La red que cae al agua desde hace 2 mil años

Atarraya
25/06/2026 04:01
    Quien pesca con atarraya conoce las temporadas, lee la temperatura del agua y reconoce a las especies por su comportamiento. La propia red guarda parte de ese conocimiento, pues el tamaño de la malla decide qué especie y qué talla quedan dentro y cuáles se escapan.

    Esta columna lleva el nombre de la atarraya, una herramienta de pesca cargada de historia. Más que un instrumento de trabajo, encierra una identidad costera transmitida durante generaciones.

    Hay un gesto que se repite casi igual desde hace siglos: una persona toma una red circular, la hace girar sobre el hombro y la suelta al aire; la red se abre como una flor; toca el agua y se hunde por el peso de los plomos del borde. Eso es una atarraya, y no es casualidad que le dé nombre a esta columna.

    Pescar es una de las actividades más antiguas de la humanidad. En lo que hoy es México, los pescadores estuvieron entre los primeros habitantes, de acuerdo con el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.

    Los mayas dejaron en sus yacimientos huesos de peces que todavía revelan su relación con la costa; por su parte, en el lago de Texcoco, los pueblos de la Cuenca de México pescaron con redes mucho antes de la Conquista y en Sinaloa la pesca acompaña al ser humano desde hace miles de años. Soltar una red al agua nos conecta con tradiciones que persisten desde hace dos milenios.

    Quien pesca con atarraya lee el agua

    Hoy, la atarraya sigue viva en pueblos como Boca del Río, en Veracruz, o San Blas, en Nayarit, y sobre todo entre los ikoots de San Mateo del Mar, en Oaxaca. El mismo pueblo usa la atarraya, el chinchorro, el papalote y los copos según lo que el día pida, es decir, quien pesca con atarraya lee el agua antes de abrir el brazo.

    Una atarraya no se hereda como se hereda un objeto, se hereda como se hereda una lengua. Se enseña el peso justo del plomo, la fuerza del giro y el punto exacto del estero donde conviene soltarla. La red, entonces, no solo atrapa peces, sostiene un modo de vida y marca a quienes se identifican como pescadoras o pescadores.

    Por eso, este arte de pesca es identidad y no solo herramienta; el cuerpo y la red forman una sola cosa, un gesto atado a un territorio. Cuando una comunidad pierde su red, pierde también una manera de conocer el mar, un mar que no aparece en ningún manual técnico.

    Ese saber no es ciencia dura, pero sí es ciencia. Quien pesca con atarraya conoce las temporadas, lee la temperatura del agua y reconoce a las especies por su comportamiento. La propia red guarda parte de ese conocimiento, porque el tamaño de la malla decide qué especie y qué talla quedan dentro y cuáles se escapan.

    Una identidad que tardó miles de años en tejerse

    La atarraya que da nombre a esta columna no es una pieza de museo, es una red que todavía cae al agua cada mañana en decenas de comunidades costeras. Defenderla no es nostalgia, es defender a quienes aún saben leer el mar y una identidad que tardó miles de años en tejerse.

    Existen muchas más artes de pesca, y cada una no solo hace el trabajo, también entiende el territorio, las corrientes y el “humor” del agua. Con solo asomarnos a ellas descubrimos que el mundo de la pesca es tan vasto como los océanos que lo sostienen. Siempre quedarán artes por nombrar, corrientes por leer y saberes por aprender, porque esa red que cae al agua cada mañana también nos recuerda cuánto del mar todavía no conocemos.

    La autora es Mariana Reyna, especialista senior en comunicación en Oceana, la mayor organización internacional dedicada exclusivamente a la conservación de los océanos.