas otra especialmente adaptada para los londinenses de aquella época, el llamado acting text.
Algunos historiadores creen que sólo nos llegaron las versiones personales, a pesar de que las obras de Shakespeare no fueron recopiladas por él, sino que por un grupo de actores luego de su muerte.
Puristas, hermeneutas y exegetas prefieren visualizar un hombre ceñudo y sabio. Quizás también lo fue al mismo tiempo. Como gustéis. Lamento que él no haya sido el legendario propietario de un teatro que fue armado caballero por el rey durante una función, en su propio palco, según rescata W. H. Auden.
Para el acto, la majestad en turno utilizó una espada de utilería, lo cual me parece doblemente auténtico y al mismo tiempo, lo más teatral que pudiera concebirse para ese momento... Como toda la obra de Shakespeare, añadiríamos con gusto desde el Siglo XXI, aquellos que llegamos a ella gracias a Cantinflas y también, a un Montesco Desnudo que en realidad andaba en short.