Los subestimados

20/01/2026 04:02
    Hoy pienso en Mazatlán FC, pero en realidad pienso en ti, Mazatlán... Porque lo que vive el equipo no es solo un episodio deportivo, es una metáfora demasiado familiar para esta ciudad, un equipo al que ya le anunciaron el final, una plaza transferida, un destino decidido lejos de casa, un proyecto al que se le retiró el presupuesto, los recursos, el respaldo y según algunos, la razón de existir. Un equipo que juega sabiendo que el mañana no está garantizado... Y, sin embargo, ahí están.
    Carta a una ciudad
    que aprendió a resistir

    Hay historias que no empiezan con gloria, sino con abandono, historias que no nacen del exceso, sino de la carencia, historias que no llegan con promesas, sino con silencios. En el deporte, a esas historias se les llama underdogs, en nuestra lengua, quizá la palabra más justa sea los subestimados, aquellos a quienes nadie les dio crédito, pero que aun así decidieron presentarse a jugar.

    Hoy pienso en Mazatlán FC, pero en realidad pienso en ti, Mazatlán.

    Porque lo que vive el equipo no es solo un episodio deportivo, es una metáfora demasiado familiar para esta ciudad, un equipo al que ya le anunciaron el final, una plaza transferida, un destino decidido lejos de casa, un proyecto al que se le retiró el presupuesto, los recursos, el respaldo y según algunos, la razón de existir. Un equipo que juega sabiendo que el mañana no está garantizado.

    Y, sin embargo, ahí están.

    Hay algo profundamente humano en permanecer cuando todo invita a irse, en entrenar cuando nadie promete continuidad, en competir cuando el sistema ya tomó otra decisión, en esos momentos, el resultado deja de ser lo único importante y aparece algo más incómodo, más profundo, el sentido.

    Vivimos en una época obsesionada con ganar, ganar títulos, ganar seguidores, ganar mercados, ganar narrativas, todo lo que no termina en triunfo se considera fracaso, pero esa lógica, tan eficiente para las estadística, es brutalmente pobre para entender la vida, porque la vida, como el deporte, no siempre se decide en el marcador, muchas veces se decide en el cómo.

    ¿Qué significa jugar cuando ya te dieron por perdido?

    ¿Qué significa esforzarte cuando nadie te está mirando?

    ¿Qué significa honrar el oficio, aun cuando el futuro no promete aplausos?

    Ahí es donde los subestimados se vuelven peligrosos, no para el rival, sino para el relato dominante, porque recuerdan algo que preferimos olvidar. que el valor no siempre se mide en títulos, que la dignidad no depende del desenlace y que el trabajo, cuando es honesto, tiene un peso ético propio y ese peso, por más que se busque ignorar, o negar, tiene un poder transformador.

    Mazatlán, tú sabes de eso.

    Has sido puerto, frontera, paso, refugio y despedida, has visto llegar riquezas que no se quedaron y promesas que se evaporaron con la marea, has aprendido a reinventarte sin pedir permiso, a resistir sin discurso épico, a vivir con una mezcla rara de belleza y abandono, no siempre fuiste prioridad, no siempre fuiste escuchada y muchas veces también fuiste subestimada.

    Por eso esta historia duele y, al mismo tiempo, resuena.

    Porque los que hoy se quedan en la cancha, jugadores, cuerpo técnico, trabajadores, no están defendiendo solo un escudo, están defendiendo una idea incómoda, que incluso cuando el proyecto se termina desde arriba, la ética del trabajo puede sostenerse desde abajo.

    Tal vez no habrá campeonato, tal vez no habrá final feliz, tal vez la historia no termine como las películas que nos gustan, pero hay relatos que no se escriben para el cine, sino para la conciencia, relatos que no buscan aplauso, sino coherencia, relatos que enseñan que el proceso también educa, que la entrega también forma y que perder no siempre equivale a fracasar.

    Hay victorias que no caben en un trofeo.

    Y si al final el equipo se va, que no se vaya la enseñanza, que quede la memoria de quienes jugaron cuando ya no había nada que ganar, de quienes honraron el oficio cuando el negocio ya había cerrado, de quienes entendieron que representar una ciudad no siempre es sinónimo de éxito, pero sí de responsabilidad.

    Porque las ciudades, como las personas, no se definen solo por lo que logran, sino por cómo atraviesan lo que pierden.

    Tal vez esta no sea la historia del equipo que sorprendió al País.

    Tal vez sea la historia del equipo que le recordó a su ciudad que la dignidad no se negocia.

    Que incluso en la despedida se puede caminar erguido.

    Que incluso cuando te subestiman, puedes elegir cómo estar.

    Y eso, Mazatlán, también es una forma de ganar.

    Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

    Es cuánto.

    PD. Con mucho cariño para la ciudad que soñó con la Primera División, y para mi familia en el Mazatlán FC.