La fila de la tortilla

ANTE NOTARIO
10/03/2026 04:01
    Muchas mujeres han tenido que enfrentar una carrera doble: el trabajo profesional y, al mismo tiempo, buena parte de las responsabilidades del hogar. Otras han tomado una decisión distinta y han optado por dedicarse principalmente a sus hijos y a la vida familiar. Y habría que decirlo con claridad: esa elección tampoco tiene nada de menor

    Hay lugares donde uno puede leer la vida de un país sin necesidad de encuestas ni estadísticas. En México, uno de esos lugares es la tortillería.

    Ahí se cruzan las rutinas domésticas, la economía diaria, las conversaciones breves y los pequeños gestos que sostienen la vida familiar. La tortillería es, en cierto modo, una especie de termómetro silencioso de cómo vivimos.

    Hace unos días fui a comprar tortillas y me llamó la atención algo: casi todos los que estábamos en la fila éramos mayoritariamente hombres.

    Mientras esperaba mi turno pensé que hace no tanto tiempo esa escena habría sido distinta. Durante muchos años, en la vida cotidiana mexicana, eran sobre todo las mujeres quienes hacían esas compras del día: las tortillas, el mandado, la organización de la casa.

    Y entonces me hice una pregunta simple: ¿dónde están las mujeres?

    Tal vez esa pregunta tiene que ver también con mis propios recuerdos. Desde niño yo iba a comprar tortillas. Vivíamos en el centro y me iba en bicicleta a la tortillería. Aprovechaba para comprar un pedazo de chicharrón de puerco que vendían ahí mismo. Me hacían unos taquitos y regresaba pedaleando a la casa.En mi cabeza de niño aquello era una forma de ayudar en el trabajo doméstico.

    En mi casa, en Olas Altas, nunca hubo esa idea rígida de que ciertas tareas pertenecían exclusivamente a hombres o a mujeres. Mi padre, que era médico cardiólogo, decía medio en serio -y medio en broma- que él era chef. Le gustaba ir personalmente al mercado, escoger el pescado, revisar las verduras, elegir la carne. Cocinaba muy bien y a mí me enseñó mucho de eso.

    Mi madre había estudiado hasta sexto de primaria, pero venía de una familia con raíces porfiristas, de banqueros, donde la educación, las formas y la conversación eran muy importantes. En casa había una cultura fuerte, aunque no necesariamente académica en el sentido formal. Nunca la escuché quejarse de que tuviera que cuidar a sus hijos. Al contrario.

    Quizá por eso nunca vivimos bajo esas categorías rígidas que ahora se discuten tanto -patriarcado, matriarcado-. Simplemente cada quien hacía lo que tenía que hacer.

    Pero la escena de la tortillería me hizo pensar en algo más amplio. En las últimas décadas millones de mujeres han entrado al mundo profesional, han estudiado más, han construido carreras y han ocupado espacios que durante generaciones les estuvieron cerrados. Ese cambio ha transformado profundamente a las familias.

    También ha traído nuevos dilemas.

    Muchas mujeres han tenido que enfrentar una carrera doble: el trabajo profesional y, al mismo tiempo, buena parte de las responsabilidades del hogar. Otras han tomado una decisión distinta y han optado por dedicarse principalmente a sus hijos y a la vida familiar.

    Y habría que decirlo con claridad: esa elección tampoco tiene nada de menor. Criar hijos, formar personas y sostener la vida doméstica es una tarea enorme, aunque a veces se le mire con cierta ligereza desde los discursos modernos.

    Por supuesto, también existe una historia menos noble. Durante mucho tiempo algunos hombres abusaron de ese modelo familiar y lo utilizaron como una forma de dependencia económica o de sometimiento. Eso también explica muchas de las discusiones actuales.

    Pero la vida cotidiana suele ser más compleja que los eslóganes.

    Hoy vemos cada vez más hombres que cocinan, que hacen el súper, que llevan a los hijos a la escuela o que, simplemente, hacen fila en la tortillería. No porque alguien les haya cedido esos espacios, sino porque la vida familiar moderna exige más cooperación que jerarquías.

    Quizá por eso aquella fila de hombres no me pareció una señal de ausencia. Me pareció, más bien, una señal de cambio. Al final, la estabilidad de una familia nunca ha dependido de quién compra las tortillas. Depende de algo mucho más sencillo y mucho más difícil: del trabajo cotidiano, del cuidado mutuo y de la voluntad de construir juntos una vida.

    Tal vez por eso nuestros abuelos solían repetir un refrán que sigue teniendo sentido: el trabajo y la economía son la mejor lotería.

    El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.