Somos muchas las generaciones que aprendimos que graduarse de la universidad significaba una cosa muy concreta: estar preparados para comenzar la vida profesional. El título marcaba el cierre de una etapa y el inicio de otra. La educación quedaba atrás y el trabajo ocupaba el resto de la vida.
Ese modelo tuvo sentido durante mucho tiempo y sigue prevaleciendo. Fue diseñado para un mundo diferente, en el que las personas vivían menos, las profesiones cambiaban lentamente y el retiro representaba el final de la vida productiva. La universidad cumplía una función precisa: preparar a la juventud para incorporarse al mercado laboral.
Hoy vivimos otra realidad. Una persona que termina una licenciatura a los 22 años puede tener por delante 70 años de vida. Es probable que cambie varias veces de profesión, que la inteligencia artificial transforme buena parte de las herramientas con las que trabaja, que emprenda después de los 50, que vuelva a estudiar a los 60 y que siga contribuyendo mucho después de la edad tradicional de retiro.
Con un cambio de esta magnitud, es inevitable preguntarse si la educación en general, y la universidad en particular, puede seguir cumpliendo exactamente la misma función para la que fue concebida.
¿entonces?
La revolución de la longevidad suele discutirse desde el punto de vista de las pensiones, los sistemas de salud o los cuidados de largo plazo. Es lógico, se trata de las consecuencias más visibles del cambio demográfico. Sin embargo, hay otra institución que también está siendo interpelada por esta nueva realidad y de la que hablamos muy poco: la universidad.
Existe una red llamada la Age-Friendly University Global Network. ¿Qué es? Se trata de una red internacional surgida en la Dublin City University que reúne a más de 140 universidades de todo el mundo. Lo que la hace particularmente interesante es que parte de la premisa de que vivimos en una sociedad donde las personas vivirán 90 o 100 años y en la que es necesario replantearse el sentido y significado del aprendizaje.
Los principios de esta red no hablan de abrir algunos cursos para personas mayores. Hablan de aprendizaje permanente, de investigación sobre envejecimiento, de aprendizaje intergeneracional y de incorporar a las personas mayores a la vida universitaria no solo como estudiantes, sino también como investigadoras, mentoras, docentes y generadoras de conocimiento.
Ese cambio de mirada me parece lo central de su propuesta.
Mucho tiempo se concibió la educación como un proceso que ocurría antes de la experiencia. Primero estudiábamos; después vivíamos. La experiencia llegaba cuando la universidad había terminado.
también es conocimiento
La longevidad rompe esa lógica. Hoy una médica con 40 años de práctica clínica, una ingeniera que ha dirigido proyectos complejos, una diplomática que ha negociado durante décadas o una empresaria que ha construido organizaciones llegan a un salón de clases con un conocimiento que ningún programa académico puede ofrecer por sí solo. No sustituyen el conocimiento científico ni la investigación. La enriquecen. Obligan a formular mejores preguntas, a contrastar la teoría con la práctica y a producir conocimiento desde el diálogo entre generaciones y las experiencias.
Esa es una de las transformaciones más interesantes de este siglo.
Hemos asumido que las universidades producen conocimiento mediante la investigación y lo transmiten mediante la enseñanza. Las sociedades longevas añaden una tercera dimensión: la experiencia acumulada también puede convertirse en conocimiento cuando encuentra espacios para dialogar con la ciencia, con la investigación y con las nuevas generaciones.
Al mismo tiempo, la inteligencia artificial está acelerando la velocidad con la que cambian los conocimientos técnicos. Eso no significa que el conocimiento haya perdido valor. Significa exactamente lo contrario. Nunca había sido tan importante aprender a actualizarlo, cuestionarlo, relacionarlo con nuevos contextos y seguir construyéndolo a lo largo de toda la vida.
La universidad seguirá enseñando conocimiento. Esa nunca dejará de ser su misión. Lo que cambia es la idea de que ese conocimiento pueda adquirirse una sola vez y acompañarnos intacto durante los siguientes 50 años. Esto cambia hasta el significado de las graduaciones. Ya no simbolizan la etapa final del aprendizaje, puede convertirse en el comienzo de una relación permanente con el aprendizaje.
La universidad del futuro seguirá formando profesionistas. Pero también tendrá que formar personas capaces de aprender, desaprender y volver a aprender tantas veces como sea necesario. Tendrá que acompañarlas cuando cambien de profesión, cuando emprendan una segunda carrera, cuando la tecnología transforme su trabajo o cuando, simplemente, descubran que todavía tienen 30 años por delante y un enorme deseo de seguir entendiendo el mundo y aportando en él.
La nueva longevidad también está reinventando el sentido de la educación.
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La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo