A Joaquín

    Lenta y trabajosamente las cosas se van acomodando en el tema de la vacunación. Se afinó la estrategia, y con ello se amplió el número de sitios donde es posible vacunarse, hay más voluntarios, las vacunas fluyen a un mejor ritmo, el número de contagios se está reduciendo (no como quisiéramos, pero se está reduciendo), la tercera ola de hospitalizaciones sigue dilatando su llegada, haciéndonos abrigar la esperanza de que no llegará.

    Por lo pronto, los afortunados son envidiados. No son pocos que ven con cierto recelo “la fortuna” de ser médico, una persona de la tercera edad o quien pudo ir a Estados Unidos a vacunarse. Mi resto por una vacuna, y cualquier otra cosa, la que sea, dicen algunos. También escuché en Twitter a un conductor de transporte urbano que decía: “Estaría a toda madre estar vacunado; no traería ese pendiente. Es mucho riesgo andar todo el día en el camión con tanta gente arriba, porque no se sabe si anda enferma o no. Yo tengo 27, así que no sé cuándo me va a tocar la vacuna; a lo mejor en el 2023 o no me toca, quién sabe”. Leí a otra persona: “Si tuviera visa, claro que ya me hubiera vacunado en el otro lado. Si tienes forma de salvarte, ¿para qué te juegas la vida?” Otro decía: “A malayón ser doctor, porque ya estaría vacunado, o ruco, no hay pedo, la onda ahorita es estar vacunado”. Y así sucesivamente.

    Digamos que la fortuna de los que ya recibieron la vacuna, no es cosa menor para quienes tienen claro que la Covid19 mata si no la atiendes adecuadamente, o si las comorbilidades son tantas, que seguramente éstas jugarán en favor del bicho. En estos casos el “a malayón” cobra pleno sentido. Me explico.

    A inicios del mes de abril, la OMS señaló que a nivel mundial se habían aplicado alrededor de 600 millones de vacunas en el mundo. Sin duda, un dato alentador, pero inquietante a la vez, si consideramos que países como Nicaragua, Libia, Botsuana, Asia central, Corea del norte o Bosnia-Herzegovina, ni siquiera aparecen en los registros del padrón de vacunación de la OMS.

    En la mayoría de los casos, la vacuna salva a quien la recibe. El descenso del índice de mortandad de personas mayores de 80 años vacunadas en Europa, es una prueba irrefutable que la vacuna resulta ser un chaleco salvavidas que permite salir con vida del naufragio. Lo mismo se ha visto en México. Desde que comenzó la vacunación, con sus más y sus menos, el número de muertes de personas de la tercera edad disminuyó en un 70 por ciento, siendo ahora los jóvenes quienes enfrentan más riesgos por las mutaciones del virus.

    En el universo de no vacunados, se encuentra el grupo de los vulnerables que (nunca mejor dicho) “mueren” de ganas por ser vacunados, pero no pueden porque aún no les toca su turno.

    No me refiero solo a las personas que enfrentan las comorbilidades que referí en la entrega pasada (enfermedades crónicas, inmunodepresión, sobrepeso, etcétera), sino a las personas que por su edad y actividad ocupacional no serán vacunadas en el corto plazo. Los médicos de farmacia, choferes de autobuses urbanos, taxistas, empleados de supermercados, jóvenes que trabajan en cafeterías, restaurantes, empleadas domésticas y un largo etcétera, salen cada a día a jugarse la vida con la plena certeza de que su turno en la cola de la vacunación, si aún siguen con vida, llegará hasta el próximo año.

    Por esa razón hay quienes ven poco razonable, e incluso consideraran injusto, que haya personas que aun y cuando tienen la oportunidad de vacunarse no lo hagan, teniendo en cuenta las circunstancias que vivimos. Va un ejemplo para clarificar la idea.

    Pedro es profesor titular de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Su capacidad analítica, las muchas precauciones que toma, el consumo constante de noticias y la interacción con personas informadas, le llevaron a concluir que no se aplicará la vacuna, aun y cuando haya una para él a las puertas de su universidad. Las vacunas aun no son del todo confiables -supongamos que dice- y, por precaución, lo mejor es que no me la aplique. ¿Qué hacer?

    Vistas con detenimiento sus razones son comprensibles. En la guerra sucia por el mercado, las compañías no se han tentado el corazón para desprestigiar algunas marcas, poniendo en jaque a gobiernos y sectores de la población. Hay vacunas que provocan trombos, otras que tienen baja efectividad en su capacidad inmunizadora o requieren de una tercera dosis. Por otro lado, la tecnología empleada, “de tan nueva”, levanta sospechas. Me sentiría más tranquilo si me aplican una con el virus inactivo a una con el famoso ARN mensajero, dirá el profesor de nuestro ejemplo. Y si lo anterior fuera poco, afirma, soy alguien libre para decidir qué hacer con mi vida, de ahí que, apelando al principio de autonomía de la bioética, podría sellar su postura con la siguiente afirmación: no pueden obligarme a que me aplique la vacuna. Punto final.

    El problema es que, al ser profesor universitario en una institución pública, se encuentra sujeto a las disposiciones institucionales (cosa que también aplicaría para el caso de una privada). Si el Rector y las autoridades sanitarias del estado de Tamaulipas determinan que las clases cambiarán del formato virtual al presencial, a mediados de mayo o inicios de junio, al profesor no le quedará más remedio que acudir al aula, o bien pedir un permiso laboral que le dé oportunidad para no presentarse a impartir sus clases. Derechos más, derechos menos, resulta claro que el docente no puede presentarse al aula si no está vacunado, porque, además de incumplir las disposiciones institucionales, pondría en riesgo la salud de sus estudiantes. Así de simple.

    Sin embargo, lo “simple” no resuelve el asunto. El profesor dirá que está recibiendo un trato injusto, y que la institución está pasando no solo por encima de su voluntad, sino también poniendo en riesgo su integridad física e, incluso, su vida, porque las vacunas no son confiables del todo.

    Más allá de lo que piense el profesor, lo cierto es que hay millones de personas que ven en la vacuna un salvoconducto para mantenerse con vida. Es, como decía líneas arriba, un chaleco salvavidas en medio de un naufragio, que resulta absurdo no utilizar en una situación tan extrema. Pensar que se puede resistir braceando y pataleando en medio del océano, es tan absurdo como pensar que ese mismo chaleco te mantendrá a salvo durante un par de semanas en medio del océano, pero lo que no se puede negar es que es un recurso de emergencia escasísimo que no podemos darnos el lujo de desperdiciar.

    ¿Hay alguna salida al problema? Creo que sí. Podríamos llamarla: “acuerdo moral para la sucesión del derecho al acceso a la vacuna”. Así, quien no la quiera, podría cedérsela a quien la requiera y desee recibir. Lo que no sería válido es que, firmado el acuerdo, quien la cedió luego exija ser vacunado porque le estaría quitando la posibilidad a otra persona.

    Esto es solo una idea que, probablemente, valga la pena profundizar, al momento que algunos docentes rechacen la vacuna.

    Y por no dejar, van unas cuantas preguntas al margen: ¿Es posible construir una República amorosa haciendo tantos llamados a la violencia? ¿Qué tipo de República podemos construir si se boicoten las instituciones que hacen posible vivir en democracia?