Hay generaciones que estudian una carrera. Hay otras que, sin saberlo del todo, estudian un momento histórico. Mi tránsito del ITAM a la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona pertenece, quizá, a esta segunda categoría.
Entré al Instituto Tecnológico Autónomo de México en la segunda mitad de los años 90, cuando el País intentaba reconstruirse después del trauma financiero de 1994. Los años de Río Hondo, de San Ángel y de aquellas discusiones universitarias estuvieron marcados por una mezcla muy particular de incertidumbre económica y optimismo institucional.
México atravesaba una etapa compleja, pero también profundamente esperanzadora. El gobierno de Ernesto Zedillo avanzaba hacia su recta final y el País parecía dirigirse hacia algo que muchos creíamos posible: una democracia constitucional más madura, una economía más moderna y un Estado cada vez más profesional.
En las aulas del ITAM se hablaba de competencia económica, apertura comercial, autonomía del Banco de México, organismos reguladores, transición democrática, tribunales constitucionales y modernización institucional. El derecho comenzaba a estudiarse no solamente como un conjunto de códigos, sino como una herramienta para construir confianza social.
Había una sensación difícil de explicar hoy en retrospectiva: la idea de que México avanzaba. Quizá no al ritmo deseado. Quizá con enormes desigualdades y problemas todavía irresueltos. Pero avanzaba.
Recuerdo particularmente el ambiente intelectual de San Ángel en aquellos años. Una Ciudad de México todavía menos crispada y menos dominada por la polarización permanente. Cafés, librerías, discusiones universitarias y conversaciones interminables sobre política, filosofía, economía y derecho. Uno podía salir de una clase sobre teoría jurídica y terminar discutiendo sobre Octavio Paz, Hayek, Ferrajoli, García Máynez, Kelsen, Hart, Rawls, Dworkin o la transición española.
Y entonces llegó el año 2000. La victoria de Vicente Fox fue interpretada por muchísimos como la culminación de una transición democrática largamente esperada. Por primera vez en décadas, el cambio político parecía producirse plenamente dentro de las reglas institucionales. Muchos jóvenes profesionistas de aquella generación sentimos que el País entraba finalmente al Siglo 21 con instituciones suficientemente fuertes como para sostener el pluralismo, la alternancia y la estabilidad constitucional.
Fue justamente en ese contexto cuando me fui a Barcelona a estudiar el anhelado doctorado. Llegar a la Universitat Pompeu Fabra después del ITAM fue como pasar de una modernización latinoamericana acelerada a una Europa que transmitía siglos de institucionalidad acumulada. España vivía el cierre del gobierno de José María Aznar y comenzaban ya las transformaciones políticas que desembocarían posteriormente en el ascenso de José Luis Rodríguez Zapatero. Barcelona todavía irradiaba la confianza europea posterior a los Juegos Olímpicos de 1992.
Pero el lugar que más me marcó no fue una plaza, ni un edificio gubernamental, ni siquiera un aula. Fue la biblioteca.
La antigua biblioteca del Dipòsit de les Aigües tenía algo profundamente inspirador. Sus columnas repetidas, sus bóvedas de ladrillo, el silencio casi monástico y la sensación de permanencia intelectual hacían que uno estudiara de otra manera. Ahí pasé incontables horas leyendo sobre derecho patrimonial, teoría institucional, consumidores, economía y organización del Estado.
Pero, sobre todo, pensando en México. Recuerdo todavía conversaciones con María del Carmen, mi esposa, durante aquellos años en Barcelona. Vivíamos modestamente como muchos estudiantes extranjeros. Caminábamos entre la Ciutadella, el Eixample, la Barceloneta y los alrededores de la universidad mientras ella me preguntaba, más de una vez, por qué no considerábamos quedarnos a vivir allá.
Y honestamente, la pregunta tenía sentido. Barcelona poseía -y sigue poseyendo- una capacidad seductora difícil de explicar para quienes venimos de América Latina: orden urbano, seguridad cotidiana, institucionalidad funcional, respeto por el espacio público, convivencia relativamente civilizada y una sensación de estabilidad que para muchos mexicanos resultaba casi exótica.
Pero yo siempre respondía algo parecido. Le decía que yo no me había ido de México huyendo de México.
Incluso alguna vez, medio en broma y medio en serio, utilicé una frase que todavía recuerdo: “yo no me vine de mojado”. Pensaba en esa imagen tan presente en el imaginario mexicano de quienes cruzan el río hacia Estados Unidos escapando de la pobreza o de la falta de oportunidades.
Yo sentía exactamente lo contrario. No había llegado a Barcelona para abandonar México, sino para prepararme mejor y regresar. Había en mí -como en muchos jóvenes de aquella generación- una convicción genuina de que el País todavía estaba construyéndose y de que nos correspondía participar en esa construcción.
Europa no representaba para mí una fuga. Representaba un punto de observación. Desde aquella biblioteca pensaba constantemente en cómo lograr que México desarrollara instituciones más sólidas, mercados más confiables, autoridades más profesionales y una cultura jurídica menos improvisada. Me obsesionaba la idea de que el desarrollo económico no depende solamente del dinero o de las inversiones, sino de algo más profundo: reglas confiables, legalidad estable y ciudadanos capaces de creer en sus instituciones.
Quizá por eso, años después, terminé dedicando buena parte de mi trabajo intelectual al análisis del consumidor, al bienestar, a la seguridad jurídica y al papel institucional del notariado. Muchas de esas preocupaciones nacieron precisamente ahí, entre aquellos muros de Barcelona, observando a México desde la distancia.
Porque la distancia produce un efecto extraño: uno deja de ver a su país solamente como rutina y empieza a verlo como proyecto histórico.
Hace algunos años, María del Carmen y yo estábamos tomando café y salió nuevamente aquella vieja conversación de Barcelona. Con esa mezcla entre ternura, ironía y honestidad que solamente existe después de décadas compartidas, me preguntó: “¿Y cómo vas con aquella idea que tenías hace 23 años? La de regresar a México para ayudar a que mejorara... ¿cómo vas?”.
La pregunta me golpeó más de lo que imaginé. Porque quienes pertenecemos a aquella generación crecimos pensando que México avanzaba hacia instituciones cada vez más fuertes. Creíamos que la democracia electoral, la profesionalización técnica, los organismos autónomos, la apertura económica y el constitucionalismo moderno terminarían consolidando un país más racional, más estable y más predecible.
Y sin embargo, también vimos cómo muchas de esas certezas comenzaron a erosionarse. La polarización desplazó parte del diálogo público. El prestigio institucional se debilitó. La inmediatez política comenzó a imponerse sobre la visión de Estado. Y apareció muchas veces la incómoda sensación de que el país avanzaba y retrocedía simultáneamente.
¿Qué responder entonces? Quizá la respuesta honesta es que México no mejoró tan rápido ni tan linealmente como imaginábamos desde aquella biblioteca en Barcelona.
Pero también es cierto que la edad enseña algo importante: los países no se transforman en una sola generación. Las instituciones no se construyen como quien inaugura una obra pública; se construyen lentamente, mediante pequeñas contribuciones acumuladas de miles de personas que deciden no abandonar del todo la idea de un país mejor.
Y quizá eso era, en el fondo, lo que intentaba decir hace más de 20 años sin tener todavía las palabras precisas. Que regresar a México no era un sacrificio. Era una forma de pertenencia.
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El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.