La sabiduría de lo rural

ENTRE COLUMNAS
04/05/2026 04:01
    No es que la gente “no quiera trabajar”, es que no concibe el trabajo como una carrera infinita de acumulación

    De vez en cuando visito a mi papá en Jumatán, un pueblo nayarita donde nació y ahora eligió como lugar de retiro. Su población no creo que sea mayor a doscientos habitantes, su economía se basa en la agricultura: cosechan en medianas cantidades mango y papaya que luego venden en Tepic. Pero más allá de sus indicadores económicos, lo que distingue a Jumatán es su ritmo: un tiempo lento, apacible, muy ajeno a la prisa que domina las ciudades. Quizá por eso me gusta tanto ir; ahí, uno se desconecta no solo del trabajo, sino de la ansiedad de estar siempre ocupado.

    En cada visita me llama la atención algo que, en una primera impresión, podría parecer desconcertante para un joven citadino: la gente trabaja pocas horas al día. Salen a trabajar la tierra unas cuantas horas y regresan a casa al medio día. El resto del tiempo lo pasan conversando con los vecinos en la plazuela, descansando en hamacas, jugando con sus hijos o nietos, o tomando cerveza bajo la sombra.

    Confieso que mi reacción inicial fue crítica, pensaba: ¿por qué no trabajan más?, ¿por qué no aprovechan mejor los recursos del campo?, ¿por qué no convertir ese potencial en más ingreso, más crecimiento, más “progreso”?

    Entonces recordé una vieja historia que se popularizó en el mundo anglosajón como “Mexican fisherman story” de autor desconocido, que aquí transcribo:

    Un empresario exitoso visita un pequeño pueblo costero y observa a un pescador descansando junto a su barca. Le pregunta por qué no está trabajando.

    El pescador responde que ya salió temprano, pescó lo suficiente para el día y ahora está disfrutando: comerá con su familia, dormirá una siesta y más tarde conversará con amigos.

    El empresario, sorprendido, le dice: Deberías pescar más horas. Así ganarías más dinero. Con ese dinero podrías comprar otra lancha, luego varias, montar una empresa, exportar pescado.

    El pescador escucha en silencio y pregunta: ¿Y luego?

    El empresario continúa: Después de años de trabajo duro, podrías vender tu empresa, hacerte rico y retirarte a un lugar tranquilo, donde podrías descansar, pasar tiempo con tu familia, tomar siestas y disfrutar la vida.

    El pescador sonríe y responde: ¿Y qué crees que estoy haciendo ahora?

    Pues en Jumatán -como en muchos otros pueblos- parece repetirse esa misma sabiduría. No es que la gente “no quiera trabajar”, es que no concibe el trabajo como una carrera infinita de acumulación.

    Desde fuera, esa vida puede parecer improductiva, incluso irresponsable bajo los parámetros de la economía moderna. Sin embargo, es profundamente eficiente, se trabaja para vivir, no se vive para trabajar.

    Hay también, en esa aparente calma, una forma de resistencia. En un mundo que premia la prisa, la acumulación y la hiperactividad, detenerse es casi un acto subversivo. Negarse a entrar en la lógica capitalista de “siempre querer más”, no es pereza, sino una elección consciente de otro modo de vivir el tiempo.

    Tal vez la incomodidad que sentimos al observarlos no proviene de su aparente “falta de ambición”, sino porque han respondido con mayor sabiduría, a la pregunta que nosotros seguimos postergando entre jornadas largas: ¿debemos trabajar más para vivir mejor... o vivir mejor con menos trabajo?

    Es cuanto...