¿México tiene remedio?

26/05/2026 04:02
    Hay regiones atrapadas por economías criminales, hay generaciones enteras creciendo bajo una normalización de la violencia que debería alarmarnos mucho más de lo que lo hace, hay una erosión progresiva de la confianza pública... Eso desgasta a cualquier sociedad, porque los países no se rompen únicamente por pobreza o inseguridad. También se rompen cuando la gente deja de creer que vale la pena construir algo colectivo, cuando desaparece la noción de futuro. Y, sin embargo, creo que México todavía no llega ahí.

    Venía de un fin de semana de trabajo en la Ciudad de México, entrevistas, reuniones, aeropuertos, tráfico, conversaciones rápidas entre cafés y trayectos eternos y mientras observaba esta maquinaria compleja que es el País funcionando al mismo tiempo entre caos y rutina, me surgió una pregunta que probablemente muchos nos hemos hecho alguna vez: ¿México tiene remedio?

    No como consigna política, no como frase optimista para sentirnos mejor, sino como una pregunta honesta frente a la realidad que vemos todos los días.

    Porque basta abrir las noticias para encontrarse con violencia, corrupción, desapariciones, impunidad, polarización, deterioro institucional o desconfianza social. Basta recorrer algunas regiones del País para entender que hay lugares donde el Estado parece haberse ido hace mucho tiempo, basta escuchar ciertas conversaciones para notar cómo el cinismo se volvió un mecanismo de defensa colectivo y, aun así, hay algo extraño en México, nunca termina de derrumbarse.

    A veces pienso, y he escrito anteriormente sobre esto, que el gran error es creer que el País solamente existe en sus instituciones, en sus gobiernos o en sus crisis, pero México también vive en otra parte, vive en la gente que sigue levantando negocios aun cuando el contexto parece castigar el esfuerzo, vive en quien abre una cafetería, una escuela, un consultorio, un taller o una pequeña empresa, vive en científicos investigando con presupuestos ridículos, en maestros intentando sostener alumnos que llegan desde entornos fracturados, en madres buscadoras haciendo el trabajo que el Estado no hizo, en periodistas documentando realidades incómodas, en ciudadanos organizándose para arreglar aquello que oficialmente nadie arregló.

    México tiene una capacidad casi absurda de generar vida incluso dentro del desorden.

    Y eso no significa romantizar el sufrimiento, porque sí hay cosas profundamente graves ocurriendo y sería irresponsable fingir que no existen. Hay regiones atrapadas por economías criminales, hay generaciones enteras creciendo bajo una normalización de la violencia que debería alarmarnos mucho más de lo que lo hace, hay una erosión progresiva de la confianza pública y quizá una de las peores heridas, la sensación de que muchas veces las reglas sólo aplican para quien decide respetarlas.

    Eso desgasta a cualquier sociedad, porque los países no se rompen únicamente por pobreza o inseguridad. También se rompen cuando la gente deja de creer que vale la pena construir algo colectivo, cuando desaparece la noción de futuro.

    Y, sin embargo, creo que México todavía no llega ahí.

    Lo noto cuando viajo y encuentro personas intentando hacer bien las cosas incluso en circunstancias difíciles, lo noto en empresarios que entienden que generar valor también implica responsabilidad social, en jóvenes que siguen apostando por crear, en artistas, en investigadores, en gente que, aunque esté cansada, todavía conserva cierta voluntad de empujar el país hacia adelante.

    Quizá por eso la pregunta correcta no sea si México tiene remedio, quizá la pregunta sea si estamos dispuestos a asumir la parte que nos toca dentro de ese remedio.

    Porque durante mucho tiempo hemos reducido la política a elecciones y partidos, cuando en realidad la política es algo mucho más amplio, es la manera en la que administramos la vida en común, está en cómo hacemos negocios, cómo tratamos empleados, cómo educamos hijos, cómo participamos en comunidad, cómo reaccionamos ante la corrupción cotidiana, cómo consumimos información, cómo usamos nuestra voz pública, cómo decidimos actuar cuando nadie nos está viendo.

    Los países también se construyen desde lo cotidiano.

    Las grandes transformaciones rara vez empiezan desde arriba, empiezan cuando suficientes personas modifican su relación con lo público, la historia está llena de países que parecían condenados y lograron reconstruirse. Medellín pasó de convertirse en símbolo mundial del narcotráfico a transformarse en referencia urbana y cultural, Corea Del Sur pasó de la pobreza extrema a convertirse en potencia tecnológica, Rwanda reconstruyó un país devastado por el genocidio, ninguno lo hizo rápido, ninguno lo hizo perfecto, pero todos entendieron algo fundamental, el futuro no aparece solo; se diseña, se empuja y se sostiene.

    México necesita algo parecido, una conversación más profunda sobre quiénes queremos ser como sociedad, menos obsesionada con el escándalo inmediato y más enfocada en construir visión de largo plazo.

    Porque quizá el verdadero riesgo no sea la violencia ni la corrupción por sí solas, quizá el verdadero riesgo sería resignarnos, aceptar que esto es inevitable, perder completamente la capacidad de imaginar otro país posible y honestamente, creo que todavía no estamos ahí.

    Mientras exista gente dispuesta a hacerse responsable de un pequeño fragmento del futuro, desde su empresa, su familia, su comunidad, su oficio o su ciudad, México seguirá teniendo remedio.

    No porque alguien vaya a salvarlo, sino porque todavía hay quienes se niegan a abandonarlo.

    Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

    Es cuánto.