Los Juegos Olímpicos: entre la feria, la fiesta y el fiasco mundial

EL OCTAVO DÍA
04/08/2024 04:02
    Bajo una Torre Eiffel que creía haberlo visto todo, la Francia del alicaído Presidente Macron acaba de utilizar a París como su pabellón mundial, a manera de esos pasados ensayos de la globalización llamados Feria Mundial, ya caídos en desuso.

    Bajo una Torre Eiffel que creía haberlo visto todo, la Francia del alicaído Presidente Macron acaba de utilizar a París como su pabellón mundial, a manera de esos pasados ensayos de la globalización llamados Feria Mundial, ya caídos en desuso.

    París inauguró esta pitagórica antena de acero como una atracción temporal en una de las llamadas ferias mundiales, una antigua expo Canaco del poder geoestratégico, en la que todas las naciones ansiosas de hacerse notar tenían su propio pabellón y su momento.

    Estas reuniones mantenían un eco parecido al de los Mundiales de Futbol y los a veces polémicos Juegos Olímpicos.

    Antes, los JJOO eran un fenómeno mucho más cultural y ecuménico, pionero de la globalización y con miras a la paz y el entendimiento... aunque en la antigua Grecia, eran más bien un motor para desarrollar en la juventud la capacidad guerrera.

    Los profetas del Antiguo Testamento echaban chispas contra esas costumbres extranjeras que apartaban a la juventud del templo, sobre todo cuando la tierra prometida fue conquistada por Alejandro y todos esos pueblos de Egipto y la Gran Siria fueron helenizados.

    Es en el Segundo Libro de los Macabeos donde vemos condenas a la construcción de un gimnasio al pie de la muralla... y quejas porque los jóvenes corrían al estadio al oír lanzarse el disco.

    Cuando el barón de Coubertin los reinventa, los JJOO son un llamado cultural a occidente porque los pueblos de Asia y África comenzaban a alebrestarse. La rebelión de los Boxer en China provocó un gran susto a los Imperios Europeos.

    Algunos fueron polémicos como las olimpiadas en la Alemania nazi o el gran fiasco de Atenas, donde hubo poca asistencias y dejaron el país atrapado en una horrenda crisis.

    Pero volvamos al presente, hoy que el escándalo supuró con la sensibilidad herida por la imagen de un performance, ejecutado sobre uno de los puentes, al que se le halló un eco burlesco de “La última cena” de Leonardo Da Vinci.

    La verdad en un principio, al ver esas tomas de esas instalaciones en París, no me pareció una parodia hacia “La última cena” deliberada. No eran doce los comensales que rodeaban a la figura central, con aureola personificada en una DJ; y los franceses cuidan mucho esos roces con la fe, sobre todo por pasados conflictos con su sensible población musulmana.

    Y siento que coincidió más al verse en la foto fija posterior, algo de cierta pareidolia, así como esa imagen del Che Guevara reciente asesinado, que en su momento parecía un Cristo por su barba, la delgadez y la huella de la gorra sobre sus cabellos tiesos, que daban la ilusión de una corona de espinas.

    Hago esta comparación con todo respeto y no soy el primero en decirlo. En su momento a los propios comunistas rancios les pareció ofensiva esa comparación que flotó en el imaginario revolucionario.

    Otra cosa serían los performances agresivos como los de la cantante Sinead O’Connor, que rompió una foto del Papa en un concierto, o las profanaciones que tocan temas de artículos de fe o alteran directamente la imagen sacra. Sin afán de polémica, aquí yo si creo en la cada vez más desprestigiada palabra coincidencia.

    A propósito de escándalos en París y Juegos Olímpicos, allá en la Ciudad Luz murió en 1972 Humberto Mariles, una de las primeras figuras olímpicas mexicanas, militar detenido por narcotráfico y muerto en la cárcel de La Santé. De la gloria olímpica acabó en un personaje de la película “Contacto en Francia”, pero en la vida real.

    Fue tanto su revuelo cuando ganó dos medallas de oro en Londres 1948 que hasta un danzón le hizo Acerina a su caballo “Arete”, un equino tuerto de Colotlán, Jalisco, que originalmente no iba a ir a los juegos. (Si ahorita andamos volados, imagínese en esos años en los que nunca ganábamos nada).

    La gente decía que el caballo era quien se había ganado la medalla, no Mariles, quien antes de su detención en París estuvo preso en Lecumberri en los sesenta, por haber matado a un ciudadano de un simple incidente de tránsito.

    Era todo un caso de prepotencia y machismo, más lamentable al haber sido elevado antes a héroe nacional en vida, asunto similar al del cineasta Emilio “Indio” Fernández, quien en infausta ocasión mató a un campesino por una agria discusión baladí.

    Se cuenta que a Mariles seguido lo sacaban de la cárcel en la noche para llevarlo de parranda y devolverlo en la madrugada. Armando Jiménez, el autor de Picardía Mexicana, registra haberlo visto en un cabaret acompañado de una discreta escolta.

    Pero al menos, con todos los fallos de la justicia mexicana, sí se le hizo responsable públicamente. Peor hubiera sido que esto quedara impune y aquí el estado mexicano sacó su entereza.

    Ojalá esos escándalos sean cosas del pasado y los derroches de Ana Guevara sea la última mala huella que dejen, al final de su carrera, nuestras glorias olímpicas. La muy mexicana vocación ineludible por el fiasco después cruzar la meta.

    Cerramos nuestra colaboración con el buen sabor de boca del excelente papel realizado sobre el cuadrilátero del mazatleco Marco Verde, orgullo de la Colonia Montuosa y estudiante de gastronomía en la UAS zona sur.

    Dicha colonia es toda una cantera de pugilistas y pone en alto el nombre de Sinaloa... cuando tanta falta nos hace y tanto infortunio nos deshace.

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    domicilioconocido@icloud.com