Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que estamos construyendo las herramientas que definirán buena parte del Siglo 21 utilizando información producida por sociedades que ya no existen.
La inteligencia artificial aprende de datos históricos. Esa es precisamente su fortaleza. Identifica patrones, encuentra correlaciones, reconoce tendencias y genera respuestas a partir de enormes cantidades de información acumulada. El problema es que los datos siempre hablan del pasado, mientras que la política, la economía y la vida ocurren hacia adelante.
Durante los últimos meses he participado en múltiples conversaciones sobre inteligencia artificial. Casi todas terminan girando alrededor de los mismos temas: sesgos, regulación, privacidad, automatización o productividad. Son discusiones necesarias. Sin embargo, tengo la impresión de que estamos dejando fuera una pregunta que podría resultar igual de importante.
¿Qué ocurre cuando las herramientas con las que intentamos imaginar el futuro fueron entrenadas con un mundo que ya no existe?
La pregunta parece abstracta hasta que observamos uno de los cambios más profundos de nuestra época: la revolución demográfica.
Por primera vez en la historia, una parte significativa de la población vivirá varias décadas después de los 50 años. Las mujeres, además, serán mayoría dentro de esa población longeva. De acuerdo con la ONU, en 2050 habrá cerca de mil 600 millones de personas mayores de 65 años en el mundo y más de la mitad serán mujeres. Entre quienes superen los 80 años, la proporción femenina será todavía mayor, cerca del 59 por ciento, y se concentrará en países con ingresos medios y bajos.
No estamos hablando de un grupo marginal. Estamos hablando de uno de los grupos demográficos más importantes del futuro.
Frente a esto, observamos que buena parte de los datos con los que entrenamos nuestros sistemas de inteligencia artificial fueron producidos en sociedades mucho más jóvenes, con trayectorias de vida más cortas, mercados laborales distintos y roles de género radicalmente diferentes.
Un grupo grande de las mujeres que hoy llegan a los 60 años son las primeras en la historia con acceso masivo a educación superior, independencia económica, participación política, tecnología digital y expectativas de vida que les permiten imaginar 20 o 30 años adicionales de proyectos, aprendizaje y contribución social.
No existen precedentes históricos para esa realidad. Las mujeres de 50, 60 ó 70 años que hoy emprenden, estudian, cambian de carrera, participan en la vida pública o construyen nuevas formas de liderazgo no están reproduciendo modelos anteriores. Están creando modelos nuevos.
Esto da pie a pensar en una pregunta inevitablemente política: ¿quién está imaginando el futuro?
La discusión sobre inteligencia artificial suele centrarse en quién diseña los sistemas. Sabemos que las mujeres siguen estando subrepresentadas en los sectores tecnológicos. La Unesco estima que apenas alrededor del 22 por ciento de quienes trabajan en inteligencia artificial son mujeres, y son mujeres jóvenes, menores de 30 años.
Una sociedad no se construye únicamente con quienes programan los algoritmos. También se construye con las experiencias que alimentan los datos, con las historias que consideramos relevantes, con las trayectorias que utilizamos como referencia y con los grupos humanos que asumimos como protagonistas del futuro.
Durante siglos, la experiencia fue un recurso escaso. Muy pocas personas llegaban a edades avanzadas. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Estamos entrando en una sociedad donde millones de personas acumularán cantidades inéditas de experiencia, conocimiento práctico, criterio y memoria histórica.
Paradójicamente, esto sucede justo cuando tenemos acceso a cantidades prácticamente infinitas de información. Una adolescente puede consultar en segundos más información de la que tuvo disponible cualquier canciller del siglo XIX. La inteligencia artificial puede resumir miles de páginas en cuestión de minutos. El conocimiento se ha democratizado de formas extraordinarias.
Eso vuelve todavía más valiosa otra capacidad: el juicio.
La capacidad de distinguir entre información y significado, entre una respuesta correcta y una decisión prudente, entre lo que es técnicamente posible y lo que vale la pena hacer.
Mientras más sofisticadas se vuelven las tecnologías, más importante se vuelve aquello que no puede automatizarse fácilmente: el pensamiento crítico, la imaginación, el criterio y la capacidad de formular preguntas para las que todavía no existen respuestas.
La inteligencia artificial aprende mirando hacia atrás. Las sociedades longevas nos obligan a mirar hacia adelante.
El desafío que esto plantea no consiste solamente en construir mejores algoritmos. Consiste en evitar que los límites del pasado terminen definiendo las posibilidades del futuro.
Estamos construyendo herramientas para el futuro utilizando datos del pasado y con una representación limitada de los grupos que más crecerán en ese futuro.
Esto ya no es solamente un desafío tecnológico. Estamos hablando de uno de los grandes desafíos políticos de nuestra época.
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La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo