Las masculinidades en crisis

Alejandro De la Garza
    El feminismo ha sido estudiado y teorizado desde hace más de un siglo y su periodización en tres o cuatro olas -con todo y su reduccionismo-, ha extendido su difusión masiva, su influencia en los estudios académicos y de género, y su presencia global, aunque su cabal comprensión no haya alcanzado a la sociedad en general.

    El sino de escorpión atestigua con dolor y frustración los numerosos crímenes contra las mujeres en nuestro país y la impunidad garantizada a sus autores por el pacto patriarcal. La enumeración de estos horrores indigna: feminicidios, desaparición y trata de mujeres y niñas, terrorismo doméstico, violencia económica, psicológica y emocional; acoso, abuso sexual, discriminación y hostigamiento en el trabajo, la confabulación para desprestigiar y calumniar a una mujer (gaslighting) y muchos más.

    El alacrán trata de compensar esa amargura con la esperanza alimentada por el emergente movimiento feminista de los últimos años: del MeToo de escritores, artistas y periodistas a la oleada de feminismos diversos, grupos y organizaciones de mujeres en multitudinarias marchas por las calles de las ciudades coreando consignas potentes: “¡Se va a caer, se va a caer, el patriarcado se va a caer!”, o el canto del justiciero performance: “¡Es feminicidio / impunidad para mi asesino! / ¡Es la desaparición / es la violación! / ¡Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía! / ¡El violador eras tú / el violador eres tú! / ¡El Estado opresor es un macho violador!”.

    El feminismo ha sido estudiado y teorizado desde hace más de un siglo y su periodización en tres o cuatro olas -con todo y su reduccionismo-, ha extendido su difusión masiva, su influencia en los estudios académicos y de género, y su presencia global, aunque su cabal comprensión no haya alcanzado a la sociedad en general. ¿Y qué ha sucedido con la teorización y el análisis de la masculinidad en estos años?

    Ante la exigente presión de la conciencia y el activismo feminista en América Latina, la revisión de la masculinidad apenas alcanzó, en los años setenta del siglo viejo, una incipiente crítica al normalizado machismo: la masculinidad normativa tradicional se vio entonces arrinconada en la cantina “exigiendo su tequila y exigiendo su canción”. Con la Convención de Naciones Unidas sobre la eliminación de toda forma de discriminación contra la mujer (1979), se avanzó hacia un conocimiento elemental de los comportamientos machistas con la intención de erradicarlos, aunque se entendieran apenas como una conducta individual desconectada de sus componentes económicos y políticos, y no como un constructo social y cultural de dominación patriarcal.

    En los ochenta creció la riqueza teórica del análisis de la masculinidad desde una perspectiva de género. Surgieron así la crítica al vínculo entre masculinidad y poder, y luego el análisis de los efectos de la globalización y la creciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, lo cual minaba la concepción del hombre proveedor y la mujer ama de casa. La presencia de la mujer en el ámbito masculino del trabajo cuestionó los privilegios de los hombres en los espacios público y privado (Teresa Valdés, en Nuevas masculinidades latinoamericanas, Universidad Católica del Perú, 2018).

    Durante la primera década del nuevo siglo, los estudios teóricos y académicos pasaron de la crítica al machismo y el cuestionamiento del privilegio masculino en todos los ámbitos (el hogar, la educación, el trabajo, la sexualidad, la economía) a una clara deconstrucción de la masculinidad como un determinismo biológico, social, cultural y político inamovible. Esta honda crisis de la masculinidad llevó a la pluralización del término: de masculinidad a masculinidades (todas ellas también en crisis), pero con la admisión al menos de una diversificación en las formas de ser hombre.

    El amplio movimiento conformado por feminismos diferenciados -con distintos grados de radicalidad y variadas demandas- ha pasado de forma homogénea, no obstante sus diferencias, de la crítica de la masculinidad a una crítica estructural del patriarcado y del “mandato de la masculinidad”, esa suerte de pacto consciente o inconsciente de los hombres para protegerse a sí mismos de la subversiva revuelta de las mujeres, desde todas las instancias de dominación y poder a su alcance (Rita Segato dixit).

    De la prolongada y algo sorda crítica y autocrítica del machismo y la masculinidad surgieron pues las llamadas nuevas masculinidades, alternativas al modelo hegemónico heteropatriarcal y basadas en el respeto y la plena la igualdad de género. De ellas hablará pronto el alacrán, mientras tanto, trae a la mesa una cita de Érick Pescador dedicada a los “Señoros del Covadonga y el Nuevo León”: “la violencia más difícil de ver es la que aparece en los momentos más sutiles, por ejemplo, en una conversación, donde el espacio verbal lo ocupan fundamentalmente los hombres”.

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