A Adela y Emilio
Habían pasado siete días desde que Cirilo llegó a la ciudad. Pudo más la enfermedad del menor de sus hijos, que los muchos intentos y ganas de evitar el viaje. La venta de sus dos borregas fue insuficiente para pagar el pasaje y los exámenes del laboratorio, por ello recurrió a Matías, el odiado y querido prestamista de la cabecera municipal. Con todo, la esperanza era clara: en la ciudad estaba el médico que podría salvar a su hijo del chagas, el mal de la muerte súbita como muchos le llaman.
Al tercer día de haber llegado a la ciudad, Cirilo no tenía un solo peso en la bolsa. Lavó y “resguardó” los coches que pudo, hasta que los guardias del hospital le llamaron la atención. Buscó emplearse como barrendero en las fondas y tiendas de los alrededores, pero no hubo suerte. Con la quijada y la dignidad trabadas Cirilo hizo lo que jamás imaginó llegaría a hacer: apelar a la caridad de los familiares de los otros pacientes internados. Cirilo rompió una promesa hecha a sí mismo y los suyos: “Jamás voy a limosnear, que para eso sé sembrar...” Las monedas sumaron el mismo número de días que limosneó. Y así como tuvo tan claro que el cuatro siempre le trajo mala suerte, Cirilo tampoco pudo entender porque eran tan pocos los que podían verle. Se sintió invisible. Se sintió una nada, Así se pensó, como la nada. Un nadie...
Los nadies son seres invisibles, desconocidos, incomprensibles, extraños, ajenos a nosotros. Su mera mención recrea en nuestra imaginación un dibujo imperfecto que nos cuesta acomodar entre todo aquello que consideramos lógico, por ello no alcanzamos a comprenderlos. Son figuras espectrales que evitamos porque no sabemos qué hacer cuando estamos frente a ellos. Los nadies desatan nuestro miedo; a veces tanto, que éste no tarda mucho en volverse fobia.
Inspirada en esta figura de los nadies que hace muchos años describió Eduardo Galeano, la filósofa española Adela Cortina recientemente publicó un libro que tituló: “Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia”, en el que volvió a poner sobre la mesa la discusión en torno a uno de los problemas más graves que aquejan a todas las sociedades del planeta: la pobreza.
El texto inicia con una declaración que me parece de lo más honesta: “A lo largo de 2016 llegaron a España algo más de setenta y cinco millones de turistas extranjeros. [...] Naturalmente, esos turistas vienen de otros países, son extranjeros, y esa es una excelente noticia. Incluso en ocasiones pertenecen a otras etnias y a otras razas, con toda la dificultad que entraña aclarar qué es eso de las etnias y las razas. [...] ¿Despiertan esos turistas extranjeros al venir a nuestro país un sentimiento de xenofobia en la población española, esa expresión que, desgraciadamente, está de actualidad? ¿Se sienten rechazados, producen miedo o aversión, que es lo que significa en griego el vocablo ‘fóbos’? Pocas veces una pregunta ha tenido más fácil respuesta: no despiertan el menor rechazo, sino todo lo contrario”.
Piense caso por caso, y verá que, como dice Cortina, en ningún país hay rechazo o recelo hacia un chino archimillonario que, entre sus excentricidades, le da por comprar un equipo de futbol; tampoco lo generan las estrellas del deporte, “ni molestan los gitanos triunfadores en el mundo del flamenco, ni rechazamos a los inversores extranjeros que montan en nuestro país fábricas de automóviles, capaces de generar empleos, centros de ocio [...] y todo ese largo etcétera de aportaciones extranjeras que aumenta el PIB”.
¿Qué tipo de extranjero, pues, es el que genera aversión y desprecio? Tanto en España, como en el resto del mundo, los extranjeros pobres. Esos que, por la situación en la que se encuentran, “no pueden devolver nada a cambio, o al menos no parecen poder hacerlo. Por ello se les excluye de un mundo construido sobre el contrato político, económico o social, de ese mundo del dar y el recibir, en el que sólo pueden entrar los que parecen tener algo interesante que devolver como retorno”. En este sentido, los pobres, entendidos como lo hizo Eduardo Galeano, son “los nadie”, los borrados, los invisibles, los que no cuentan, esos de los que no se puede, ni cabe esperar nada.
El problema, continúa Cortina, “no es entonces de raza, de etnia ni tampoco de extranjería. El problema es de pobreza”.
No importa, ni molesta, el color, las costumbres o el idioma, siempre y cuando el extranjero aporte, no dependa de los demás y no genere problemas. Al pobre, sea nativo o extranjero, hay que echárselo a cuestas, por ello la aporofobia se entiende y expresa como el “rechazo, aversión, temor y desprecio hacia el pobre, hacia el desamparado que, al menos en apariencia, no puede devolver nada a cambio”. La aporofobia, ahonda Cortina, “resulta ser un atentado diario, casi, invisible, contra la dignidad, el bienser y el bienestar de las personas concretas hacia las que se dirige”. En suma, la aporofobia es hastío, hostilidad y repugnancia hacia los pobres.
Las causas de tal hostilidad y repugnancia son tan añejas como la humanidad misma. Los pobres han sido los constructores de las pirámides, la carne de cañón de los ejércitos, los siervos desechables, los ciudadanos a la mitad. Más cerca de nuestro tiempo, en la Inglaterra de los siglos 17 y 18, el rechazo al pobre provenía tanto de los prejuicios, como del carácter simbólico que encarnaba su des-humanidad.
Su falta de gusto, escasa educación y grotescos modales, confinaron a muchas personas al taller, la servidumbre o la fábrica. Aquellos que tuvieran un impedimento físico o mental, eran confinados a las “casas de pobres”, espacios mucho peores a la alienante rutina practicada en la naciente Era industrial.
Por otro lado, el pobre era el sinónimo del vicio y la pereza, de ahí que la palabra pobre, hasta nuestros días, sonara a conformismo, vagancia, dependencia, cinismo y pillería. Y es justamente este telón de fondo, el que sirve de escenario mental para que hasta nuestros días persista la idea de que los pobres son pobres porque quieren, porque no tienen aspiraciones dignas o valiosas.
No dudo, ni niego, que quienes han decidido vivir fuera de las reglas y condiciones impuestas por el mundo del trabajo, deben apechugar las consecuencias de su decisión, y no lloriquear alegando que son objeto de la apatía e injusticia de los demás. Sin embargo, tampoco es posible negar que los tiempos que corren son unos donde la precariedad material a la que confinan ciertas actividades laborales va generando y acentuando muchas formas de pobreza y, por ende, de injusticia, digámoslo así, institucionalizada.
Insisto, un libro sobre la aporofobia, resulta por demás oportuno porque, como dice Cortina, era urgente y necesario, porque había que ponerle un nombre a la cosa para poderla entender y tratar.
Por último, quiero señalar un par de apuntes más, que me permitan despertar su interés en el tema, sin llegar a contarle el final del libro: “El rechazo al pobre (a los nadies) degrada a quien lo practica y es un atentado contra la dignidad de personas concretas, con nombres y apellidos”.
Los nadies retratados por Cortina son los pobres; ahora le toca a usted pensar en los muchos otros nadies que, por su figura espectral, usted ha tenido temor o repugnancia de voltear a ver.
@pabloayalae