Hoy es día de San Pedro y San Pablo, conceptualizados como las dos columnas de la Iglesia católica. El primero se dedicó a evangelizar a los judíos, mientras que el segundo a los no judíos o gentiles. Ambos cometieron errores (Pedro negó conocer a Jesús y Pablo perseguía a los cristianos), pero su posterior conversión, liderazgo, arrojo y valentía fueron proverbiales.
A Pedro, Jesús le concedió ser la cabeza de su naciente comunidad: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos” (Mt 16,18-19).
A partir de entonces, todos los papas, como sucesores de Pedro, portan en su escudo unas llaves cruzadas como signo de la autoridad que les fue concedida. Incluso, la reunión cardenalicia mediante la cual se elige a un nuevo Papa recibe el nombre de cónclave (que significa una habitación que se cierra con llave, “cum clavis”), porque el camarlengo que convoca al cónclave los encierra para que no tengan influencia externa en su decisión.
Está claro que Jesús conocía perfectamente la capacidad de aquel a quien le concedió las llaves; de lo contrario, no hubiera procedido así. Pongamos un ejemplo para entendernos: no a cualquier persona le entregamos nosotros la llave de nuestra casa; debe ser alguien de nuestra completa confianza y a quien consideremos responsable de lo que hace. “Para dominar las mejores cerraduras hay que seguir un camino de virtud”, escribió Juan Villoro ayer en su artículo del periódico Reforma.
Siguiendo con el símil, no a cualquier persona le concedemos la llave de nuestro corazón, pues se trata de nuestro tesoro más preciado.
¿Sé a quién me he confiado?
-
rfonseca@noroeste.com
rodifo54@hotmail.com