“Los hombres son mejores haciendo dinero y las mujeres administrándolo” es uno de los mitos que aún persiste en el imaginario colectivo. Y si bien algunos datos podrían parecer confirmar parcialmente esa idea, es fundamental desglosar qué hay detrás de ella.
Las mujeres son buenas administrando el dinero. Durante décadas, programas sociales en México como Progresa, Oportunidades y posteriormente Prospera -basados en transferencias monetarias condicionadas- otorgaban la titularidad de los apoyos económicos mayoritariamente a las mujeres del hogar, reconociéndolas como responsables principales del bienestar familiar (1).
La razón no era simbólica. El diseño del programa buscaba asegurar que los recursos efectivamente se destinaran a asistencia escolar y citas médicas. Empíricamente, cuando las mujeres tienen mayor control sobre el ingreso del hogar, aumenta la probabilidad de que el gasto se asigne a salud, alimentación y educación (2), generando impactos intergeneracionales más consistentes en la reducción de la pobreza.
Es decir, incluso el propio Estado partía del supuesto -respaldado por evidencia- de que las mujeres administran mejor los recursos del hogar.
Y si las mujeres son buenas administrando el dinero, ¿por qué su participación en instrumentos de inversión sigue siendo baja? Porque el problema no es la capacidad financiera, sino la estructura económica. La brecha financiera no comienza en el momento de invertir. Empieza mucho antes, en las decisiones educativas, en la estructura del mercado laboral y en general en una trayectoria económica desigual.
En muchos hogares, a los hombres se les socializa en torno a “generar ingresos”, mientras que a las mujeres se les educa para “administrarlos”. Esta diferencia en expectativas influye en aspiraciones profesionales, tolerancia al riesgo y elección de carrera (3).
La menor presencia femenina en áreas STEM -ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas- frente a su mayor concentración en educación, salud y ciencias sociales no responde únicamente a preferencias individuales, sino también a patrones culturales que se reproducen desde edades tempranas. Estos campos son fundamentales para el desarrollo, pero en promedio presentan menores retornos salariales, lo que impacta el ingreso acumulado a lo largo de la vida.
Posteriormente, al incorporarse al mercado laboral, las mujeres enfrentan trayectorias más interrumpidas. La economista Claudia Goldin, Premio Nobel 2023, documenta lo que denomina el “parenthood effect”: la brecha salarial se amplifica de manera significativa tras el nacimiento del primer hijo (4). No se trata de un ajuste marginal, sino de un choque estructural. Justo en la etapa de mayor crecimiento profesional -cuando comienzan las promociones y el aumento de responsabilidades- muchas mujeres salen parcial o totalmente del mercado laboral, reducen horas o aceptan posiciones más flexibles, pero menos remuneradas.
En México, esta realidad se combina con una elevada carga de trabajo no remunerado. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres dedican entre 6 y 30 horas semanales más que los hombres a tareas domésticas y de cuidado no remunerado (5). Esta carga invisible limita su permanencia en empleos formales y de mayor proyección.
El resultado es mayor informalidad y menor densidad de cotización. Sin acceso pleno a seguridad social ni a mecanismos formales de ahorro, la acumulación patrimonial se ve comprometida desde etapas tempranas.
Finalmente, esta trayectoria desemboca en una brecha salarial persistente. Dependiendo de la fuente y del tipo de mercado considerado, la diferencia salarial en México oscila entre 10 y 22 por ciento (datos del IMSS para el mercado formal y de la ENOE para el mercado formal e informal). Y lejos de corregirse con el tiempo, tiende a ampliarse.
Esta trayectoria laboral desigual se traduce directamente en una brecha financiera.
De acuerdo con la ENIF 2024, el 63.5 por ciento de las mujeres reporta algún tipo de ahorro, frente a 65 por ciento de los hombres. Sin embargo, cuando se trata de inversión en instrumentos financieros formales, apenas 2 por ciento de las mujeres participa, frente a 4 por ciento de los hombres.
La menor presencia femenina en mercados financieros no es una cuestión biológica asociada al riesgo. Es una consecuencia de menor ingreso acumulado, menor formalidad y menor acceso a activos.
El Banco Mundial ha señalado que la brecha de género en inclusión financiera tiene raíces estructurales: normas sociales, desigualdad en oportunidades y menor propiedad de activos. En México, apenas 28 por ciento de las mujeres son propietarias de vivienda, 16 por ciento de automóvil y 6 por ciento de un terreno. Esta baja propiedad limita su capacidad de ofrecer garantías y aumenta la probabilidad de enfrentar rechazos o condiciones menos favorables de financiamiento.
Cuando menos mujeres invierten, no estamos observando una preferencia individual aislada. Estamos viendo el resultado de una trayectoria económica que limita la acumulación de capital desde etapas tempranas.
Si el problema es estructural, las soluciones también deben serlo.
Primero, es fundamental reducir las barreras de entrada al sistema financiero. La digitalización y la banca móvil permiten abrir cuentas, invertir y ahorrar desde montos bajos, eliminando costos de transacción y barreras geográficas. Las plataformas de microinversión han demostrado que no se necesita un gran capital inicial para comenzar a construir patrimonio.
Segundo, es necesario democratizar la información financiera. Persisten mitos como que invertir requiere grandes montos o conocimientos especializados. La educación financiera -incorporada desde etapas escolares y reforzada mediante herramientas digitales claras y comparables- puede cerrar esa brecha de conocimiento.
Tercero, los productos financieros deben adaptarse a trayectorias laborales interrumpidas. Aportaciones flexibles, esquemas automatizados de ahorro e instrumentos accesibles desde el celular pueden facilitar la continuidad en la acumulación patrimonial.
La inclusión financiera no empieza en los grandes mercados. Empieza reduciendo fricciones para que más personas, y particularmente más mujeres, puedan participar.
Cerrar la brecha financiera femenina no es solo una cuestión de equidad. Es ampliar la base de ahorro e inversión del país. Las mujeres no necesitan aprender a administrar dinero. Lo que necesitan es un entorno económico que les permita invertirlo y convertirlo en patrimonio.
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La autora es Montserrat Aldave (@monorriel_), economista por el ITAM con maestría en Economía Aplicada. Ha trabajado en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y en Finamex Casa de Bolsa, donde ha desarrollado análisis para inversionistas institucionales. Actualmente forma parte del área de ventas institucionales en mercados de crédito en Finamex y es experta en México, ¿cómo vamos?
1. https://www.gob.mx/bienestar/es/articulos/conoce-todo-sobre-prospera
2. ENIGH 2024.
3. Informe de Movilidad Social 2025, CEEY.
4. Bertrand, M.; Goldin, C.; Katz, L. Dynamics of the Gender Gap for Young Professionals in the Financial and Corporate Sectors. American Economic Journal: Applied Economics 2010, 2 (3), 228-255.
5. https://www.ilo.org/es/resource/news/avanzando-hacia-la-igualdad-el-rol-del-cuidado-en-el-mercado-laboral-de