México y Estados Unidos: desalineamiento y confrontación

15/05/2026 04:02
    Es razonable conjeturar que Estados Unidos y México han comenzado a dejar de operar como los ‘socios’ históricos que durante décadas negociaron, casi siempre sin sobresaltos públicos, el intercambio de información y la coordinación operativa dentro de esa misma caja negra. Hoy parecen verse mutuamente más como una amenaza que como aliados.

    La tensión entre ambos países ha entrado ya en otra etapa: la confrontación. Desafortunadamente, es muy poco lo que podemos comprobar sobre los verdaderos incentivos de cada gobierno, porque buena parte de la relación bilateral en materia de seguridad permanece oculta en la caja negra de la seguridad nacional: ese espacio donde, por “razones de Estado”, casi todo se justifica y donde sólo alcanzamos a ver fragmentos de lo que ocurre cuando la caja estalla.

    En tiempos de polarización, simplificación extrema y masificación de la mentira a través de las nuevas tecnologías, quizá sea más fácil que nunca construir audiencias acríticas alineadas con uno u otro país. Lo difícil es no dejarse engañar. Conviene recordar, de entrada, que nunca en la historia la relación bilateral en seguridad ha estado sometida a una auténtica rendición de cuentas, ni allá ni acá, particularmente respecto de la promesa de reducir los poderes y mercados criminales. Nunca.

    A partir de ahí surge una pregunta inevitable: ¿qué cambió? ¿Cómo pasamos de la relativa estabilidad entre Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador a la creciente inestabilidad y confrontación entre Donald Trump y Claudia Sheinbaum? ¿Acaso los fenómenos asociados a la agenda de seguridad se transformaron de un día para otro con el relevo de gobiernos? Claramente no. Entonces, ¿qué ocurrió?

    Trump mostró sus cartas desde el inicio de su segunda Presidencia al afirmar que México está gobernado por la delincuencia organizada. Desde entonces, la presión no ha hecho más que escalar. De este lado de la frontera, Sheinbaum llegó a Palacio Nacional en un país donde la simbiosis entre sectores del Estado y la delincuencia organizada es extensa y donde esa relación ha venido reorganizando la política, la economía y la vida social.

    Las investigaciones del Programa de Seguridad Ciudadana, junto con las desarrolladas por otras universidades, organizaciones de la sociedad civil y una parte del periodismo de investigación, han documentado territorios donde el ejercicio del poder opera mediante mecanismos de control social sostenidos en la violencia, la crueldad y el terror. Véase, por ejemplo, Geografías de la crueldad (https://seguridadviacivil.ibero.mx/wp-content/uploads/2026/03/geografias_de_la_crueldad.pdf).

    Si no se entiende que la seguridad nacional ha funcionado históricamente como una herramienta para construir enemigos del Estado, y cuya operación escapa parcial o totalmente a los mecanismos de control democrático, resulta mucho más difícil poner esta coyuntura en perspectiva. En Estados Unidos, con Trump, la seguridad nacional alcanza quizá su expresión extraterritorial más agresiva. En México sirve para encubrir operaciones civiles y militares “en defensa de las instituciones” y, cada vez más, para justificar el ejercicio discrecional, arbitrario y expansivo de recursos públicos en agendas ajenas a la seguridad, como las grandes obras de infraestructura asignadas a las fuerzas armadas.

    Es razonable conjeturar que Estados Unidos y México han comenzado a dejar de operar como los “socios” históricos que durante décadas negociaron, casi siempre sin sobresaltos públicos, el intercambio de información y la coordinación operativa dentro de esa misma caja negra. Hoy parecen verse mutuamente más como una amenaza que como aliados.

    En este contexto conviene recordar que México, junto con Brasil y Colombia, no fue invitado a la reunión convocada por Trump el pasado 7 de marzo bajo el nombre “Escudo de las Américas”, destinada a coordinar acciones regionales contra el narcotráfico, la migración irregular, el lavado de dinero y la influencia de China. Los tres países excluidos tienen gobiernos identificados con la izquierda, mientras que las 12 naciones convocadas se ubican ideológicamente más cerca del espectro conservador o de derecha.

    ¿La aparente crisis de seguridad es, en realidad, el síntoma más visible de un quiebre derivado de las diferencias ideológicas entre México y Estados Unidos? Sería ingenuo ignorar esa dimensión, aunque tampoco es posible afirmar que explique por sí sola la magnitud del conflicto.

    Lo que sí sabemos, en perspectiva global, es que Trump forma parte de un reacomodo planetario de bloques políticos, económicos y comerciales en el que la seguridad es instrumentalizada como herramienta de disputa y dominación geopolítica entre tres grandes potencias: Estados Unidos, China y Rusia.

    No sabemos si alguien anticipó un brete binacional de esta magnitud; personalmente, lo dudo. Tampoco parece haber demasiada claridad sobre lo que sigue. Quizá lo único relativamente previsible sea un incremento de la violencia, al menos en México, asociado a la reacción de las redes de macrocriminalidad frente a cualquier posible afectación -aunque sea marginal- de su principal principio estabilizador: la impunidad. Ciertamente hay ingredientes para prever actitudes en ambos lados de la frontera propias de posturas dogmáticas y radicales, con impactos negativos en múltiples agendas de la relación bilateral.

    Apunte final

    Más allá de todo esto, el debilitamiento de los regímenes constitucionales y democráticos de derechos atraviesa hoy buena parte del mundo y se monta muchas veces en el endurecimiento de las políticas de seguridad frente a la reproducción de las violencias. Desde esa perspectiva, este episodio binacional no es excepcional, sino parte de una tendencia global.