Hace unos días abrí el viejo álbum de fotos impresas, uno de esos objetos que poco a poco han ido desapareciendo y que apenas conocen los jóvenes de hoy. En una foto aparezco como de unos diecisiete años, con el pelo quemado por el sol y con una tabla de surf bajo el brazo. Al verla pensé algo que seguramente muchos adultos han pensado alguna vez: ¡si pudiera volver a esa edad!
Continué pasando las hojas del álbum y apareció otra fotografía, esta vez de mis treinta años y con ella experimenté exactamente la misma sensación. También quisiera volver a esa etapa de mi vida, aprovecharía al máximo cada minuto. Seguro valoraría más los lugares que frecuentaba, a las personas que estaban conmigo. Y entonces me di cuenta que en aquella primera foto deseaba llegar a los treinta, pero cuando tenía treinta, mi mente estaba en los planes futuros.
Entonces reflexioné en que pasamos buena parte de nuestra existencia esperando el momento perfecto. Esperamos tener más dinero, más tiempo. Esperamos el trabajo perfecto, el ascenso, las vacaciones, la casa propia, la jubilación, o algún evento que nos indique que finalmente ha llegado la hora de ser felices. Y mientras esperamos, la vida sigue avanzando.
Quizá dentro de veinte años recordaremos esta fecha y sentiremos nostalgia por las personas que ya no están, por la persona que éramos hoy, por la salud que teníamos, o por las oportunidades que estaban frente a nosotros y no las vimos.
Pienso en el poema “Instantes” de Jorge Luis Borges, el cual escribió en su lecho de muerte. En él nos invita a disfrutar más los instantes, a cometer más errores, a subir montañas, jugar con más niños, a tomar pocas cosas con seriedad. A entender que la vida está hecha de pequeños momentos que suelen pasar desapercibidos mientras ocurren.
La experiencia enseña que la felicidad rara vez aparece como un acontecimiento extraordinario o permanente. Más bien suele vivirse en esos instantes: una conversación con papá o con mamá, una llamada de un viejo amigo, una reunión familiar, contemplar un amanecer, o una caminata por la playa. Y curiosamente, nada de eso cuesta un solo peso.
Tal vez por eso tantas personas, al llegar a la vejez, no lamentan tanto los errores que cometieron, sino las experiencias que dejaron pasar. Los viajes que nunca hicieron, las palabras que no dijeron, los abrazos que pospusieron y los sueños que dejaron para después.
La vida no suele avisarnos cuándo estamos atravesando una buena etapa. Lo descubrimos años más tarde, cuando ya se ha convertido en recuerdo. Por eso conviene detenerse de vez en cuando y mirar alrededor. Quizá no tengamos la vida perfecta que imaginamos. Quizá existan preocupaciones o dificultades. Pero también existen personas que nos quieren, proyectos que nos entusiasman, y días de vida que todavía podemos aprovechar.
Entonces vale la pena vivirla plenamente. No mañana, ahora. Porque algún día veremos una fotografía de hoy, y nos daremos cuenta de que, sin saberlo, estábamos teniendo uno de los mejores momentos de nuestra vida.
Es cuanto...