La pesadilla que Sinaloa no merece
Y sucedió, al fin, el despertar cívico
Al mismo tiempo que la delincuencia organizada hace rugir sus rifles y dispositivos explosivos como bramido de los sin Ley, en Culiacán estalló la indignación, impotencia y miedo que la sociedad ha acumulado durante 138 días de terror, incertidumbre y desamparo en que la mantiene el crimen cuya implosión en el Cártel de Sinaloa desnudó el rebasamiento al Estado en su obligación cardinal de dar seguridad a los ciudadanos pacíficos. Encendida la mecha del petardo cívico desde el 9 de septiembre, llegó el día en que el trueno cimbró a instituciones y autoridades legítimamente instaladas.
No es para menos, porque la guerra dejó de ser la lucha entre dos frentes locales del narcotráfico y alcanza ahora a la población ajena al conflicto, con la aberración de asesinar a dos niños, Gael y Alexander, de 12 y 9 años de edad, y al padre de ellos, Antonio de Jesús, el 19 de enero en la colonia Los Ángeles de Culiacán. Y sí, el grito que recorrió la capital del estado, desde Catedral a Palacio de Gobierno, es el clamor de Sinaloa entero.
A la fuerza cívica que se solidarizó con la familia agraviada por la crisis de la seguridad pública la movilización le significó la válvula de escape que desahoga las emociones, lutos y horrores contenidos en un territorio de nadie donde nada está a salvo de los transgresores del orden constitucional. La gente decidió salir a la calle a dar la compacta señal de hartazgo y desesperación como primera llamada a la toma de soluciones.
Ojalá que al Gobernador Rubén Rocha Moya y la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no los distraigan las puertas derribadas, los cristales quebrados o las proclamas desfiguradas. Eso es lo de menos, pues urge descifrar lo que los sinaloenses queremos decir: que ya hagan lo que tengan que hacer para que regresen las condiciones de legalidad, gobernabilidad y confianza que posibiliten continuar con la obra colectiva que es el mejor Sinaloa para vivirlo y prosperarlo. No es mucho pedir; es el piso parejo mínimo para que los ciudadanos de paz hagamos el resto.
Por supuesto que en medio de la tragedia lucran políticamente apetitos a los que no les interesa el sufrimiento de un pueblo y sí buscan a río revuelto dividendos particulares o grupales . Nunca faltan esos que postulan la inestabilidad generalizada con el propósito de sacar ganancia a pesar de que son los mismos de gobiernos anteriores que pudieron combatir la violencia atávica y mejor decidieron ser parte del problema a través de la complicidad y cohabitación. Por eso la importancia de no confundir el barullo engatusador con la auténtica exigencia social por la prevalencia de la norma jurídica y el orden público.
No obstante, a la familia de Gael y Alexander y a los ciudadanos que la acompañaron sin duda les asiste la razón. Analizando el hecho de violencia que mostró los alcances de la narcoguerra a partir del punto en el que tomó a la infancia como víctima, desde el hogar de los pequeños y su padre asesinados permea hacia todo el tejido social la amenaza sin distingos ni límites. Hacía falta, era cosa de vida o muerte, que el alarido doloroso y desesperanzado de los culiacanenses despertara al Gobierno del letargo en el cual reacciona pero no resuelve.
Tal grito debió escucharse hasta Palacio Nacional, específicamente en el Gabinete de Seguridad Pública que decidió hacerse cargo de la protección a los sinaloenses en la circunstancia terrible del choque doméstico en el CS. Allí se optó por enviar al pacificador federal, Omar García Harfuch, para que estuviera aquí hasta tener el control de la situación y se fue a los días a pesar de que fuego, balas y crímenes no dan señales de tregua.
El ataque infame a los niños Gael y Alexander consiguió el prodigio de sacar a la gente de sus escondites en casa, de la indiferencia de “les pasa a otros, no a mí” y de la fría costumbre de ver desfilar desde el balcón los cortejos fúnebres de las víctimas. Tal vez ayer apenas aprendimos a ya no preguntar más por quién doblan las campanas al estar seguros de que tañen a duelo por todos nosotros. Que los ideales de paz retomados desde la colectividad son la única salida del actual laberinto de barbarie en el cual no hallamos las salidas.
En un movimiento social genuino y confiable no caben las ingenuidades. ¿Sabremos distinguir a quienes pretenden llevarnos de Guatemala a Guatepeor postulando que regresen al poder los que ya lo ejercieron y nos fallaron, nos traicionaron? Suficiente trabajo nos costará sortear las presentes trampas del crimen como para distraernos en celadas que ofrecen salvarnos y en realidad nos refundirán en el fondo de la desesperanza.
Ustedes dos serán nuestros guías,
Ángeles Alexander y Gael,
Buscando entre todos los días,
Al Sinaloa sin la mancha cruel.
De la tómbola del oportunismo que para partidos y políticos representa la violencia irrefrenable comienzan a salir nombres espeluznantes, quizá como hobby de quienes los proponen o con el patrocinio de los súbitamente apuntados, que los promocionan como los bienhechores que nos librarán de los malhechores. Humo rojo color sangre, no negro, que advierte de la eventualidad de próximas guerras ahora en los campos de batalla de la narcopolítica. Dios libre a Sinaloa y sus ciudadanos de estos innombrables.