Mundial, guarderías y calor: ¿dónde quedó el aprendizaje?

14/05/2026 04:02
    Cuando se pierde tiempo escolar, no todos pierden por igual, ya que el costo suele ser mayor para quienes enfrentan pobreza, violencia o exclusión.

    La semana pasada, el Secretario de Educación Pública, Mario Delgado, y el Consejo Nacional de Autoridades Educativas (Conaedu) anunciaron un ajuste al calendario escolar 2025-2026 para adelantar la conclusión de clases al 5 de junio, con el argumento de las altas temperaturas y la Copa Mundial de Futbol. Días después, tras presiones mediáticas y reclamos de familias, organizaciones civiles y actores educativos, la medida fue corregida y se mantuvo el calendario original, con cierre el 15 de julio.

    Gobernar también implica corregir. Por eso, dar marcha atrás fue una buena decisión, ya que una medida de esa magnitud no podía sostenerse con los argumentos planteados ni aplicarse de manera generalizada a realidades educativas distintas. La corrección contuvo una decisión equivocada; sin embargo, no borra la señal que ya se había enviado: que el tiempo de aprendizaje podía ajustarse por coyunturas o improvisaciones.

    Una de las declaraciones preocupantes del Secretario de Educación fue que, a finales del ciclo escolar, muchas escuelas permanecen abiertas sin propósito pedagógico por tareas administrativas, como la entrega de calificaciones. Es verdad que la escuela no es una guardería, pero tampoco puede reducirse a un espacio que pierde sentido a finales del ciclo. Además, la frase exhibe otro problema: México tiene un sistema de cuidados débil, que afecta principalmente a las mujeres, más aún tras la eliminación de las estancias infantiles en el gobierno anterior.

    Afirmar que después de junio ya no tiene sentido estar en clases es desconocer el contexto que venimos arrastrando: una pandemia que dejó pérdidas de aprendizaje, afectaciones socioemocionales y mayores desigualdades. Además, cuando se pierde tiempo escolar, no todos pierden por igual, ya que el costo suele ser mayor para quienes enfrentan pobreza, violencia o exclusión.

    Aunque ya no contamos con evaluaciones censales recientes, los datos disponibles no permiten actuar con ligereza. En PISA 2022, dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzaron el nivel básico en matemáticas y la mitad tampoco logró niveles suficientes en lectura. Asimismo, en Sinaloa, la evaluación diagnóstica de la Mejoredu mostró que, en promedio, en ningún grado escolar se superaba el 60 por ciento de aciertos en la prueba.

    Por otro lado, en Sinaloa ya hemos tenido suficiente con perder días de clases por violencia, condiciones climatológicas o problemas operativos, institucionales y de gestión escolar. Frente a ese panorama, la pregunta no debería ser cómo reducimos el tiempo escolar, sino cómo lo usamos mejor para consolidar y recuperar aprendizajes, impulsar estrategias de nivelación, atender rezagos y fortalecer a las comunidades escolares.

    Asimismo, el argumento del Mundial también muestra la necesidad de tomar decisiones educativas menos centralistas. México será sede de partidos en sólo tres ciudades (Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara). Por eso, si existían desafíos logísticos asociados al evento, cualquier ajuste debió pensarse de manera localizada, no como una medida general para todo el País. No todas las entidades enfrentarán las mismas afectaciones ni todas las comunidades escolares vivirán el evento de la misma forma. Precisamente por eso, el calendario escolar no puede decidirse desde una lógica uniforme que trata como iguales realidades profundamente distintas.

    Finalmente, en el caso de las altas temperaturas, no puede negarse que en varios estados se trata de un fenómeno real que afecta a los estudiantes, especialmente en las escuelas que no cuentan con infraestructura adecuada. Sin embargo, si cada año enfrentamos condiciones climáticas difíciles, la respuesta no puede ser improvisar suspensiones o recortar clases. La discusión de fondo debería ser por qué todavía hay escuelas sin agua suficiente, electricidad, sanitarios, ventilación adecuada o aires acondicionados. La exigencia debe ser garantizar condiciones básicas y ambientes de aprendizaje para que niñas, niños y jóvenes puedan aprender en condiciones dignas.

    Defender los días de clases y el tiempo de aprendizaje no significa cargarle más responsabilidad al magisterio. Al contrario, significa exigir condiciones adecuadas para enseñar y aprender. En vísperas del Día del Maestro, el mejor reconocimiento no es solamente agradecer su labor, sino tomar en serio las condiciones en las que desarrollan su trabajo.

    La corrección de la SEP fue necesaria, pero deja una lección profunda: México necesita decisiones educativas más sensibles a las condiciones de cada entidad. Descentralizar no significa improvisar ni recortar el derecho a aprender. Significa construir calendarios, apoyos e infraestructura de acuerdo con los contextos, y asumir que proteger el aprendizaje exige soluciones compartidas entre autoridades, comunidades escolares y sociedad civil. Sin perder de vista lo esencial: cada día de escuela debe tener sentido, condiciones y propósito pedagógico.

    El autor es director de Investigación en Mexicanos Primero Sinaloa.