La Odisea, la aventura en el cine y en los libros

EL OCTAVO DÍA
26/07/2026 04:01
    Pues a los ojos del cine actual, la Odisea refulge como un viaje tipo El señor de los anillos, pero más breve y con drama familiar como centro, en vez de un grupo de enanos atolondrados por tanta mitología... ¿Será porque Tolkien se quedó muy chico sin sus padres y lo educó un severo cura de Birminghan?

    Descubrí “La Iliada” y “La Odisea” en casa de mis abuelos y también, de forma complementaria en un volumen dedicado a la arqueología, una visión de las ruinas de las murallas de Troya, descubiertas por el alemán Heinrich Schielmann.

    Desde entonces, transcurrí varios años con la creencia de que todo lo narrado en los mitos era real y por eso, debo reconocer que la vecindad de estos libros cambió mi manera de ver y negar la realidad.

    Yo gocé una infancia dividida entre la playa de Mazatlán y los libros; aun así, navegué rumbo a la Iliada a la tardía edad de 10 años. Digo tardía porque pude haberla leído mucho antes, nada más que, como a la mayoría de los lectores, me asustaba la posibilidad de que fuese aburrida y ardua, a diferencia de las versiones que había conocido antes para niños.

    En efecto, había devorado antes varias traslaciones pasteurizadas de ciertas joyas de la literatura, llevadas a los que entonces se llama “comic”, pero en ese momento, el drama de Ilión fue mi primer libro “de a de veras”, así como el accidentado viaje de regreso de Ulises/Odiseo.

    Recuerdo perfectamente el día que me atreví a desembarcar en ella. Y sucedió porque ya no tenía otra cosa que leer. El síndrome de la abstinencia de los lectores adolescentes era peor que la actual falta de celular.

    Fue un sábado por la mañana, durante las vacaciones veraniegas e, incluso, había llovido por la madrugada, cuando abrí las hojas amarillentas, ligeramente humedecidas por el ambiente, y leí las primeras frases: “Canta, ¡Oh, musa! la cólera de Aquiles!”...

    El principio me aterrorizó por lo urgente de la situación: frente a las murallas de Troya, los griegos salían de pleito por culpa de la esclava Briseida y Aquiles se marchaba indignado a hacer el berrinche a su barco, poniendo en peligro a sus propios compañeros. En menos de dos páginas, el héroe se convertía en el prototipo del anti-héroe.

    Así que asustados, los griegos resisten un ataque brutal. Pero uno de los dioses le da gran valor a Diómedes, uno de los “segundones” de la historia, quien se lanza feroz al mero centro de la batalla y derriba al príncipe Héctor, domador de caballos, que combate junto al dios Marte, quien lucha disfrazado con los troyanos.

    La guerra está perdida: Aquiles enojado y el dios de la guerra a un lado de los ladrones de la dulce Helena. No me atreví en ese momento a soltar el libro porque contenía más acción que la matiné del Cine Reforma.

    Diómedes se lanza sobre Eneas, quien está a punto de morir, pero la diosa Venus, quien es su madre, desciende envuelta en una nube para quitárselo. El griego no se arredra y a ciegas, con su espada, da un tajo al hombro desnudo de la diosa, quien sube sangrante hasta el monte Olimpo, donde es amonestada por el propio Zeus, sentado en su trono iluminado por los rayos que arroja a la tierra cada vez que alguna pequeñez le molesta.

    Diómedes se va de frente y se lanza sobre un desconocido con la cara cubierta con un yelmo y, cuando decide ejecutarlo, el dios Apolo desciende en su carroza dorada y lo detiene, porque está a punto de matar a un dios y eso, sencillamente, eso es algo que no puedes permitirse a los mortales. Apolo, quien al parecer no había leído a Nietszche, combatía consciente de lo indefenso de su condición divina.

    En eso, el joven Patroclo fue a suplicarle a Aquiles que volviera a la pelea, y cuando Aquiles respondió furibundo, mi mamá me llamó para decirme que ya era mediodía y era momento de comerse unos ricos tacos de carne asada.

