Los océanos están en riesgo debido al juego geopolítico de quienes detentan el poder. También, por los intereses de quienes acumulan capital sin control.
Los océanos, así como los bosques y selvas, contienen lo que mal llamamos “recursos naturales” clave para el futuro del capitalismo mundial. Y antes de proseguir, quiero aclarar por qué digo que mal llamamos recursos naturales a lo que son bienes comunes.
El concepto de recursos naturales pone el énfasis en el uso de aquello que es de la tierra, los ríos y el mar. Recalca la utilidad de los materiales, ya sean piedras, maderas, minerales, plantas y animales, por encima de su beneficio ecológico.
Llamarlos bienes comunes pone de relieve dos aspectos que merecen atención. Lo primero es llamarlos un bien, con lo cual se reconoce el impacto que tienen en los seres humanos. Lo segundo es reconocerlos como comunes; es decir, de todas las personas, no de los más ricos ni de los países más poderosos.
Este reconocimiento de lo común se hizo recientemente sobre las aguas internacionales, con la firma y ratificación del Tratado de Altamar, el cual establece un piso mínimo para la exploración y explotación de dichas aguas y busca garantizar el acceso de todos los países a sus beneficios. También permite generar acuerdos para su protección mediante áreas marinas protegidas, con la aprobación de los países firmantes.
Sin embargo, es importante señalar que el contexto internacional, si bien parece no tener un impacto directo en la salud de los océanos, sí pone en riesgo los acuerdos recientes de los más de 60 países que ratificaron el Tratado de Altamar.
Las aguas internacionales contienen minerales necesarios para la transición energética. Acceder a ellos se ha convertido en una carrera entre países poderosos que quieren depender cada vez menos de los combustibles fósiles. Y si bien es deseable reducir nuestra dependencia de estos combustibles, no lo es que sea a costa de destruir ecosistemas clave para la salud del océano.
Tenemos que encontrar formas de reducir nuestra dependencia energética sin trasladar los costos a otros organismos, como ballenas, animales marinos que viven en la profundidad, entre otros.
Que el país con la mayor economía del mundo, que tradicionalmente ha consumido más energía fósil junto con los países del norte global, se salga de los tratados internacionales, sobre todo de aquellos que protegen al planeta y la vida en él, es un riesgo para el futuro de la humanidad en este planeta.
Después de más de dos décadas, decenas de naciones del mundo lograron alcanzar acuerdos para proteger los bienes comunes del océano, incluso aquellos fuera de la jurisdicción de cualquier país. Lo que suceda en los próximos años será crucial para el futuro del planeta, pero, sobre todo, para nosotros, los seres humanos.
Crecer de manera descontrolada es insostenible. El enriquecimiento y el crecimiento económico de un país son siempre a costa de otros. A la desigualdad económica que vivimos en el mundo se le suma la desigualdad ambiental.
La crisis de política internacional que vivimos demuestra lo frágiles que son los acuerdos que generamos y señala también la vulnerabilidad de los ecosistemas que sostienen la vida en el planeta, al ser vistos como recursos para ser explotados.
El océano es donde la vida comenzó y donde la vida debe seguir su curso, sin ponerle precio.
La autora, Renata Terrazas (@Renaterra_zas) es directora ejecutiva en Oceana.