Mapa para salir de nuestra cárcel

    Cuando uno ve el esquema abstracto de la conducta humana: los deseos y las ideas que cada uno suscribe, tiene un mapa claro para entender lo que en el fondo ocurre: todos somos esclavos de las ideas que se han apoderado de nosotros hasta convencernos. Estas ideas son como unos lentes a través de los cuales uno mira todo.

    Es muy fácil, cuando se mira a un niño encaprichado por un deseo, descubrir la idea que lo domina: quiere el dulce o el juguete que se le ha metido en la cabeza. Su conducta nos resulta transparente. Los adultos también son transparentes, aunque muchas veces no logremos descifrarlos, pues las ideas, temores y prejuicios que los apresan arman una trama muy compleja; pero en el fondo los adultos son como los niños; solo que argumentan sus berrinches, esgrimen sus razones, ofrecen sus pruebas, ponen sus ejemplos y, con ello, terminan atrincherados tan fanáticamente como los niños.

    Cuando uno ve el esquema abstracto de la conducta humana: los deseos y las ideas que cada uno suscribe, tiene un mapa claro para entender lo que en el fondo ocurre: todos somos esclavos de las ideas que se han apoderado de nosotros hasta convencernos. Estas ideas son como unos lentes a través de los cuales uno mira todo.

    Los niños desean y su deseo se expresa directamente: lloran, exigen, patalean para conseguir su propósito; los adultos desean pero su deseo se expresa torcidamente: argumentan, pretextan, fabrican múltiples razones, disfrazan sus miedos con la piel de la indiferencia. Pero no es la complejidad la que nos impide verlos transparentes, sino el hecho simple de que también nosotros compartimos esos mismos argumentos, esos pretextos, esos prejuicios: no logramos verlos transparentes porque nuestra propia turbiedad sirve de cómplice: si suscribimos la idea que gobierna al otro estamos en la misma cárcel: la cárcel es la idea.

    Cuando nuestra idea de las cosas es diferente, entonces, desde otra cárcel (la nuestra) vemos al adulto tan transparente como a un niño, y nos resultan pueriles su dolor y su tragedia. Si un adulto nos dice: “no puedo” frente a obstáculos que a nosotros nos parecen franqueables, sonreímos para nuestros adentros, y si el adulto nos importa intentamos persuadirlo de que “sí puede”, “de que el asunto en modo alguno es imposible”, “de que existen infinidad de puertas”, “de que el dulce o el juguete están a la mano”... Si no nos importa lo tiramos de a loco y lo juzgamos de necio: es incapaz de entender lo más elemental, decimos, y seguimos adelante: no perdemos el tiempo.

    Pero aquí no se trata de si nos importa o no el otro, sino el esquema, el mapa simple del que hemos hablado antes: “el deseo y las ideas que uno suscribe”, pues mi interés está en señalar que al margen de que existan o no dulces y juguetes en el mundo lo decisivo son las ideas que tenemos, pues de esas ideas dependerán nuestros actos y por tanto nuestra suerte.

    Esas ideas que nos apresan -salvo en los casos patológicos- ciertamente no nos las inventamos nosotros, provienen de hechos y experiencias que hemos vivido; sin embargo, esos hechos y experiencias por muy contundentes que sean o lo parezcan son susceptibles de interpretaciones distintas: los mismos hechos y experiencias son tomados, producen ideas diversas dependiendo de la actitud que frente a ellas cada persona adopte, o sea, que las ideas que nos dominan no son sino la expresión de un determinado punto de vista: un fracaso o un error puede tomarse como una simple piedra en el camino o como la prueba fehaciente de nuestra incapacidad irreparable. El mapa del que hemos hablado se completa: están el deseo y la idea, pero detrás de la idea está la actitud de cada quien: la posición emocional que nos hace interpretar los hechos de una u otra forma. En esto último radica la clave de lo torcidas que resultan las expresiones de los deseos en los adultos: las emociones son la última vuelta del cerrojo, lo que impide que cambiemos nuestras ideas. Vistos a través de este mapa, los adultos y los niños se tornan igual de transparentes y, en una de esas, hasta podría ser útil para ver nuestra propia transparencia, la puerilidad de la tragedia en la que nos encerramos.

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