El gran pueblo hebreo -no confundirlo nunca con el actual estado de Israel, simpaticemos o no con su política exterior-, ha tenido en su historia diferentes transformaciones.
Israel fue establecido después de la Segunda Guerra Mundial en el mandato británico en Palestina, eufemismo para nombrar esa zona colonizada luego de habérsela quitado al Imperio Turco, uno de los grandes perdedores de la I Guerra Mundial.
Se consideró un acto de justicia hacia un pueblo errante, vapuleado por el nazismo, luego de un largo cabildeo de judíos ingleses y de los Estados Unidos.
El nuevo país se nutrió en su mayoría de migraciones de descendientes o practicantes de la religión judía y ese fue un argumento de la etnia local, sobreviviente a los siglos y las migraciones, para defender su derecho a existir como nación. Hablo por supuesto de los árabes palestinos.
Antes de eso, el pueblo judío ya había enfrentado transformaciones radicales. No es el mismo el Israel de Josué que el de Salomón o Herodes el Grande, que era un etnarca de raza idumea.
Quizás las murallas de Jericó fueron un pequeño muro de piedra, según la propia arqueología israelí. Es probable que el palacio del Rey Saúl y luego David hayan sido solo una gran tienda en el desierto, aunque es indiscutible la magnificencia del templo posterior, centro político y religioso de la vida hebrea.
Hubo un momento en que esa sociedad pastoril había olvidado su pasado glorioso, incluyendo la huida de Egipto y la epopeya de Moisés. Eso está registrado en la propia Biblia y se ve en el libro de Esdras, cuando encuentran un libro oculto en el templo de donde recuperan esa etapa de su historia ya diluida.
Curiosamente, uno de los hechos que les dio mucha identidad en el pasado remoto fue una invasión del insaciable imperio persa, el hoy Irán, que provocó su primera diáspora.
El cautiverio en Babilonia es la etapa más triste de la historia del judaísmo clásico y varios salmos lamentan esa prisión y exilio. Incluso uno de ellos (137) fue musicalizado y, en los años 70, se volvió éxito de música disco con Boney M., “Ríos de Babilonia”,
“Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Sión. En los álamos que allí había colgábamos nuestras arpas. Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: “¡Cántennos un cántico de Sión!”.
Esa etapa del judaísmo está descrita en el libro de Job, en Daniel y sobre todo en el libro de Tobias, si usted tiene la Biblia protestante ni lo busque, porque ahí no aparece, está entre los llamados de deúterocanónicos, que no se aceptaron en el canon de la Biblia del King James.
En ese libro se narra un viaje de un jovencito a Babilonia, Tobias, que va acompañado por otro viajero y hasta el final se sabe que era el Arcángel Rafael, en forma humana, quien lo acompañó durante el recorrido, cuidándolo, siguiendo las oraciones de su padre, que acababa de enfermar y quedar ciego.
Acontece un milagro cuando ellos pescan en el río Tigris un pez que luego le cura la ceguera al Padre, pero ya no le cuento más, que este espacio no lo puede narrar mejor que la Biblia.
Solo añadiré que ha sido una imagen muy usada por los artistas religiosos. Si usted entra a una iglesia católica va a poder reconocer al Arcángel Rafael, porque casi siempre tiene ese pescadito de un río de Babilonia en la mano en las esculturas o murales.
Pero más allá de la tradición del Antiguo Testamento, la estancia en Babilonia, que en aquel tiempo abarcaba el imperio persa entre Irán e Irak, concluyó cuando uno de los grandes monarcas del imperio, Ciro el Grande, permitió el regreso de los judíos a su tierra prometida, allá junto al mar de Galilea y el río Jordán.
El regreso de los judíos no fue sólo un acto de generosidad de Ciro, sino una aguda medida política, llena de astucia.
Como el imperio egipcio era su principal enemigo, Ciro sabía que esa frontera siempre sería un sitio caliente y por tal motivo decidió inventar o permitir un pequeño país en medio, que sirviera como tierra de nadie, y también, un futuro aliado para evitar una invasión inmediata o que al menos, la entretuviera.
Algo similar se hizo en Europa cuando se inventó a Bélgica, un estado tapón entre Francia, Alemania y los Países Bajos, que sirvió para prevenir ataques sorpresa.
El judaísmo después de Babilonia fue otro. El imperio persa fue derrotado por Alejandro Magno y toda esa zona se helenizó, incluyendo parte de los judíos.
En el libro de los Macabeos vemos como los profetas echan chispas al ver a los jóvenes en los gimnasios y a los Juegos Olímpicos, que en esa época eran asunto distinto.
Ahí vemos la lucha de independencia contra los delirantes y extraños sucesores de Alejandro que no pudieron mantener unido su imperio de Asia Menor. Un siglo después, tuvieron que luchar ahora con los romanos.
Hoy esta guerra contra Irán mantiene eso mismo ecos que retumban desde Nabucodonosor, Jerjes o los hititas mismas, por no hablar de los filisteos que son un misterio porque no se sabe bien de dónde salieron. Ya basta de tanta masacre, ¿no?