Uno de los factores por los que México se está haciendo más viejo es la muerte, cada año, de miles de hombres y mujeres que mueren por las balas del crimen organizado. Las estadísticas que nos entregó el Inegi hace unos cuantos días sobre las diferentes franjas etarias de los mexicanos en 2025, es que poco más del 40 por ciento de los mexicanos tenemos 60 o más años. Y dentro de poco los viejos ya seremos más que los jóvenes.
Varias son las causas que explican por qué la base poblacional de nuestro País es cada año menos joven. Una, la principal, es que la tasa de natalidad ha disminuido sensiblemente, en promedio: menos de dos hijos por familia en los matrimonios jóvenes. Otra, el retraso en el casamiento de las nuevas generaciones, sobre todo entre las clases medias y altas. Una más, el aumento en los divorcios, sobre todo en las primeras etapas del matrimonio. Una que fue muy importante antes de la política migratoria de Donald Trump fue el desplazamiento tumultuoso de compatriotas a territorio estadounidense. En fin, las causas son múltiples, pero una muy grave es la violencia criminal que ha azotado a México en este primer cuarto de siglo.
Tan sólo en los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón, Peña Nieto y López Obrador, murieron de manera violenta alrededor de 550 mil mexicanos, casi todos jóvenes. Y no incluimos a los desaparecidos.
En Sinaloa, tan sólo en dos años de la guerra prolongada del narco que actualmente nos azota, se registran casi 4 mil muertes violentas y más de 4 mil desapariciones. Ha habido muchas muertes de inocentes, y de policías y militares, pero la mayoría han sido de sicarios que se han matado entre sí o en enfrentamientos con las policías, la Marina, el Ejército y la Guardia Nacional.
Cuando vemos las fotografías de desaparecidos, de los caídos en enfrentamientos armados y de detenidos por generar violencia, nos damos cuenta que la inmensa mayoría son jóvenes, cada vez más jóvenes, y más mujeres.
México, en general, y Sinaloa, en particular, han perdido en lo que va del siglo a gran parte de su juventud, a un millonario capital humano. Si esa pérdida fundamentalmente la han resentido sus familiares, en el futuro inmediato la va a resentir el conjunto de la sociedad, porque, además de esos cientos de miles de caídos, con ellos dejaron de nacer miles de mexicanos y mexicanas que hubiesen ayudado a sostener el bono demográfico mexicano.
Con una sociedad envejecida, sin contar que miles, quizá millones, de ellos tendrán una vida precaria por enfermedades crónicas, como la diabetes, que ya están incubadas en México, el País podrá experimentar muy serias dificultades para sostener a decenas de millones de mexicanos mayores de 65 años. Sin una base laboral joven y productiva no podría haber suficiente riqueza para alimentar, medicar, dar techo y una vida digna a la mayor parte de su población.
A muy corto plazo, los programas sociales de ayuda a la tercera edad que ya tienen un respaldo constitucional, serán insostenibles si no hay mayor generación de riqueza y recaudación de impuestos.
Sin jóvenes, el futuro inmediato del País no es nada halagüeño.
Ningún gobierno responsable puede ignorar esta contundente realidad en el futuro inmediato.
Por lo pronto, en Sinaloa, la guerra narca está diezmando gravemente nuestro futuro en muchos sentidos. El demográfico es uno de ellos.
No sabemos cuánto más va a perdurar el actual conflicto bélico delincuencial en nuestro estado y cuánto más capital demográfico va a perder Sinaloa a corto plazo, lo cierto es que nos descapitalizamos de juventud y de un futuro más sano y fuerte.
Por lo anterior, el próximo gobierno estatal, junto a los municipales y el Congreso no pueden ignorar este contexto para, junto a empresarios, científicos y otros sectores de la sociedad civil, imaginar y planear un desarrollo que tome en cuenta la nueva realidad demográfica.
A partir de 2027, con una renovación de la clase política gobernante, se enfrentará un desafío monumental, como pocas veces en nuestra historia, para buscar reconstruir el brutal daño que ha infligido el crimen organizado a Sinaloa. Se necesitará, mucho más allá de un deseo de poder, una gran capacidad política, imaginación civilizatoria, voluntad de cambio, por supuesto que mucho valor y echar mano de las mejores mujeres y hombres para formar equipos de gobierno experimentados, honestos, profesionales y seriamente comprometidos con el objetivo de reconstruir a Sinaloa.
Para empezar, todos los partidos, y sobre todo Morena porque las encuestas hasta el momento lo señalan como favorito para 2027, deben proponer candidatos con las características señaladas. Si son responsables ya no pueden seguir apostándole a la improvisación, a la presión de los grupos fácticos o de poder económico.
Si no cambian, podrán ganar elecciones pero seguirán hundiendo a Sinaloa.