Acabo de ver un largo documental donde una chica vietnamita, educada en Francia, vuelve a su ciudad natal y el tema son los hallazgos y revelaciones culturales.
Hay una secuencia donde va con su mamá a un mercado popular y, entre el curioseo y reencuentro de sabores y colores, paran en la tienda de un viejito sabio para que le ilustre unos cuadros de papel blanco, enmarcados en bambú, con un dibujo ideográfico de buena suerte, el cual allá suelen colgar fuera de las casas en año nuevo y después meten a la sala el resto del ciclo.
Según lo que se desee, el anciano hace un ideograma con un gran pincel. Ella pide vivir muchos años.
Pero el señor, con toda esa vía oriental de la sabiduría, le dice que debe mejor pedir tener varios hijos. Que va ser muy infeliz viviendo todos esos años sin hijos.
La madre y ella lo aceptan muertas de risa y no dudan en aceptar la sugerencia... Presentí que estaba viendo el momento cumbre de tres vidas. O sea que, ser madre, no es solo un objetivo en la vida. Es algo que salva tu vida y la de otros. Así no nos convertiremos en monstruos o solo un producto más de la evolución de las especies.
Aclaró que la función de una mujer no puede ser solo esa como tampoco las del hombre ser hijo. Hay damas plenas y realizadas sin necesidad de pasar por ese rito reproductivo. Pero aún me azora el desencanto y el escaso deseo de no pocos jóvenes ante esa posibilidad a edades cada vez más tempranas.
Solo el mexicano le dice jefa a la madre. Una cultura tan machista se pliega ante esa invocación. Sí, se me hace pobre llamar a la nuestra la cultura de Los hijos de la Malinche, como se titula un capítulo del famoso ensayo “El laberinto de la soledad”, el cual debió haber leído el señor Nacho Cano antes de hacer “Malinche”, el musical y también la señora Ayuso antes de glorificar al problemático Hernán Cortés.
Somos los hijos de las madres que nos parieron: no salimos del suelo, como ellas mismas nos lo recuerdan al andar de malas. Querido Octavio Paz, algo te hizo falta para que pensaras eso.
Yo tengo pocas fotos de mi madre de joven y de niña. Se perdieron las de ella y de mi padre cuando por una emergencia familiar dejaron su primera casa sola y la lluvia hizo estragos. Una hermana se quedó con una de las pocas, donde ella está cantando con un grupo de jóvenes amigas entre las piedras de un río.
Ante la falta de esas fotos perdidas, retrato aquí mi madre, Josefina Ramos Espinoza, nacida el 19 de marzo de 1954, en Copala, Sinaloa, día del santo patrón del pueblo, el Señor San José. Pongo la fecha sin rubor porque a diferencia de muchas damas de su generación, nunca ocultó o disimuló su edad. Qué chiste, siempre supo que se veía más joven de lo que aparentaba.
De uno de sus bisabuelos, Rainieri Guido, elegí el nombre de mi único hijo: Ian Rainieri Rodríguez Valero. El Ian lo había decidido yo desde hace más de una década, cuando tener un hijo era incierto para mí, pensando en el novelista Ian Fleming... no en Ian McEwan, como han pensado algunos entusiastas amigos. Para mi sorpresa, transcurrido el tiempo, ese nombre antes no común se volvió popular en extenso.
De niña sabía lavar oro, tal como en las películas del oeste, sumergiendo el plato en los arroyos, ríos y manantiales que manaban la riqueza pulverizada. Al ver juntos películas viejas me decía cuando los protagonistas lo efectuaban de forma correcta.
Por cierto, me confirmó que todo lo que vemos en El Tesoro de la Sierra Madre, de B. Traven y luego John Huston, en el cine es acertado. Mazatlán es mencionado varias veces en la novela del misterioso escritor alemán aventurero y es posible que Traven vagase por las minas de Copala. ¿Se habrá topado con mi abuelo en algún momento entre esas veredas, socavones y gargantas de la serranía?
Mi retrato materno se complementa con una foto en blanco y negro tomada en 1975. Yo toda la vida supe ser idéntico a mi padre, a que la gente me reconociese en la delgadez extrema, la forma de dar los pasos y los pómulos salientes.
A los veintitrés años subí de peso y mi rostro se redondeó, mi cabello encrespose y los genes maternos brotaron de forma distinta. No me percaté el nivel de grado; un día de 2010 volví a ver mi certificado de preescolar, el Kínder o Jardín de Infantes, y descubrí que ese niño ante la cámara fotográfica era alguien con el rostro nítido, idéntico al de mi joven madre.
Ese era yo; era ella; igual a mi padre recio y moreno, yo blanquecido por la exposición; todos juntos en un momento donde la luz del flash de magnesio unió a ese niño del eclipse y del mar, con las mañanas de la montaña y el oro en polvo surgiendo de las grutas, las barrancas, la voz de las muchachas que cantaron entre las piedras del rio para quedarse en una fotografía ya desaparecida, hoy vuelta a retratar con la alquimia de palabras que ella me enseñó a decirlas y cantarlas. Gracias, madre.