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    Sentarse cómodo para apreciar detenidamente algunas piezas de la robusta obra plástica de Antonio López Sáenz es un viaje por la nostalgia de que todo el tiempo pasado siempre fue mejor, pero, también, terreno fértil, para capturar al mazatleco en su devenir histórico.

    Ese mazatleco o mazatleca sin rostro de la época porfiriana al que se le ve ataviado con sus mejores galas para recibir tumultuariamente a la soprano Ángela Peralta y que horas después moriría.

    En otra estampa plástica del mismo creador está registrada la fiesta teniendo como fondo la brisa del mar y un vals invisible que llama a unos cuerpos estilizados que bailan con satisfacción. Otras obras esbozan su vida cotidiana y la escultura en honor a la familia mazatleca manifiesta con toda su fuerza la fascinación por el mar. Aquel espíritu festivo y lúdico de esas estampas sigue vivo aun con otros vestuarios. El mazatleco sigue anclado como barco perdido a la mar, al viento, la arena, los mitos y sus rituales, como también a sus productos más reconocidos: la música de banda, la cerveza Pacífico y el Carnaval.

    El mazatleco es una identidad gozosamente singular, una construcción social largamente cocinada con los más diversos ingredientes culturales provenientes de distintas partes del mundo y estos están en su piel cultural. Desde los primeros mazatlecos que podemos decir vienen de los grupos de indígenas totorames, xiximes y tepehuanes que caminaban por la costa y la vega de los ríos, arroyuelos, marismas y los montes del sur del territorio sinaloense por donde iban recogiendo alimentos. La segunda hornada de mazatlecos vino de los barcos y fueron los exploradores de lugares remotos para quedarse y buscar fortuna en esta costa caprichosa bajo el amparo de las llamadas reformas borbónicas; y en forma coincidente, los militares y la burocracia virreinal y entrado el Siglo 19, con su conversión al México independiente llega una nueva pléyade de mineros,

    La suma de todos estos viajeros mestizos dio como resultado el primer ciclo del mestizaje tanto de parte de los migrantes europeos que revela mediante una investigación pionera sobre la también primera élite económica, política y social realizada por el periodista Mario Martini y que denominó “grandeza mazatleca”, y con el paso del tiempo, como era razonable, esa sociedad se complejizó con la llegada de mexicanos de otros estados que se casaron y formaron familias híbridas, hasta llegar hoy en día, donde el mazatleco, es diverso como lo delatan sus rasgos antropomórficos.

    El océano fue bautizado como Pacífico por el explorador portugués Fernando de Magallanes luego de realizar la titánica tarea de viajar alrededor del mundo y haber sobrevivido al clima, el hambre y las mareas turbulentas de Cabo Tormentas para sobrevivir, llegando felizmente a las aguas tranquilas de este inmenso cuerpo de agua de 155 millones de kilómetros cuadrados que va desde la costa oeste de América hasta la costa este de Asia.

    Entonces, Mazatlán, ese punto perdido en la costa noroeste mexicana está impregnado inevitablemente de ese océano, este mar, que asalta a los mazatlecos cuando caminan hacia el norte o lo hacen por el sur del puerto. O por el frente. El mazatleco en su transitar diario siempre encuentra el vasto Océano Pacífico con las sombras de sus amaneceres y el colorido de sus atardeceres.

    Pero, no solo eso, el mazatleco va al encuentro de su arena y al caminar sobre la playa se le unta en las plantas de los pies y se le introduce en las comisuras de sus dedos recordando en ese acto simple que son inseparables. Y está ese viento fugaz del invierno o del verano huracanado que Gilberto Owen reveló cuando lo poetizó cantando a su diva: ...Dentro de ti, la casa, sus palmeras, su playa/el mal agüero de los pavos reales/jaibas bibliopiratas que amueblan sus guaridas con mis versos/y al fondo el amarillo amargo mar de Mazatlán/por el que soplan ráfagas de nombres...

    Ya lo escribía Elías Canneti, el gran escritor búlgaro, quien en 1981 obtuvo el Premio Nobel de Literatura con su obra mayúscula Masa y Poder (Random House, 2005) dejó de lado momentáneamente las identidades convencionales de los pueblos (raza, territorio, lengua) para ir a algo más complejo, más inasible a primera vista, al señalar que “La unidad superior a la que el hombre corriente se siente vinculado es a una masa o a un símbolo de masa. Presenta siempre algunos de los rasgos característicos de las masas o de sus símbolos: densidad, crecimiento, y apertura al infinito, cohesión sorprendente o muy notoria, ritmo colectivo, descarga repentina”. Vamos, aquello que la mueve y le impregna sentido de pertenencia a una colectividad.

    Entonces, si seguimos el razonamiento complejo de Canneti hay elementos del mar que determinarían el carácter y la personalidad del mazatleco y es que al mar le atribuye “paciencia, dolor y cólera”, pero, sobre todo, una tenacidad a toda prueba como el desafío que siempre representa.

    Esa es la relación primigenia del mazatleco con la naturaleza, pero, también, de cualquier otro, que viva en una costa de este u otro océano. Quizá, solo, habría que distinguir las costas tropicales de las del norte y el sur del continente que son de aguas frías, donde el calor y el frío también influyen y quizá de forma determinante, en el carácter de sus habitantes.

    El mar es constantemente un desafío soterrado, amenazante y fascinante. Un reto para quien se hace a la mar porque encierra peligros insospechados por el riesgo constante de la muerte. Y, por eso, vivir frente al mar, o mejor, vivir del mar, exige hombres y mujeres con temple dispuestos a enfrentarlo o morir en el intento en un entorno inmensamente bello que va más allá de la paleta del más heterodoxo artista plástico.

    ¿Pero qué otras cosas le aporta el mar al mazatleco? El mar, nos dice Canneti, con la densidad y la cohesión de sus olas expresa: “algo que también sienten los hombres en el interior de una masa: cierta flexibilidad hacia los demás, como si uno fuese ellos, como si ya no estuviese limitado en sí mismo, una dependencia de la que no hay escapatoria posible, y también una sensación de fuerza, un ímpetu que, por virtud, precisamente de ello recibe de todos los demás. La índole peculiar de esta cohesión de los hombres es desconocida. El mar no nos lo explica, pero sí la expresa”.

    Agregaría a la visión total de Canneti el sentido de amplitud y gozo que da estar frente a un mar que abre la mente a lo desconocido, al misterio, la imaginación y, ese costeño, buscará siempre llenar su vida con ensueños, por eso la cercanía con el mar es un ambiente propicio para la reflexión, la poesía o la narrativa. No es casual que por esta costa hayan transitado dejando su impronta personajes como Amado Nervo, Juan José Tablada, Pablo Neruda, Gilberto Owen o Enrique González Martínez, pero, también, un D.H. Lawrence, Anaïs Nin, Edward Weston, Tina Modotti, Ramón Rubín o un Jack Kerouac con sus amigos beats, pero, también en la actualidad, la nueva generación de artistas plásticos, escritores y poetas nacionales y extranjeros que en sus obras constantemente registran una referencia al mar, esa trastienda que todo lo cubre con su vaho salado que exalta un singular erotismo que flota en la atmósfera del puerto.

    En definitiva, bien vale la pena explorar la naturaleza del mazatleco porque al menos en Sinaloa, representa una historia más compleja, y ello explica mejor lo que son ellos y ellas frente al mundo, y López Sáenz lo entendió y plasmó la nostalgia en sus lienzos figurativos plenos de color.

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