La esperanza es uno de los más grandes tesoros del ser humano. Gracias a ella, ensancha y eleva sus aspiraciones, recobra las fuerzas y permanece firme ante cualquier obstáculo.
Una conocida frase afirma que la esperanza es lo último que se pierde. Sin embargo, no siempre se entiende bien su significado. Algunos la consideran una gran virtud, como Pablo, quien la subordina al amor: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, pero la mayor de estas tres es el amor” (1 Cor 13,13).
Otros, basándose en el mito de Pandora, la catalogan un mal. Para castigar la falta de Prometeo, quien dio el fuego a los hombres, Zeus encargó a Hefesto que hiciera una bella mujer y se la presentara a Epimeteo. Apenas la vio Epimeteo se prendó y la desposó. Como regalo de bodas recibieron una tinaja ovalada - que después fue traducida como caja- de la que salieron todos los males: enfermedades hambre, sufrimiento, odio, guerras, ira, envidia, muerte, a excepción de la esperanza.
Por eso, algunos autores opinan que la esperanza se concebía como desgracia, pues era la venganza de Zeus para desear y permanecer insatisfecho.
Agregan que la esperanza es pasiva, ya que se aguarda a que las cosas ocurran. Así, Nietzsche, en Humano demasiado humano, escribió: “es el más grande de los males porque prolonga el tormento del hombre”.
No obstante, como señaló María Zambrano: “cuando el mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada sólo recoge el fragmento, el detalle, nos queda sólo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo”.
¿Mantengo viva la esperanza?