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"Desde la Calle"

"La solitaria búsqueda de los tesoros en Sinaloa"

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DESDE LA CALLE
29/06/2018 21:27

    En el tronco de un árbol, a unos dos metros del sitio en el que una semana atrás habían encontrado las rastreadoras de Mazatlán dos cadáveres, había una inscripción grabada con un plumón que decía “Aquí estuvimos ejerciendo el poder, en defensa del pueblo, por mandato constitucional”. En mayúsculas, pero con buena ortografía y comas, la leyenda parecía dar cuenta de hechos pasados, o sólo era una broma de mal gusto. Tenía además grabado algunas iniciales y una fecha en el 2015.
     
    Una de las mujeres me llevó a ver la inscripción, la fosa desde donde extrajeron uno de los “tesoros”, y algunas evidencias que no saben por qué (o más bien sí saben) los investigadores no recogieron cuando se llevaron los cuerpos: ropa roída, una mochila deportiva, una cuerda, y unas sandalias. Las rastreadoras calcularon que los chicos asesinados tendrían unos tres años ahí, lo dijeron por la experiencia, o quizás sólo lo creyeron por la fecha en el árbol. De cualquier manera, habría que esperar a las pruebas periciales.
     
    Esa mañana nos reunimos en las instalaciones de una de las oficialías de partes con el grupo de rastreadoras del sur del estado “Una luz de esperanza” y el grupo del norte, “Rastreadoras de El Fuerte”. Ambos colectivos unirían esfuerzos para salir a la búsqueda de tesoros a un predio en las faldas de un cerro en una de las zonas más valorizadas en el puerto. 
     
    Salimos temprano, escoltados por dos patrullas de policías de investigación, y al pasar por las calles mazatlecas algunos curiosos se asomaban por las ventanas para preguntarse qué pasaba, a quién seguían. Pronto, al llegar al sitio, bajaron palas y picos, caminamos hacia el cerro, nos internamos en el bosque, y comenzaron a detectar los puntos donde posiblemente había fosas. “Aquí dijo el informante que estaría mi hijo, en una fosa en la falda, con otros más”, señaló uno de los hombres. 
     
    En el cerro parecía haber muchos indicios; ropa rasgada, una pala oxidada y sin mango, y pronto las mujeres encontraron lugares donde las varillas se hundían y había signos de que la tierra había sido removida. Con ansias y energía comenzaron a cavar. Arrojaban la tierra como si con cada movimiento desquitaran un gran dolor. Entre más tierra se extraía de una fosa más crecía la angustia y las ansias por encontrar algo, y porque el esfuerzo diera resultados. Con una temperatura de 38 grados, arañazos en los brazos por esquivar las ramas en el bosque tropical, y la misma pregunta en el aire “dónde están”, una de las mujeres interrumpió el silencio para exclamar “este es un verdadero panteón”. Pronto se comenzó a pasar la voz entre los presentes de que había muchas señales; la búsqueda daría resultados. 
     
    Los policías, salvo dos de ellos, se habían quedado afuera. Los que estaban en el bosque, acompañando a la búsqueda, se alejaban por momentos del grupo y hablaban por radio. Pronto se acercaron otros dos para pedirnos que dejáramos el área. “Tenemos instrucciones de que salgan de aquí en este momento”, nos dijeron. Aunque las líderes mostraron oficios, permisos para la búsqueda, e hicieron llamadas, los oficiales insistían en que sólo cumplían órdenes. Les pregunté si era un predio público, pero alguien insistió en que era privado, y otra voz aseguraba que era de un político. Otros dijeron que no sabían.
     
    Nos retiramos, con mucho pesar después de media hora de discusión, y sólo habíamos estado una hora cavando. Al paso entre los árboles, quienes estábamos más internados en el bosque, creíamos ver rastros para la búsqueda, pero ya no nos permitían seguirlos. Nos fuimos pensando que dejábamos un gran pendiente, que abandonábamos a los chicos y/o chicas que ahí estaban esperando ser descubiertos. Y antes de subir al coche me despedí del hombre que nos había guiado a ese lugar, y él seguía volteando al cerro, donde le dijeron que estaría su tesoro... no quería irse.
     
    Pequeña nota: Los grupos que buscan a sus familiares desaparecidos en Mazatlán, “Una luz de esperanza” y “Tesoros perdidos, hasta encontrarlos” requieren mayor apoyo institucional, acompañamiento de observadores ciudadanos y activistas, pero también de la ciudadanía en general. Todos podemos aportar donando palas, picos, cubrebocas, guantes, botiquín de emergencia, vales para gasolina, entre otros. Este valiente esfuerzo ciudadano necesita de nosotros. Apreciado lector, si tiene el interés de donar le solicito que se comunique a la redacción de Periódico Noroeste.