La contradicción en la resolución de la CIDH sobre crimen organizado y derechos humanos (1)
Si de populismo punitivo hablamos, la Resolución 1/26 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre crimen organizado y derechos humanos en las Américas, adoptada el pasado 28 de febrero, enfrenta problemas serios. Veamos.
De entrada, no podríamos estar más de acuerdo con la resolución. Sin embargo, tras conversar sobre el populismo punitivo con especialistas de nueve países de América Latina, España y Estados Unidos, el documento de la CIDH no parece asumir plenamente el desafío que compromete sus propias propuestas.
Antes de entrar de lleno al documento, conviene señalar que llevamos al menos una década promoviendo dos ideas entre personas activistas de derechos humanos en México y en el extranjero, que consideramos de alto valor estratégico:
Construir una narrativa que, con evidencia empírica, demuestre que la seguridad con derechos humanos es posible.
Disputar la narrativa del populismo punitivo mediante formatos y herramientas propias del ecosistema contemporáneo de comunicación política.
La resolución converge con este enfoque y, acertadamente, señala que la comunicación política basada en el miedo y la simplificación del fenómeno criminal es problemática. Reduce el crimen organizado a la figura de un “enemigo absoluto” y promueve respuestas excepcionales como si fueran la única vía. Destaca, además, tres efectos centrales de este tipo de discurso: desinforma a la ciudadanía al ocultar la complejidad del fenómeno; legitima medidas desproporcionadas -como la militarización o la suspensión de garantías-; y desplaza el debate hacia soluciones inmediatas en detrimento de estrategias integrales. En conjunto, la CIDH advierte que esta comunicación favorece decisiones públicas poco sostenibles y con altos costos en derechos humanos.
Asimismo, la resolución critica -aunque no lo nombre explícitamente- el populismo punitivo, al advertir sobre políticas penales simbólicas y reactivas, impulsadas por presiones mediáticas o electorales. Propone sustituir la narrativa del “enemigo” por un enfoque de derechos humanos; comunicar con base en evidencia, no en emociones o rentabilidad política; evitar la estigmatización y los discursos que amplían la violencia estatal; transparentar los límites y resultados de la política de seguridad; promover un debate público informado y plural; y alinear la comunicación con una política integral de seguridad. Sí, sí y sí a todo eso.
La CIDH también acierta al reconocer que transformar la comunicación política es parte de transformar la política de seguridad misma. Enfatiza la necesidad de transitar de la espectacularización del castigo hacia la responsabilidad democrática. De lo contrario, el populismo punitivo tiende a reproducirse, incluso cuando las políticas fracasan.
Sin embargo, aquí emerge una tensión central. La Comisión propone “comunicar con base en evidencia, no en emociones o rentabilidad política”, pero al mismo tiempo reconoce que el populismo punitivo se reproduce aun cuando sus políticas no cumplen lo que prometen. Vale la pena detenernos: ¿cómo sostener una estrategia basada en evidencia frente a un fenómeno que gana apoyo precisamente al margen de ella?
La contradicción, a nuestro juicio, es evidente. El populismo punitivo parece autorreproducirse como un sistema de comunicación política cerrado: no admite interferencias -o cierto tipo de interferencias-. En otras palabras, “ya ganó”, pero no porque cumpla lo que promete -seguridad y justicia-, sino precisamente porque no lo hace.
A riesgo de simplificar: mientras las propuestas de esta resolución, y en general del movimiento de DH, apelan principalmente a la razón, el populismo punitivo galopa montado en la emoción.
Las entrevistas realizadas en el podcast revelaron con particular fuerza la herramienta que inclina la balanza a su favor: la manipulación del miedo. A partir de ahí entendimos que dos corrientes confluyen con potencia en esa dirección: por un lado, las violencias, las atrocidades y la crueldad mismas; por el otro, el achicamiento material y simbólico del Estado, que produce -precisamente- desamparo, temor y terror.
Un buen amigo, referente del movimiento de DH, me comentó que se niega a utilizar herramientas políticas que apelen a las emociones, porque no está dispuesto a manipular. En contraste, especialistas en contención y manejo emocional sugieren que el movimiento de derechos humanos debe, justamente, aprender a conectar con ellas.
Continuará...