    Yo suspendí a regañadientes la lectura y le dije que me esperara un ratito, porque quería ver que pasaba con Eolo, el dios del viento, quien en ese momento llegó muy oportuno a arrojarles arena candente a los ojos de los troyanos.

    El resto de ese sábado memorable fue vivir batallas y batallas, más entretenidas que las de “La guerra de las galaxias”, otra chifladura de la época. Así que al llegar la noche, mientras mis padres y mis hermanas veían la película de Pedro Infante, llegué con tristeza y asombro al final de ese hermoso libro llamado “La Ilíada”.

    La historia no concluía con el incendio de Troya, sino con la muerte de Héctor. No hay final: uno se queda con la idea de que hasta ahí quedó todo. Lo del caballo de madera fue un mito posterior, varios siglos después, inventado por los romanos, urgidos de un pasado heroico. Los funerales de Héctor son el gran cierre de la trama.

    “La Odisea” en aquel momento no me impresionó tanto, lo confieso. Y eso que es más leible que La Iliada, porque la acción es más continua, cambiando constantemente de escenarios y criaturas mitológicas. Yo prefería el canto de las batallas.

    Odiseo no contaba con brújula y el mar Mediterráneo aún no había sido cartografiado. Por eso erró tantos años y al parecer llegó a Italia y norte de África topando con criaturas y humanos mitologizados.

    Hoy se le llama a eso “novela río” y aquí van dignos ejemplos modernos, empezando por El Quijote, Kim de la India, Las aventuras de Huckleberry Fin o “En el camino”, novela jipi de Jack Kerouac. Todos le deben algo a La Odisea

    Pues a los ojos del cine actual, la Odisea refulge como un viaje tipo El señor de los anillos, pero más breve y con drama familiar como centro, en vez de un grupo de enanos atolondrados por tanta mitología... ¿Será porque Tolkien se quedó muy chico sin sus padres y lo educó un severo cura de Birminghan?

    Hay algo de eso en la estética de Christopher Nolan, pero por supuesta es superior a los momentos medio Disney que agobian Lord of the rings. (Hablo de la película y los libros; no crean que soy muy devoto de ellos.)

    ¿Si se dieron cuenta, amigos eruditos, cuando se cuela La Orestiada en La Odisea? En el mismo tramo del drama de Menelao aparece el trauma de Ifigenia, pero sin desarrollo: la primer muerte de la guerra de Troya fue una mujer.

    Para exigirles a sus súbditos que fueran a pelear con él, Menelao sacrificó antes a su princesa para conjurar los malos vientos. Se ve eso en escasos diez segundos y su mujer por eso lo mata al regreso. De ahí que su fantasma le recomiende a Odiseo ocultar su identidad al regreso.

    No recuerdo a quién le leí que quizás la trascendencia que hizo perdurar a las obras homericas es que ahí se ve cómo la muerte y el drama llegaban hasta la mesas y aposentos de los intocables reyes y no solo a las del pueblo llano. Carne de cañón de las bajas pasiones de sus dirigentes.

    Antes en las epopeyas, nada le pasaba a los caudillos. Esa repentina humanidad quizás las hizo eternas.

    No fue una guerra por amor. Fue un conflicto por las rutas comerciales con el Mar Negro y Asia Menor, codiciadas por los primitivos helenos.

    Es probable que Ulises fuera más bien un rey muy rural, tal como se ve en la cinta, y quizá más. Troya al parecer era más refinada y los griegos muy rústicos: el argumento arqueológico es que ahí hallaron piezas de jade y otros objetos que revelan un comercio con oriente y una mayor capacidad artística y artesanal en ese momento.

    Y esa recreación, en el marco de un escenario con rocas y plantas mediterráneas, le da gran valor de producción a esta película.

    No deje de verla, pero tampoco se olvide del libro. Homero aún tiene mucho que decirnos y enseñarnos.