La vergüenza ¡Esa extraña!

    ‘Se amparan en la sombra de la costumbre que heredaron del PRI o, más recientemente, del PAN. De la desvergüenza. Y de la máxima fidelista de que al final ‘la historia los absolverá...’

    Hace unos días releyendo La conciencia de las palabras (FCE) del nobel Elías Canetti me encontré con una idea recogida por el austriaco de su lectura de Confucio, quien reflexionaba sobre la juventud. Y decía que a los jóvenes había que expresarle respeto, pero ese joven llegado a los 40 años, o sea habiendo ya dejado atrás los años mozos, había que conservarlo habiéndose distinguido por algo que demostrara que no era del montón, de los que pasan por la vida, sin pena ni gloria.

    O sea, en la vida hay que ser útil, tener vergüenza, por una buena razón. Aunque la vergüenza en política es una palabra que suena a ingenuidad. A pecado judeocristiano. Viene a cuento esta referencia a propósito de la unanimidad de los siete diputados sinaloenses que votaron a favor de la violación de la Constitución y lo que conlleva que es la ampliación de dos años el periodo de Arturo Zaldívar, el magistrado presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y ahora, los ministros están viendo la constitucionalidad del artículo transitorio.

    Y es que de por sí la unanimidad siempre será sospechosa. En este caso es ignominiosa, ya uno esperaría la diferencia, no la uniformidad. Menos cuando Ignacio Mier, el líder de la fracción parlamentaria de Morena en la Cámara de Diputados, salió al paso de la disertación crepuscular de Porfirio Muñoz Ledo, quien despojado de banderas y mirando el bien público, había llamado a sus correligionarios “manada, cardumen” y Mier buscando el contraste solo atinó a decir para los anales de la historia y, sin rubor alguno: “La legalidad es un valor de los conservadores. Los revolucionarios no tienen por qué perder el tiempo buscando el acoplamiento de sus propósitos a los dictados de la Constitución”.

    Ni Lenin lo hubiera dicho mejor. Porque es la negación de la legalidad. Y bajo esa máxima se impuso la mayoría, la aplanadora, sin dejar espacios para una sola grieta en su grupo. Y nuestros siete diputados votaron a favor viéndose pequeños. Insignificantes sin voluntad propia.

    Indignos del cargo que detentan gracias, no a sus méritos, sino al tsunami obradorista de 2018. Su voto queda para la historia de la infamia parlamentaria. Su falta de independencia y el sentido de cuerpo, la disciplina férrea, ante el argumento sustantivo. Contundente del decano de la Cámara de Diputados.

    No tuvieron sentido de la historia y de la vergüenza, que fueron y serán seguramente comparsa por lo que resta esta legislatura. Meras fichas de un tablero. Un número, un botón, una mano alzada. Actuando en consecuencia, iluminados sea por el líder o por sus propios intereses, el culto de sí mismo. Su necesidad de aparecer. De mantenerse a flote en una lealtad sin límite. A muchos seguramente les causó pena ver a estos hombres y mujeres sin juicio propio. Sin lealtad a sus electores. Que en ningún momento buscaron darles la cara y explicar el sentido de su voto.

    Y ahora menos, pues podría tener un efecto negativo en el sistema de preferencias que, con todo, sigue favoreciendo a su partido. Aunque como nos lo recuerda Gabriel Zaid, en un artículo publicado recientemente en el diario El Universal, ya no es lo que fue, sino lo que es hoy, que se sintetiza en un declive en la aprobación del Presidente López Obrador y con él va este séquito de incondicionales.

    Pero, volviendo al sentimiento de vergüenza que llamaría a sentirse cuando hizo algo indebido, algo impropio cuando se juró cumplir y hacer cumplir la Constitución. Guardando las proporciones, estos legisladores si tuvieran algo de vergüenza estarían en una crisis similar a la del Diputado Saúl Huerta, quien por un apetito carnal perdió todo: estatus, ingresos, aspiración, futuro y hoy lloriquea con un toque de vergüenza en un rincón de su casa ante la sombra que cierne sobre su libertad. Seguro este individuo votó a favor esa madrugada esperando quizá la absolución de su grupo parlamentario, pero está visto que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

    Se amparan en la sombra de la costumbre que heredaron del PRI o, más recientemente, del PAN. De la desvergüenza. Y de la máxima fidelista de que al final “la historia los absolverá”. Pero lo real es que estos personajes efímeros, coyunturales, no son Fidel, ni su causa es mayor, simple y llano un dedo sin otra voluntad que la lealtad y la incondicionalidad.

    Simples instrumentos del poder. A los que ni las gracias les darán. Por eso, cuando uno pregunta alguno de ellos, el sentido de su voto, si fue en contra de la Constitución o a favor de AMLO, prefieren la ambigüedad como respuesta, “voté conforme a mi conciencia”, me dijo uno de ellos notoriamente avergonzado. Como si la acción de un representante popular fuera un acto privado, íntimo. Y no la expresión de una representación. De quienes les dieron la confianza para votar en su nombre. Prefieren hablar de otra cosa quizá de futbol o del último chasquido de La Gilbertona. O quizá del INE o el tribunal con los casos de Guerrero y Michoacán.

    Y es que la política, ese arte de saber tragar sapos, sin hacer gestos, es la dialéctica de perder la dignidad y en algunos casos, en la última etapa de sus vidas, demostrar aquello que decía Manuel Vázquez Montalbán, que nunca fueron dueños de su propia cara. Se los comió su debilidad política. Su incapacidad para saber decir no. No ser parte de esa manada, ni de ese cardumen, ni nada que se le parezca. Por eso Porfirio, que tanto admiran, estaba solo, en toda su grandeza, rodeado de enanos sin brillo, sin luz propia, sin otro futuro que no fuera la rendición ante el otro, por más que le quieran llenar de retórica, estarán por siempre desnudos. Al fin y al cabo, cuando no hay sentido de vergüenza, qué más da. Y a propósito ¿sabe usted quién es su diputado federal?

    Al tiempo.