El título de esta columna hace referencia a una de las obras que el monje trapense, Thomas Merton, publicó en 1955. Si en la columna de ayer tratamos el tema del aislamiento y soledad, nada mejor que esta referencia a Merton para subrayar que no debemos aislarnos, puesto que ninguno de nosotros es una isla.
En “Ningún hombre es una isla”, Merton retoma algunos temas que había expuesto en un libro anterior: “Semillas de contemplación”. Se trata de una recopilación de 16 ensayos en los que aborda aspectos claves de la espiritualidad humana y los valores que la comprenden.
En el título de su obra, Merton retoma la famosa Meditación XVII, que escribió John Donne, en 1623: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo... La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Ésta fue, también, la frase que utilizó como epígrafe Ernest Hemingway en su novela “Por quién doblan las campanas”, publicada en 1940, con los recuerdos de su corresponsalía durante la guerra civil española.
Volviendo a la obra de Merton, consideró que ninguna persona puede vivir de manera aislada, pues su existencia se torna vacía, hueca y superficial, ya que lo único que le puede dar sentido es el sentido comunitario que se vivencia en la soledad constructiva, donde la persona se despoja de su individualista ego, cimentado en el egoísmo, soberbia y avaricia, y se capacita para entregarse a la comunión, a través de la contemplación forjada en el horno del silencio y del acallamiento.
Por eso, en su libro: Semillas de contemplación, expresó: “El silencio no es la ausencia de sonido, sino la ausencia de ego”.
¿Vivo en una isla?