En México solemos hablar del “bono demográfico” como una promesa automática de prosperidad, pero los datos nos obligan a reconocer un hecho innegable: las personas jóvenes enfrentan hoy un entorno económico que, lejos de ser una plataforma de despegue, parece un laberinto de barreras estructurales.
La realidad macroeconómica es compleja. Tras el rebote que vimos después de la pandemia, el crecimiento de nuestra economía se ha moderado. En 2025 cerramos con un avance de apenas 0.8 por ciento y las proyecciones para este 2026 apenas rondan el 1.5 por ciento. A este dinamismo limitado se le suma un ingrediente que pausa cualquier decisión de largo plazo: la incertidumbre. Entre la falta de certeza jurídica interna, la revisión del T-MEC y las tensiones comerciales globales, la inversión productiva se frena y, con ella, la posibilidad de generar esos puestos de trabajo de calidad que tanto nos hacen falta. Al final, sin inversión no hay productividad, y sin productividad es muy difícil sostener empleos mejor pagados.
Si nos quedamos sólo con la tasa nacional de desempleo, el 2.5 por ciento al cierre de 2025 podría parecer una cifra alentadora. El problema es que ese dato esconde realidades muy distintas para los jóvenes. Aproximadamente el 52 por ciento de las personas desocupadas en el país tienen entre 15 y 29 años y la tasa de desempleo juvenil (4.8 por ciento) casi duplica el promedio nacional.
Pero el problema no es sólo la falta de empleo, sino la precariedad de los que sí existen. Al cierre de 2025, el 55 por ciento de la población ocupada se encontraba en la informalidad laboral. Para los jóvenes, esto significa que muchas de las opciones disponibles son puestos sin seguridad social, con ingresos bajos y sin estabilidad. Y un punto importante: en México el acceso a servicios de salud y otros mecanismos de protección sigue dependiendo, en gran medida, de tener un empleo formal. El salario promedio mensual de las personas de entre 20 y 29 años es de apenas 10 mil 892 pesos para hombres y 9 mil 440 pesos para mujeres. ¿Cómo esperamos que las juventudes construyan patrimonio o alcancen la independencia económica?
Tampoco podemos dejar fuera de la discusión que la región donde vivimos y el género siguen determinando las oportunidades en México. Mientras que en el norte la informalidad se mantiene por debajo del 50 por ciento, en estados como Oaxaca o Chiapas supera el 70 por ciento. La falta de infraestructura y conectividad digital representa un obstáculo enorme sobre el futuro de millones de jóvenes en nuestro país.
La brecha en la participación laboral por sexo se mantiene en casi 30 puntos porcentuales: 45.8 por ciento en las mujeres frente a 74.6 por ciento en los hombres, lo que evidencia una falla persistente. Entre las mujeres jóvenes, esta diferencia es el resultado de una carga desproporcionada de trabajo de cuidados no remunerado y de prácticas laborales que, desde preguntar por planes de maternidad hasta exigir historiales salariales, cierran puertas antes de que se abran.
Si queremos que esto cambie y aprovechar la ventana de oportunidad, necesitamos acciones institucionales coordinadas.
Por un lado, sin certeza jurídica y reglas claras es muy difícil que llegue inversión. La manufactura avanzada o la tecnología, sectores que pueden generar empleos formales y mejor pagados, dependen de un entorno de estabilidad regulatoria, de un Estado de derecho sólido y de una oferta creciente y confiable de energía.
También es urgente facilitar la formalidad reduciendo los costos que implica, especialmente para las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPymes), que concentran más del 70 por ciento del empleo en México.
Hay otro aspecto que muchas veces se subestima en su potencial para el crecimiento del País: el sistema de cuidados. Mientras las mujeres jóvenes tengan que elegir entre estudiar, trabajar o cuidar, no habrá condiciones parejas de entrada. El uso del tiempo es una restricción directa sobre su participación económica.
Y, quizá uno de los puntos más apremiantes está en la transición hacia empleos de mayor valor agregado. Hoy la distancia entre lo que se enseña en las aulas y lo que demanda el mercado laboral sigue siendo amplia. Cerrar esa brecha a través de formación técnica y esquemas de educación dual no solo mejoraría la empleabilidad, también contribuiría a elevar la productividad.
México cuenta hoy con una de las poblaciones jóvenes más grandes de su historia. Pero este bono demográfico no se traducirá en crecimiento económico por sí solo. Convertirlo en un motor de desarrollo dependerá de la capacidad de nuestra economía de integrarlos con empleos de calidad, impulsar la productividad y reducir las desigualdades que hoy limitan a millones de jóvenes.
Nota: Este texto fue elaborado por la autora a partir de su participación en la mesa de diálogo organizada por YouthBuild México con motivo de la presentación del reporte anual de “Jóvenes oportunidad: Entre la precariedad y la salud mental”.
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La autora es Brenda Flores Cabrera (@BrenFlores04), coordinadora Adjunta de Análisis Económico en México, ¿cómo vamos?