La paradoja del riesgo turístico aplica en Mazatlán este verano

ENTRE COLUMNAS
03/08/2026 04:02
    Este verano algo contradictorio ocurre en Mazatlán: mientras los diarios dan cuenta de decenas de homicidios, enfrentamientos, robo de autos y “levantones”, miles de turistas abarrotan las playas y las principales avenidas de la ciudad; en los restaurantes hacen fila de espera y los hoteles y espacios de renta vacacional registran una ocupación que muchos destinos envidiarían. La explicación a esta contradicción puede encontrarse en un concepto cada vez más estudiado por los turismólogos: la paradoja del riesgo turístico

    El turismo es una de las actividades económicas más sensibles ante los hechos de violencia. Pero este verano algo contradictorio ocurre en Mazatlán: mientras los diarios dan cuenta de decenas de homicidios, enfrentamientos, robo de autos y “levantones”, miles de turistas abarrotan las playas y las principales avenidas de la ciudad; en los restaurantes hacen fila de espera y los hoteles y espacios de renta vacacional registran una ocupación que muchos destinos envidiarían. La explicación a esta contradicción puede encontrarse en un concepto cada vez más estudiado por los turismólogos: la paradoja del riesgo turístico.

    Este término describe muy bien esta situación. Mientras que un destino presenta elevados indicadores de violencia, terrorismo o inseguridad, la demanda turística permanece estable o incluso continúa creciendo. En otras palabras, el riesgo existe, pero no ahuyenta a los visitantes en la proporción que se podría esperar.

    Investigadores como Abraham Pizam, Yoel Mansfeld y otros especialistas en gestión del turismo han demostrado que la percepción pesa más que las estadísticas. Un viajero no consulta la tasa de homicidios antes de reservar un hotel, sino que observa las fotografías que publican sus amigos, los videos de TikTok, las recomendaciones de influencers y las ofertas de paquetes vacacionales. Si esas señales son positivas, el viaje continúa.

    Las cifras de violencia actuales en Mazatlán, Sinaloa, son innegables y representan un problema que no debe minimizarse. Es evidente que existe un segmento de turistas que decide no viajar por esa razón. Sin embargo, muchos visitantes hacen una comparación relativa en la que consideran que la violencia ocurre en otras zonas del estado o del país y que el área turística permanece relativamente protegida. Esa percepción, acertada o no, influye de manera decisiva en su comportamiento.

    Esa impresión se fortalece cuando llega al destino y encuentra playas llenas, hoteles funcionando con normalidad, patrullajes constantes, restaurantes abiertos y miles de personas disfrutando de sus vacaciones. Cada turista que regresa sano y satisfecho se convierte -sin proponérselo- en un promotor del destino. La experiencia personal termina pesando más que cualquier encabezado.

    Otro elemento a considerar es que la violencia prolongada también modifica la manera en que la sociedad procesa el riesgo. Cuando durante años las noticias hablan de inseguridad, muchas personas desarrollan una especie de normalización. No significa que aprueben la violencia, sino que dejan de verla como un motivo para cancelar sus planes de viaje, sobre todo cuando los beneficios parecen superar los costos percibidos.

    Pero esta paradoja también encierra una advertencia. Sería un error interpretar la buena ocupación hotelera como una prueba de que todo marcha bien o de que la violencia no afecta al turismo. Muchas veces la afluencia turística reacciona con retraso y, cuando la percepción cambia, lo hace de manera abrupta. Basta un acontecimiento de gran impacto mediático para que las reservaciones se desplomen en cuestión de días.

    Por ello, Mazatlán no puede conformarse con la resiliencia de su industria turística. El éxito de esta temporada de verano debe celebrarse, pero también aprovecharse para resolver los problemas estructurales que amenazan su futuro. La competitividad de un destino no puede descansar únicamente en la belleza de sus playas o en la hospitalidad de su gente; también necesita de instituciones que garanticen la seguridad de sus visitantes como para los que vivimos aquí.

    La confianza es uno de los recursos más valiosos en el turismo, pero también uno de los más frágiles. Mazatlán haría bien en no poner a prueba esta paradoja más de lo necesario.

    Es cuanto...