Marzo en tiempos de guerra

04/03/2026 04:02
    La escalada militar entre Estados Unidos e Irán, sumada al debilitamiento de los organismos multilaterales, configuran un escenario donde las mujeres desaparecen del análisis.

    Marzo es el mes en que se revisan avances, retrocesos y pendientes en la agenda de derechos de las mujeres a nivel global, pero este 2026 empezó de manera atípica y en un contexto particularmente violento, con olor a guerra y confrontación.

    La intervención en Venezuela, la retirada funcional de Estados Unidos de espacios multilaterales, el debilitamiento abierto del orden internacional basado en reglas y, ahora, la escalada militar entre Estados Unidos e Irán, configuran un escenario que no es solo inestable: es estructuralmente más crudo y amenazante.

    En tiempos de guerra -y esto no es retórica, es evidencia acumulada- el cuerpo de las mujeres se convierte en campo de batalla. Numerosos estudios dan cuenta de ello.

    Los registros de Naciones Unidas, y de organismos humanitarios muestran patrones constantes: en contextos de conflicto armado aumentan la violencia sexual, la trata, el desplazamiento y la impunidad. La militarización no se limita a los frentes, penetra la vida cotidiana y lo hace sobre cuerpos específicos, cuerpos de mujeres, niñas y niños.

    Pero lo más preocupante no es solo la violencia. Es la invisibilidad.

    En los grandes titulares, en los debates estratégicos, en los cálculos de disuasión y seguridad, las mujeres desaparecen del análisis. Son mencionadas como víctimas colaterales, rara vez como sujetas políticas con agencia, derechos y voz propia. Como si en el contexto de la guerra no tuvieran voz.

    Esa invisibilidad no es accidental. Es estructural.

    Es necesario hablar de Irán hoy. Las mujeres iraníes llegan a este momento después de haber protagonizado uno de los movimientos más valientes de los últimos años: Woman, Life, Freedom. Han desafiado al régimen teocrático, han enfrentado prisión, persecución y muerte por reclamar autonomía básica sobre sus cuerpos y su vida. Su vida pende de un hilo por simplemente querer algo elemental: que sus derechos sean respetados, reconocidos y su existencia visibilizada.

    Hoy están atrapadas entre dos fuegos.

    Por un lado, un régimen cuya estructura institucional, aparato de seguridad y lógica represiva permanecen intactos. Aún no se sabe qué sigue ni quién tomará el poder. La eliminación del ayatolá Alí Jamenei no desmantela el sistema. La historia demuestra que los vacíos de poder no garantizan democratización, con frecuencia producen mayor militarización, un cierre interno de filas y represión bajo la narrativa de la amenaza externa.

    Por otro lado, una intervención que puede fortalecer a los sectores más duros del régimen, justificar estados de excepción y desplazar más (si es que eso es posible aún) la agenda de libertades civiles.

    Las mujeres iraníes no necesitan héroes externos ni bombas redentoras. Necesitan garantías estructurales, estado de derecho, instituciones responsables, coherencia y apoyo internacional y mecanismos efectivos de protección.

    Al mismo tiempo, se vive a nivel internacional el debilitamiento del multilateralismo y ello tiene consecuencias concretas y claras.

    Cuando se erosionan los organismos de derechos humanos, cuando se reducen fondos para la cooperación, cuando se fragmentan mecanismos de monitoreo y presión internacional, la vulnerabilidad de las mujeres se multiplica. El sistema multilateral era imperfecto, pero ofrecía algo esencial: marcos jurídicos, foros de denuncia, documentación sistemática, presión diplomática y financiamiento humanitario, sobre todo, establecía reglas de juego a las que podía apelarse. Los derechos de las mujeres tenían un marco regulatorio internacional que podía cobijarlas y al que podían recurrir. No siempre sucedió, es cierto, pero servía como base para la actuación y el apoyo de quienes podían hacerlo.

    En un mundo donde las potencias actúan unilateralmente y las instituciones pierden capacidad, las mujeres en contextos de conflicto quedan aún más expuestas. No porque la violencia sea nueva, sino porque los contrapesos son más débiles.

    La guerra concentra poder, reduce controles, suspende prioridades sociales. En ese clima, la agenda de género se considera secundaria, incluso prescindible para quienes toman decisiones, para quienes tienen el poder de las armas y el poder para amenazar. En tiempos de guerra la discusión sobre violencia de género pasa a un segundo plano, cuando difícilmente en tiempos “de paz” alcanza los titulares. Todo se subordina a la “seguridad nacional”.

    En marzo deberíamos estar discutiendo presupuestos con perspectiva de género, participación política, cuidados, brechas salariales, acceso a la justicia. En cambio, el debate público se centra en drones, escaladas y alianzas militares, petróleo y amenazas.

    Cada vez que la agenda de derechos se desplaza en nombre de la urgencia estratégica, se envía un mensaje claro: hay prioridades que siempre pueden esperar. Entre esas prioridades, históricamente, han estado las mujeres.

    La violencia contra las mujeres no se detiene en tiempos de guerra. Se transforma, se normaliza, se invisibiliza bajo el ruido de los bombardeos.

    La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.