La experiencia lectora es personal e inenarrable, pero transforma completamente la vida de quien se sumerge en las sabias hojas de los libros. El diálogo que se establece con aquellas páginas se convierte en una prodigiosa aventura, un fascinante viaje a tierras exóticas, un refrescante chapuzón a la intimidad, una renovada conversación que encanta y nutre el insondable paisaje del alma.
Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, en su libro La vida nueva (obra homónima de la de Dante Alighieri), narró su íntimo encuentro con la lectura:
“Un día leí un libro y toda mi vida cambió... Pasando lentamente las páginas penetró en mi alma un mundo cuya existencia hasta entonces había ignorado, en el que nunca había pensado, que nunca había sentido, y allí se quedó... Si mientras leía me hubieran preguntado qué era aquello, no habría podido responder porque sabía que leyendo avanzaba lentamente por un camino sin retorno... De repente comprendí que mi vida se había enriquecido hasta un punto que nunca antes habría podido pensar”.
Con estas palabras de Pamuk, queda suficientemente subrayada la importancia de la lectura. Pero, si todavía nos preguntáramos ¿por qué y para qué leer?, hay una frase de autor anónimo que viene en nuestro auxilio: “Si abres los libros, realmente lo que estás abriendo son tus alas”.
Efectivamente, durante el acto de la lectura se abre, también, un rico y cálido espacio de conversación, como escribió André Maurois, en su novela La máquina de leer los pensamientos: “La lectura de un buen libro es un diálogo incesante, en que el libro habla, y el alma contesta”.
Finalmente, recordemos el consejo de Gustave Flaubert: “No leas para divertirte, como hacen los niños, ni para instruirte, como hacen los ambiciosos. Lee para vivir”.
¿Leo para vivir plenamente?