Hoy, la Independencia

EL OCTAVO DÍA
27/09/2026 04:02
    Hacemos fiesta cívica del momento en que el cura Hidalgo llamó a las armas con resultados a largo plazo en verdad desastrosos. Algunos historiadores insisten que el levantamiento insurgente retrasó unos años mas la libertad de México, cuya planeación y negociación fue iniciada por un poco recordado grupo de idealistas conocidos como “Los Guadalupes

    El verdadero Día de la Independencia es el 27 de septiembre. Con la entrada del Ejército Trigarante a la capital de la antigua Nueva España, y los tratados de Córdoba con el virrey Juan O’Donojú, se dio el acto y confirmación oficial del nuevo país que hoy gozamos y a ratos padecemos.

    Como trabajé un tiempo en la Marina, aprendí que la consumación final en realidad la hizo Pedro Sainz de Baranda cuando al fin tomó el fortín de San Juan Ulúa, permanecido por varios años en posesión de los españoles. Era su último reducto.

    Nuestros vecinos del norte, que también a veces gozamos y padecemos, celebran el 4 de julio y su simbólica campana de la libertad fue tocada en 1776 para anunciar la lectura del acta de Independencia.

    Nosotros, en cambio, festejamos el inicio fallido de la Independencia... no su consumación ni proclamación.

    Hacemos fiesta cívica del momento en que el cura Hidalgo llamó a las armas con resultados a largo plazo en verdad desastrosos.

    Algunos historiadores insisten que el levantamiento insurgente retrasó unos años mas la libertad de México, cuya planeación y negociación fue iniciada por un poco recordado grupo de idealistas conocidos como “Los Guadalupes”.

    Parte de ellos y los criollos descontentos iniciaron la negociación y al final, Agustín de Iturbide en alianza con Vicente Guerrero formaron un gobierno monárquico.

    ¿Por qué que Agustín de Iturbide y Guerrero no fueron tan aclamados en el ideario nacional?

    Hidalgo, Morelos, doña Josefa, Allende y hasta Abasolo han merecido más veneración que aquellos quienes habían consumado la Independencia. Hasta a los hermanos afroamericanos recibieron en el pasado Grito la justicia verbal de la Patria.

    El caso de Iturbide puede ser entendible por su lograda pretensión de erigirse como emperador. Ese fue su principal error; además de que combatió con saña infinita a los insurgentes.

    Su primera batalla, en Monte de las Cruces, fue una victoria pírrica para Hidalgo y pero luego no dejó de vencerlos y también puso en apuros a Jose María Morelos. Sólo el Abrazo de Acatempan lo detuvo.

    Aún así, no merecía ser ejecutado como lo fue. Fue un gobernante honrado y regresaba a México como voluntario ante un intento de reconquista de España. Ignoraba que lo habían sentenciado a muerte en ausencia. Bueno, esos nos dicen ambas partes involucradas para exculparse.

    Un contemporáneo suyo, don Simón Bolívar, criticó esa medida tan irreflexiva y ventajosa; incluso más adelante aceptaría en su escolta al hijo de Iturbide, allá en la Gran Colombia.

    El caso de don Vicente Guerrero también tiene sus matices. Gracias a su alianza con Iturbide, su anterior enemigo, fueron posibles tanto la Independencia como la pacificación del país. Lamentablemente, no fue capaz de reconocer su derrota en las elecciones y es triste que, el segundo Presidente de México, haya llegado al poder gracias a un cuartelazo: la revuelta de la Acordada.

    Su gobierno fue difícil, acotado por el Congreso y otros caudillos. No era un político hábil, a pesar de su lealtad a los ideales de federalismo e igualdad social. Carecía del talento de Morelos y la diplomacia de salón y pasillo nunca fue su fuerte.

    La tragedia de Guerrero se consumó con la aparición de un aventurero, el marinero genovés Francesco Picaluga, quien a cambio de $50,000 pesos de la época le colocó una trampa. Invitándolo con lisonjas a conocer su barco anclado en la bahía de Acapulco, logró encadenarlo para entregárselo luego a las autoridades en Huatulco, Oaxaca, donde sería fusilado pocos días después, el 13 de febrero de 1831.

    Una conexión regional con Picaluga

    Existe un elemento sinaloense al final de este drama que queremos compartir.

    Picaluga, más adelante y por otros motivos, estuvo preso en el palacio ducal de Génova. De ahí escapó en su momento para venirse a vivir a Mazatlán de incógnito. Su personalidad era un secreto a voces; a pesar de haber adoptado el nombre de Juan Pazador.

    No solo fue un próspero comerciante; destacó en obras de caridad, detalle que en su tiempo compartió conmigo el historiador Alfonso Patrón Careaga.

    Por esos motivos, una calle de Mazatlán ostentó por un tiempo su nombre: Juan Pazador.

    A su muerte fue sepultado en el panteón de Los Protestantes, a donde también enviaban a los suicidas, y dicen que su tumba seguido amanecía llena de injurias. Una frase siempre se repetía: traidor, traidor.

    Es imposible que ubiquemos hoy la tumba de Francesco Picaluga. Debe de estar aproximadamente entre “la plazuela del burro” y el cerro de la prepa Rosales.

    De don Vicente Guerrero, hombre valeroso y noble que no estuvo exento de las debilidades humanas, queremos concluir citando la frase de don Justo Sierra: “los partidos trataban de hacer de él un político, cuando no era más que un gran mexicano”.

    Las ejecuciones de Guerrero e Iturbide, además de lamentables, tuvieron un efecto inesperado. Dejaron el camino libre para un caudillo que dominaría la escena política por casi treinta años y cambiaría la historia de México como un pequeño Napoleón: Antonio López de Santa Anna.