La tasa de reemplazo poblacional fija el promedio de hijos que una mujer “debe” tener en cada país para mantener la estabilidad poblacional de una nación. La estándar es de dos hijos por mujer, con una compensación de .3 por ciento si es un país en desarrollo.
La última medición del Inegi nos arroja datos preocupantes para México, la tasa de fecundidad en la República se encuentra entre 1.2 y 1.3 hijos por mujer, según el registro intercensal del 2024 al 2025, la caída en nacimientos fue superior al 8 por ciento.
Las mexicanas no quieren tener hijos, nuestro país sigue la tendencia mundial en la reducción de la natalidad.
Según la Unicef, los países con mayores tasas de nacimientos están en África. Al centro del continente, Chad, un país en donde sus mujeres tienen en promedio de casi seis hijos en su vida; Somalia, República del Congo, Níger y Malí tienen tasas superiores al 5.1 hijos, muy por encima de la tasa de reemplazo.
Por el contrario, países asiáticos como Corea del Sur con .76; Taiwán, .86; y Singapur, .97; tienen la menor capacidad de reemplazar a su población por natalicios. En América, el país de Chile con .97; y en Europa, Ucrania con 1.0; Italia, 1.1; y España con apenas 1.3, enfrentarán las consecuencias de la descompensación de la pirámide poblacional en aproximadamente dos décadas.
Una nación sin niños, estará destinada a abrir sus fronteras para poder mantener su población económicamente activa. En menos tiempo de lo que se pueden imaginar, la población en vejez superará a la población en edad productiva. Si los índices de natalidad no se regulan dentro de las fronteras nacionales, serán políticas migratorias las que vengan a remediar los desequilibrios.
Francia, Alemania, España y Reino Unido han abierto las fronteras, o al menos han sido permisivos en las categorías migratorias, para “mitigar” los efectos de la caída en la natalidad. En el país galo, se estiman existen entre 8 y 10 millones de franceses afrodescendientes, mientras que en Reino Unido la cifra ronda en los 3.2 millones, sobre todo de familias compuestas por migrantes del África subsahariana.
La nacionalista idea de fronteras cerradas se cae por completo, hoy Europa vive un fenómeno de interculturalidad y un complejo proceso de pluralidad étnica, de madres migrantes dando a luz niños que en dos décadas serán los nuevos ciudadanos, o la mano de obra que mantendrá el sistema de pensiones de los que alguna vez se quejaron por la “migración” y, no en pocos casos, discriminaron por el color de piel a sus vecinos.
La gran pregunta se traslada a las Américas, particularmente a los tres poderosos países del norte. Canadá, Estados Unidos y México, que caminan también en la marcada tendencia de reducción en nacimientos. Para poder pagar en el futuro las pensiones y servicios públicos de los trabajadores del presente, se requiere garantizar un mínimo poblacional dispuestos a trabajar duro, pagar sus impuestos y ser ciudadanos comprometidos.
El gran problema es que la generación futura está replicando en escalada el paradigma de la natalidad cero, y entre la juventud latinoamericana no se ve un modelo de cambio. Sin juzgar de bueno o malo, los jóvenes dejaron de pensar en familias tradicionales, de maternidades y paternidades convencionales. Las campañas gubernamentales que promovieron el “control de la natalidad” entre 1980 y 1999, pronto comenzarán a escribirse en reversa y llamarán a la población a tener cuando menos dos hijos.
Mientras tanto, los esquemas de pensión se endurecen, los gobiernos cierran la llave a viejas modalidades de retiro y los mexicanos se llenan de miedo a envejecer, sobre todo por la dependencia y la incertidumbre financiera. El promedio en la esperanza de vida crece, y las necesidades de los adultos mayores crecerán con ellas. Los jóvenes de hoy, que serán los viejos del mañana, tienen un problema a resolver; sin hijos y sin Estado. ¿Quién cuidará de nosotros cuando los años lleguen? Luego le seguimos.