Es común que el ser humano ejercite su cuerpo para conservarse en óptimas condiciones físicas, pero no dedica el mismo rigor y espacio de tiempo para ejercitar su musculatura espiritual. ¿De qué sirve tener una carrocería de auto de lujo, cuando el motor es de un patín eléctrico?
El director musical Poquito Íñigo Pirfano, en el capítulo 10 de su libro Inteligencia musical, profundiza en el carácter mortal del ser humano: “el hombre sabe que ha de morir, y esto hace de él un homo poeticus. El arte es la expresión apasionada y amorosa de un ser que gime en un claroscuro entre el abismo y la luz, entre la miseria y la grandeza, entre la nada y el más allá. El aleteo de lo desconocido está presente en el seno de toda obra de arte valiosa”.
Solamente quienes conocen a profundidad el corazón humano, agregó Pirfano, pueden ser capaces de dirigir una orquesta, o cualquier otro grupo o equipo; y, para esta labor se requiere una gran dosis de madurez, como reconoció el director de orquesta italiano, Danielle Gatti, cuando le preguntaron acerca de los directores jóvenes (Dudamel, Petrenko y Harding):
“Parecen fenómenos efímeros. Cuando uno se consume, aparece otro, en una rueda insaciable que no tiene fin. Se les elogia la energía, cuando la verdadera energía –y hablo de la interior– está en lo que hacía Toscanini con setenta años. La dirección requiere paciencia, es una carrera de fondo. No pueden quemarse los talentos incipientes haciéndoles asumir obras que les sobrepasan y para las que no tienen respuesta [...]. Empiezan desde la cima, y la voracidad del planteamiento los despeña. No pueden dirigirse ciertas obras sin haber vivido y sufrido lo suficiente”.
Remarcó que la ciencia del corazón no se improvisa.
¿Ejercito la musculatura espiritual?