La idea de nosotros mismos es destino

    Todos tenemos una idea de nosotros mismos: una descripción, una fotografía o una película que nos mostramos; es lo que somos para nosotros, lo que asumimos ser, y nos sirve para actuar, movernos por el mundo y decidir. Nos consideramos altos o bajos de estatura, capaces o incapaces, inteligentes o lerdos: no importa qué. Siempre nos ubicamos en algún punto de unas coordenadas que nos sitúan entre dos extremos muy sencillos: lo mucho y lo poco. Esas coordenadas son múltiples y arman una compleja red donde se mezclan aspectos de todo tipo: cuantitativos y cualitativos, objetivos y subjetivos, reales e imaginarios. Así, uno puede creerse alto, gordo, feo, genial; dotado de buena o mala suerte y de mil aspectos más.

    Esa idea de lo que somos nos hace temerosos o imprudentes, prácticos o reflexivos, y es lo que nos permite no solo desenvolvernos con seguridad o desconfianza, sino arriesgarnos o de plano no atrevernos, e incluso exigirnos dar más o dar menos de nosotros mismos.

    Al principio uno no sabe nada de sí mismo, pero muy pronto, a fuerza de aciertos o descalabros, va adquiriendo un contorno, una idea de la frontera que lo contiene a uno, frontera que sobre todo es establecida por el juicio de los demás: tú puedes-tú no puedes, tú eres torpe-tú eres sensacional, tú eres bueno-tú eres malo... con el tiempo y, principalmente, insisto, debido a la índole de personas con las que uno convive, se va formando en nosotros esa idea, esa identidad. Somos lo que los otros nos dicen: la suma de las opiniones que los demás formulan a propósito de nosotros. Pero, ¿seremos eso?, ¿seremos ese, seremos esa persona que nos han dicho que somos? Si nos hubiéramos enfrentado a otros problemas, o a los mismos pero escalonados de distinta manera, y hubiera habido junto a nosotros otro tipo de personas con otra clase de opiniones, seguramente no seríamos el que creemos ser, seríamos otro: nuestra identidad sería distinta, y distintas también nuestras aspiraciones e incluso logros.

    Como podrá entenderse fácilmente, nuestra identidad no solo es relativa, sino resultado de las opiniones subjetivas de un puñado de personas que el azar puso junto a nosotros. Si la suerte hubiera colocado frente a mí una secuencia de obstáculos y dificultades para ir enfrentándolos conforme fuera capacitándome para solucionarlos y, además, me hubiera visto rodeado de personas con juicios favorables, la idea que tendría de mí sería una muy otra y, seguramente, me asumiría de manera más feliz y también sería más capaz y hasta más eficiente.

    Cada quien es quien cree ser y, a causa de ello, termina siendo exactamente ese. La idea que tenemos acerca de nosotros se convierte en nuestro destino. Este es el caso más triste en el que una creencia termina por dar forma al ser, pues nuestro ser no es más que la suma de opiniones con las que nos han con-vencido.