Los ojos del odio

    Si el amor busca el bien de la persona amada, el odio persigue dañar a la persona odiada y hasta se regocija por el daño que sufre.

    Mi estimado amigo Armando Flórez Arco, ex director de las escuelas preparatorias de la UAS, me hizo algunos comentarios sobre la columna de ayer, dedicada a los ojos del amor. Señaló, de entrada, que el espacio de la columna no permite el tratamiento completo de un tema, pero te incita a seguir reflexionando y elaborando otras reflexiones.

    En concreto, expresó que también conviene discurrir acerca de los ojos del odio, porque a través de ellos se magnifican los errores y defectos de otra persona, a quien se le abonan sentimientos de envidia, soberbia, avaricia, despecho y mil incidencias más.

    Es típico que, a una persona a la que se ha amado se le odie con un sentimiento refinado, al estilo de la frase que inmortalizó el comediante Luis de Alba, con su personaje “El ratón Crispín, quien acostumbraba decir: “Te odio con odio jarocho”.

    Amado Nervo lo expresó de manera precisa: “Te odio con el odio de la ilusión marchita: ¡retírate! he bebido tu cáliz, y por eso mis labios ya no saben dónde poner su beso; mi carne, atormentada de goces, muere ahíta”.

    El odio rencoroso y vengativo es una fuente de energía que incendia irremediablemente a un resentido corazón, como dijo Charles Baudelaire: “El odio es un borracho en el fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida”.

    Si el amor busca el bien de la persona amada, el odio persigue dañar a la persona odiada y hasta se regocija por el daño que sufre. Hay una frase atribuida a Vitelio, quien el 25 de mayo del año 69 recorrió el pestilente campo de la batalla de Bédriac (el combate tuvo lugar mes y medio antes) y pronunció: “El cadáver de un enemigo muerto siempre huele bien”.

    ¿Cultivo el odio?