Los 9 de septiembre nos hostigarán
Por un Sinaloa petrificado por miedo

OBSERVATORIO
09/09/2026 04:02
    El segundo miércoles de septiembre refrenda la indefensión padecida durante las 104 semanas en que hemos implorado por la tranquilidad y civilidad, exigiéndoles a las fuerzas armadas, corporaciones policiacas y gobernantes federales y estatales y, también llevados por la desesperación implorándoles a los capos y sus sicarios, que interrumpan la guerra para que al menos reine la paz fugaz que permita acopiar lágrimas para llorar las crueldades que se avecinan.

    Hoy llegamos a la fecha que nunca quisimos llegar. A los 730 días aciagos que el calendario de la malaventura jamás debió registrar. A la inimaginable atrocidad de los 5 homicidios dolosos y 6 desapariciones forzadas diarios, en promedio. A las noches en que el sueño huyó despavorido por temor a que nos encontrara dormidos la pesadilla habitual del crimen imperando por encima del Gobierno y saltando las barricadas de los pacíficos. Ahora todos los intervalos son negros después de creer que sólo en jueves sucedían las atrocidades.

    El segundo miércoles de septiembre refrenda la indefensión padecida durante las 104 semanas en que hemos implorado por la tranquilidad y civilidad, exigiéndoles a las fuerzas armadas, corporaciones policiacas y gobernantes federales y estatales y, también llevados por la desesperación implorándoles a los capos y sus sicarios, que interrumpan la guerra para que al menos reine la paz fugaz que permita acopiar lágrimas para llorar las crueldades que se avecinan.

    En cada ciudadano se alza un memorial por las víctimas inocentes que tenían derecho a seguir junto a nosotros, por los niños cuya sonrisa fue apagada y llenó de penumbra los hogares, por las mujeres que dejan huérfanos y deudos llenos de interrogantes convertidas en cenotafios, por los desaparecidos cuya silla permanece en las mesas de las familias que los esperan con esperanzas sin límites. Por los desplazados que añoran los lugares donde fueron felices antes de que las armas les echaran a perder sus destinos.

    Por los jóvenes que forjaban una carrera aun sabiendo que el aula es permeable a la barbarie. Por los padres que obligan a sus hijos a someterse a toques de queda que reducen el margen del riesgo entre vida y muerte. Por aquellos que con sacrificios construyeron un patrimonio y vino la narcoguerra y los rompió con saña e impunidad. Por las viviendas convertidas en piras haciendo cenizas la invención de los nidos seguros.

    Por las voces valientes silenciadas al sentir el cañón de las armas en la frente. Por los espacios públicos en los que la convivencia en concordia trasmutó a la cohabitación de todos los peligros posibles. Por la sociedad estremecida por los drones con explosivos que nuca se sabe sobre quién sobrevuelan. Por los turistas que vinieron creyendo llegar al paraíso y los devoró el infierno sinaloense. Por las cortinas de los negocios que son bajadas para contener los múltiples fuegos que incineran emprendimientos y proyectos de vida legítimos.

    Por los cuerpos desmembrados que se anudan en las gargantas, por las voces que se callan para no importunar a los facinerosos, por los rezos que le encargan las paces a lo providencial, por los llantos de los huérfanos sin marcha atrás en sus adversidades, por las tribunas y sus trending topic en aras de los muertos, por el bocado de nota roja que es ambrosía para los modernos dráculas, por los infortunios colectivos que paralizan la capacidad de protesta, por los asombros que cada amanecer son rebasados por el fragor de las hostilidades. Por los empedernidos cronistas del infortunio que desahucian a las tenacidades antiviolencia.

    Por las campanas que doblan por todos, por los cortejos fúnebres que observamos desde el balcón y nos advierten de la proximidad del trueno, por los triduos de misas en los que no alcanzan los templos para ofrecerlos a los inmolados, por los lutos que ennegrecen el horizonte, por los epitafios de antemano escritos iguales para cualesquiera, por el rugir de las ametralladoras que rezan el colapso.

    Por los que ven desfilar los convoyes militares y detrás de éstos las caravanas y arsenales del narcotráfico. Por los que administran con mentiras la confianza en las instituciones y gobernantes mientras la autenticidad violenta arrolla sin ambages a la gobernabilidad. Por los policías y militares caídos en el cumplimiento del deber porque nadie les dijo de la inferioridad frente al enemigo. Por los funcionaros que muestran estadísticas en las que vamos bien, sin embargo, los indicadores de los hechos apuntan hacia la pesadumbre.

    Por los que justifican desde el crimen la interminable limpia de enemigos como única ruta hacia la apacibilidad, por los que matan a veces sin saber a quién, por los que disputan cada centímetro cuadrado del territorio de los once ríos, por los que blanden sus exterminios como afiches de guerra, por los que arruinan porvenires precoces acopiándolos en los ejércitos del crimen, por los que blindan sus conciencias de todo asomo de remordimiento.

    Por eso y más estamos aquí, en el punto cero donde el salvajismo no acaba porque cada alba nos avisa de nuevos ensañamientos.

    Reverso

    Por los niños que nos matan,

    Por las mujeres caídas,

    Por las masacres habidas,

    Por los miedos que nos atan.

    El dolor nos une

    Que este día pausen los discursos, pésames, estadísticas y cálculos con los que los políticos en el gobierno pretenden curar las heridas sangrantes de Sinaloa, tregua forzosa para cederle el lugar al acto de fe en el cual cada sinaloense, desde el contexto en que se halle y el lugar que le corresponde en la condición humana que insignifica lo vano y descuella las dignidades, se comprometa a aportar el indispensable esfuerzo para la paz como único bálsamo que hará posible sanar las mil y una lastimaduras. Y así alargarle el plazo a la anhelada contingencia donde nadie, nunca más, venga a rascar sobre nuestras históricas llagas.