La derrota moral de Morena

15/03/2026 04:02
    El tríptico fundacional de Morena -no robar, no mentir, no traicionar- se ha convertido en su sentencia. Han robado: han sido protagonistas del que ya muchos llaman el robo del siglo, el huachicol fiscal, una maquinaria de corrupción que ha drenado cientos de miles de millones de pesos del erario. Han mentido: lo han hecho de manera cotidiana, desde tribunas oficiales convertidas en escenarios de propaganda, durante más de siete años. Han traicionado: han traicionado su palabra, su causa y a la ciudadanía que confió en ellos.

    Hay derrotas que no se registran en las actas electorales ni en los discursos triunfalistas. No se anuncian con cifras ni se celebran en plazas públicas. Son derrotas silenciosas, pero devastadoras, que ocurren en el terreno donde se juegan las cosas importantes: la moral pública. Cuando una fuerza política pierde ahí, puede conservar el poder, pero ya no conserva la razón ni la legitimidad. Esa es, hoy, la derrota de Morena.

    La incongruencia diluye la esperanza. Nada resulta más decepcionante que un movimiento que se proclamó regenerador de la vida nacional y terminó reproduciendo y, en algunos casos profundizando, los vicios que juró erradicar. Morena llegó a la vida pública con una promesa ética antes que política: acabar con la corrupción, desterrar el cinismo del poder y devolverle dignidad a la vida pública. Hoy, esa promesa yace traicionada. Más que por errores aislados, por una deriva sistemática.

    Los símbolos importan. Y cuando los símbolos se degradan, el mensaje es inequívoco. Un presidente de la Suprema Corte más preocupado por el lustre de sus zapatos que por la dignidad de las y los trabajadores el Poder Judicial. Un presidente municipal de Tequila, postulado por Morena para “servir al pueblo”, detenido por su presunta pertenencia al crimen organizado. Un sistema de salud colapsado, incapaz de contener brotes que creíamos superados, como el sarampión, que ya ha cobrado vidas —entre ellas, las de bebés— en un país que alguna vez se enorgulleció de su política nacional de vacunación. No son anécdotas. Son señales.

    En este contexto, el probable abatimiento de Rubén Nemesio Oseguera, El Mencho, ha sido presentado por algunos como una suerte de redención tardía del Estado. Pero conviene decirlo con claridad: la caída de un capo no limpia las sospechas ni borra las culpas de quienes permitieron que el crimen se incrustara en las estructuras del poder. No absuelve a los funcionarios coludidos ni a los gobiernos omisos ni a los políticos que miraron hacia otro lado mientras el narcotráfico se convertía en poder territorial, económico y político. Un golpe al crimen no desmantela, por sí solo, un narcogobierno cuando éste ha echado raíces.

    Las preguntas, entonces, son inevitables. ¿Por qué hasta ahora se actúa contra el CJNG cuando Morena lleva más de siete años en el poder? ¿Dónde estuvieron las instituciones durante este tiempo? ¿Y los demás grupos criminales? La acción selectiva, tardía y sin rendición de cuentas no construye justicia: alimenta la desconfianza. El Estado no puede pretender autoridad moral cuando sus propias estructuras han sido permeadas.

    El tríptico fundacional de Morena -no robar, no mentir, no traicionar- se ha convertido en su sentencia. Han robado: han sido protagonistas del que ya muchos llaman el robo del siglo, el huachicol fiscal, una maquinaria de corrupción que ha drenado cientos de miles de millones de pesos del erario. Han mentido: lo han hecho de manera cotidiana, desde tribunas oficiales convertidas en escenarios de propaganda, durante más de siete años. Han traicionado: han traicionado su palabra, su causa y a la ciudadanía que confió en ellos.

    La corrupción no fue erradicada; fue reorganizada. El crimen organizado no fue derrotado; fue normalizado. En demasiadas regiones del país, los gobiernos locales se han convertido en nodos funcionales de economías criminales que operan con impunidad. La frontera entre autoridad y delincuencia se volvió difusa, conveniente, peligrosa.

    Ante esta realidad, los defensores del régimen recurren a la evasión: culpar al pasado, a los adversarios, a enemigos abstractos o incluso a civilizaciones desaparecidas. Todo, menos asumir la responsabilidad del presente. Pero el poder no admite coartadas históricas. Gobernar es hacerse cargo. Y cuando no se hace, la derrota es moral antes que política.

    Sin embargo, la historia no se detiene. Las derrotas morales también obligan a la reflexión colectiva. Nos fuerzan a mirarnos al espejo y a preguntarnos por la calidad de nuestras decisiones, por el valor de nuestro voto, por el costo de nuestro silencio. Muchos queríamos un cambio. El hartazgo era real: corrupción, pobreza, impunidad, violencia. El error no fue desearlo. El error fue creer que podía comprarse al precio de entregar la crítica, la vigilancia y los contrapesos.

    Nadie vendrá a salvarnos. Esa es la lección más dura y, al mismo tiempo, la más liberadora. No hay redentores ni atajos éticos. Solo ciudadanía, instituciones que deben ser defendidas y reconstruidas, y una democracia que no se hereda, se trabaja.

    Como ciudadano demócrata lo digo sin ninguna duda: la derrota moral de Morena no es el final de la historia. Puede ser, si así lo decidimos, el inicio de una etapa más adulta, más exigente y menos ingenua: una verdadera evolución nacional.