Mateo 25:35

BANCO DE ALIMENTOS
06/04/2026 04:00

    Porque tuve hambre, y me disteis de comer. Esa frase, por sí sola, alcanza para sacudir cualquier Semana Santa. Porque pone el tema en un lugar incómodo: la espiritualidad no solo se piensa, no solo se reza, no solo se contempla. También se practica.

    En estos días mucha gente aprovecha para salir, descansar, ir a la playa, convivir con la familia o simplemente desconectarse un poco del ritmo de todos los días. Y no tiene nada de malo.

    El problema no es vacacionar. El problema es reducir estas fechas a eso, como si fueran solo un puente largo con clima favorable.

    Semana Santa tendría que recordarnos algo más profundo: la necesidad de volver a mirar hacia dentro, de revisar en qué creemos, qué sentido le damos a nuestra vida y qué hacemos con el dolor ajeno cuando se nos cruza enfrente.

    Creer en algo importa. No hablo solo de una religión. Hablo de tener un centro. Una convicción. Una idea de bien. Una conciencia viva.

    Algo que le dé dirección a la vida y que nos recuerde que no todo se trata de uno mismo. Porque cuando una persona no cree en nada, o cuando vive como si nada tuviera valor fuera de su propia comodidad, termina por volverse indiferente. Y la indiferencia es una de las formas más frías de la pobreza humana.

    Por eso ese versículo sigue siendo tan poderoso. No dice “tuve hambre y pensaste bonito sobre mí”. No dice “tuve hambre y estuviste de acuerdo en que era injusto”. Dice: tuve hambre, y me diste de comer. Es decir, pasaste de la idea a la acción. Dejaste de ver el problema desde lejos y decidiste involucrarte, aunque fuera en algo pequeño.

    Ahí hay una lección fuerte para nuestro tiempo. Vivimos rodeados de discursos, opiniones, publicaciones, imágenes, causas y palabras. Nunca había sido tan fácil aparentar sensibilidad. Pero ayudar de verdad sigue costando. Cuesta tiempo. Cuesta dinero. Cuesta esfuerzo. Cuesta incomodidad. Cuesta dejar de mirar hacia otro lado. Por eso ayudar tiene tanto valor: porque no es solo un sentimiento, es una decisión.

    Y ayudar no siempre significa hacer algo enorme. A veces pensamos que solo ayuda quien dona grandes cantidades, funda una asociación o cambia la vida de cientos de personas. No.

    Ayuda también quien comparte alimento, quien acompaña, quien escucha, quien visita, quien da trabajo, quien dona una despensa, quien se suma como voluntario, quien deja de desperdiciar comida, quien aporta a una causa seria, quien se fija en esa familia que batalla en silencio. El tamaño del acto importa menos que la verdad que hay detrás: entender que la necesidad del otro también me toca.

    En una ciudad, en un estado y en un país donde tantas personas viven con carencias reales, esta reflexión no debería sonar romántica. Debería sonar urgente. Porque mientras unos descansan, otros siguen viendo cómo completar la comida del día.

    Mientras unos planean salidas, otros hacen cuentas para ver si alcanza para frijol, tortilla y algo más. Esa realidad no desaparece porque sea temporada vacacional. Sigue ahí. Y precisamente por eso estas fechas tendrían que movernos a algo más que la costumbre.

    Semana Santa puede ser una pausa, sí. Pero ojalá no sea solo una pausa del trabajo. Ojalá sea también una pausa del ego, del ruido, de la prisa y de la superficialidad. Una pausa para preguntarnos si lo que creemos se nota en algo concreto. Si nuestra fe, nuestros valores o nuestra idea del bien sirven de algo fuera del discurso. Si somos capaces de conmovernos, pero sobre todo de actuar.

    Ayudar al prójimo no resuelve por sí solo todos los problemas estructurales, y hay que decirlo claro. La caridad no sustituye la justicia, ni reemplaza la responsabilidad del gobierno, ni corrige de fondo la desigualdad.

    Pero ese argumento tampoco puede usarse como pretexto para no hacer nada. Una cosa no cancela la otra.

    Hace falta exigir mejores condiciones para todos, sí. Pero también hace falta que cada persona haga su parte. Porque mientras se discuten las grandes soluciones, hay gente que hoy tiene hambre.

    Tal vez esa sea una de las verdades más duras y más limpias de estas fechas: la espiritualidad que no se traduce en servicio corre el riesgo de quedarse en ceremonia. Y creer, en el fondo, debería empujarnos a salir de nosotros mismos. A mirar alrededor. A compartir. A hacernos cargo de algo.