Hace unos meses recibí una llamada de Carlos González Muñiz. Era una más entre tantas, pues nos hablamos con frecuencia. Era una diferente a tantas, porque el pretexto la hacía especial: había ganado el Premio Gran Angular. Nos pusimos contentos, platicamos al respecto y celebramos desde la distancia impuesta por esta pandemia. Es decir, no hubo abrazos pero sí júbilo.

    Hay varias razones por las que suelen interesarme algunos autores, más allá de un libro específico. La imaginación es una de ellas. Suena extraño dado que mis lecturas se acercan más al campo de la ficción que a los otros géneros. Uno pensaría, entonces, que lo imaginario es el punto de partida de este tipo de obras literarias. No siempre es así. Hay autores que se abocan a ejercicios que no les exigen demasiada imaginación (aunque no por ello son menos valiosos). La capacidad de crear nuevos mundos, con reglas específicas, y resolver la trama a partir de estas nuevas condiciones no es algo a lo que cualquier escritor tiene acceso. Me da la impresión, además, de que es una de esas características que no se pueden ejercitar. Se tiene una imaginación desbordada o no se tiene. Esto no suele bastar pero es un gran punto de partida.

    Otro aspecto que me interesa es la parte técnica del trabajo literario. También puede sonar extraño, pues uno esperaría que todo escritor contara con las herramientas que demanda su oficio. Pero la literatura es una labor muy peculiar en tanto todos somos capaces de escribir. Conocer a cabalidad los recursos narrativos con los que uno cuenta, saber abrirse paso en medio de esa aporía que implica la elección de una estrategia textual, tener la sensibilidad para saber hasta dónde se puede llevar cada herramienta sin forzarla y, además, ser capaz de mediarlo a través del lenguaje, es algo que no consiguen la mayoría de los escritores. La técnica es, a veces, el lugar en el que se refugian los escritores que no tienen mucha imaginación pero sí demasiados recursos o, por el contrario, lo que desdeñan quienes piensan que contar una historia consiste en juntar palabras.

    En La reina de Sara, Carlos consiguió crear un mundo muy peculiar. Uno en donde los territorios cambian de sitio un par de veces al año, reconfigurándolo todo. Resultaba evidente que los cartógrafos tendrían una presencia importante en esta diégesis. El autor lo llevó más allá al romper con la frontera acostumbrada para quienes consultamos mapas. En la novela, los mapas no sólo dan cuenta de lo geográfico sino del resto de las cosas. Así, no son sólo un ejercicio de exploración espacial sino también temporal y, por qué no, ontológica. Y eso es algo que sólo puede surgir de una mente imaginativa pero que, a su vez, tiene que encontrar el orden a partir de una serie de recursos narrativos que impidan que todo se desbalague.

    No quiero hablar de cada uno de los personajes ni hacer una síntesis del libro. Baste con decir que tiene algo de novela de aventuras, algo de fantasía, otro poco de iniciación, aspectos que bien pueden encajar dentro del concepto de “novela juvenil” que premia SM. Sin embargo, también cuenta con esas otras capas que vuelven a las buenas novelas juveniles aptas para lecturas más adultas: las del conflicto interno, la crisis de identidad, el sentido de la vida. Capas que se convierten en niveles de lectura y que sirven para mantener en tensión a muchas clases de lectores.

    Conocí a Carlos hace ya demasiados años. A lo largo de éstos, hemos podido encontrarnos muchas veces. Cada plática ha sido un privilegio. Como también lo ha sido escribir a cuatro manos algunas cosas. Entonces, es mi amigo. Es cierto, aunque esto no me quita objetividad.

    Desde hace varias novelas (suyas y mías) hemos cumplido con un ritual. Uno de nosotros termina de escribir algo y se lo manda al otro. El otro lo lee y, cuando lo ha hecho, nos reunimos para conversar. No se trata de llenarnos de elogios sino justo lo contrario. Platicamos (a veces durante horas) intentando encontrar las fallas en el texto porque, al señalarlas, le damos al otro la posibilidad de corregirlas. No diré ahora cuáles han sido nuestros mayores yerros ni mucho menos. Diré, en cambio, que cada vez estoy más convencido de que la voz de Carlos se asienta a la perfección en ese espacio definido a partir del concepto de la literatura fantástica. No porque no haya drama ni porque sea literatura menor. Al contrario, porque es el sitio perfecto para echar a andar todo lo imaginado a partir de herramientas que, ya no me cabe la menor duda, están muy bien afinadas. Y porque, también, es una muestra muy clara de cómo la fantasía puede llevarnos a sitios muy íntimos donde encontrarnos con nosotros mismos; algo que, sin duda, perseguimos los lectores.

    Celebro pues, el premio a mi amigo. Celebro, más aún, una gran novela. Celebro, arriesgándome, el que vaya a ser leída por tantos. En verdad, vale la pena hacerlo.

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