¿Hasta cuándo seremos espectadores?

    La aprobación de un gobierno no cancela el derecho a exigir resultados frente a la inseguridad, la corrupción y la falta de justicia. La participación ciudadana puede convertir la inconformidad en organización y acciones colectivas

    Una misma persona puede aprobar a la Presidenta Claudia Sheinbaum y, al mismo tiempo, estar inconforme con la seguridad o el combate a la corrupción.

    Esa diferencia merece una reflexión más profunda que la simple pregunta de si se está a favor o en contra del gobierno.

    La encuesta de El Financiero, publicada el 1 de septiembre de 2026, registró 68 por ciento de aprobación a la presidenta y 32 por ciento de desaprobación.

    En esa misma medición, 76 por ciento evaluó negativamente el desempeño del gobierno en seguridad pública. Una columna posterior del diario reportó 73 por ciento de opiniones negativas sobre el combate a la corrupción.

    La aprobación general y la evaluación de cada problema responden a preguntas distintas, pero juntas muestran una tensión que no deberíamos pasar por alto.

    A ello se suma un dato del Inegi que obliga a mirar el acceso a la justicia: de los delitos ocurridos en 2025, 93.4 por ciento no se denunció o no dio lugar a una carpeta de investigación.

    Detrás de ese porcentaje hay personas que no acudieron a las autoridades y otras cuyos casos no llegaron siquiera al inicio de una investigación.

    Más allá de cómo valoremos a un gobierno, ¿qué lugar queremos ocupar como ciudadanos frente a los problemas que persisten?

    Muchas personas pueden reconocer el valor de los apoyos sociales y, a la vez, preocuparse por la violencia y la corrupción.

    Según el Gobierno federal, los Programas para el Bienestar llegarán a 42.8 millones de personas al cierre de 2026.

    Esos apoyos deben reconocerse como derechos de la población, no como favores de una persona o de un partido. Reconocerlos tampoco debería impedirnos señalar lo que falta y exigir respuestas.

    Cuando la política se vuelve espectáculo

    En buena parte del espacio público se ha instalado el espectáculo político. Parece más importante llamar la atención, provocar una reacción o ganar la discusión del día que atender los asuntos que afectan nuestra vida.

    Entre mensajes, confrontaciones y distracciones, corremos el riesgo de convertirnos en simples espectadores.

    También nos detienen la incertidumbre y el miedo. Cuando la preocupación inmediata es salir adelante, muchas personas concentran sus fuerzas en sobrevivir. Es comprensible.

    Sin embargo, si cada quien enfrenta sus problemas en soledad, resulta más difícil encontrar soluciones y exigir que las autoridades cumplan con su responsabilidad.

    La dignidad de quienes ya están actuando

    En medio de ese entorno hay ciudadanos que no han dejado de actuar. Las madres buscadoras sostienen, con dolor y perseverancia, la exigencia de encontrar a sus seres queridos. Campesinas y campesinos defienden sus ejidos y reclaman precios justos para los productos del campo. Familias y colectivos alzan la voz contra los feminicidios. Otras personas se organizan para proteger el medio ambiente o hacer valer sus derechos laborales.

    Estas luchas tienen historias y demandas propias. Todas nos recuerdan, sin embargo, que la dignidad puede abrirse camino incluso cuando hay miedo y las respuestas institucionales no llegan.

    Como advirtió Frederick Douglass, los cambios requieren que alguien se atreva a exigirlos.

    Por eso, lo que más me inquieta es esta pregunta: ¿qué hacemos con nuestra inconformidad?

    Sentir enojo ante la inseguridad, la corrupción y la falta de justicia es comprensible. Quienes ya se organizan muestran que esa molestia puede convertirse en una exigencia colectiva y sostenida.

    Empezar cerca, actuar juntos

    Podemos comenzar por acercarnos a nuestros vecinos, conversar en la escuela o reunirnos con quienes compartimos el lugar de trabajo.

    Escuchar qué preocupa a los demás, identificar un problema común y buscar juntos una solución son formas de volver a ocupar el espacio público.

    No hace falta esperar a las elecciones para participar. Se puede empezar por los asuntos cercanos: una calle que necesita atención, una escuela que requiere mejores condiciones o un servicio público que no funciona.

    Y, junto con esas acciones, pedir resultados verificables y rendición de cuentas a las autoridades locales y federales.

    La aprobación de una gobernante no cancela nuestro derecho a exigirle cuentas; la desaprobación tampoco sustituye nuestra responsabilidad de actuar.

    El miedo quizá no desaparezca de un día para otro. Puede empezar a ceder cuando descubrimos que tenemos derecho a encontrarnos, organizarnos y hacer oír nuestra voz, sin pedir permiso para participar.

    Las luchas que ya existen nos muestran que nadie tiene que empezar de cero: podemos acercarnos, acompañarnos y aprender unos de otros.

    Tal vez el desafío sea transformar la preocupación que compartimos en vínculos y acciones capaces de sostenerse en el tiempo.

    ¿Hasta cuándo seremos espectadores de los problemas que también nos corresponde enfrentar?

    Una ciudadanía digna se construye junto a quienes ya defienden la vida, la tierra, la justicia y los derechos de todos.